El Mendigo
Marvel Aguilera
El atardecer marchita mis párpados. Las botas y bufandas delatan la estación: mediados de septiembre, un otoño añejo y desvencijado. La plaza se desola paulatinamente, de niños sudados y amates vigorosos; en tanto mi cuerpo, revestido de harapos mohosos, materializa el dolor.
Las noches son pasajes luminosos a la contingencia, cosmopolitas; el revoloteo de mis manos en los deshechos de calles cualquiera, las migas de un comerciante piadoso. Camino arrastrando mis pies, el pisar me duele; señalado al paso por ojos juiciosos, que desnudan la verdad de la realidad: la que me cubre en cartones, la que me hiela el vientre. Fumo en la oscuridad, recuerdo las reuniones en el café Madrugada, con Víctor, mi socio, muerto hace más de tres años por un abrupto infarto. Mi ambición ahora es congoja, he andado por las ruinas de mi pasado, pero sólo observo las penurias presentes que devuelven los escaparates comerciales.
Los niños aúllan, corren pavorosos ansiando cesar su agonía. Me rodean, preguntan mi nombre; miro sus caras consumidas que balbucean pedidos. Les acerco unas monedas, sé que contribuyo al final, pero no tengo alternativa. En tiempos de civil pensé en la paternidad, en más de una oportunidad. Proyecté imágenes familiares, nombres y colores, sin embargo, mi destino era ser mi propio padre, cuidar el resto de infancia impregnado en mí, el que me permitía sobrevivir: revestir la tragedia con vetas artísticas, revivir en mi memoria el cuerpo tibio de un amor sobre el mío.
Mañana mis letras serán polvo, y ya no habrá nada que delate mi existencia, como si nunca hubiera sido, sólo un resoplido del viento; aunque ahora parezco no ser, ¿Los juzgo? No, yo también carecía de humanidad, vagaba entre ruidos y faroles, subsumido en deseos ajenos tomados como propios. Trabajamos para morir dignamente, ¿Porque no vivimos dignamente? La mierda nos corroe, como perros que huelen el trasero del que recién defecó.
Las madrugadas son nuestras, el único tiempo placido en que nos sentimos dueños: donde levantamos las cabezas y encontramos nuestras miradas honestas, sobrias. A través de la basura uno conoce mejor que cualquier terapeuta a las personas: su chatarra, sus vicios, sus perversiones, sus miedos. Fumo para no pensar, y bebo para olvidar los pensamientos filtrados, como esa bolsa negra aplastada que encontré en una esquina de Parque Patricios. El invierno quemaba los ojos, prestos al lagrimeo; abrí la bolsa y encontré el resto humano de un recién nacido, embrollado como si hubiera intentado darse calor a sí mismo. La civilización es un mito. Llamé a la policía y huí de allí antes que aparecieran. No pude comer por dos días, eso no me preocupaba. Y en el corazón de las madrugadas los veo, no son bebés pero todavía ríen y lloran como niños, parecen jugar pero no juegan, sobreviven; duermen en las calles. No hay diferencia alguna, ellos también han sido arrojados a morir, lentamente, la calle los carcome como un cáncer. Si hubiera humanidad todos seríamos asesinos. A veces pienso en salvarlos, dignificar su memoria; poso mis manos alrededor de su cuerpo dormido, que necesita ser liberado, limar los barrotes de esta jaula de pájaros. Pero mis manos enguantadas cesan, no soy juez ni profeta, sólo un mendigo que ve pasar el tiempo. Rodeo con mis brazos el infante y cierro mis ojos una vez más. Las noches son siempre frías, por más que ardan mis huesos, que son ya casi ceniza.
Marvel Aguilera
03 de diciembre de 2011