domingo, 27 de noviembre de 2011

Criptógamo




Criptógamo






Marvel Aguilera








Tú que la pena dura,
Animas el impulso de tu mente,
Y la memoria pura
Del genio refulgente
Eternizas con genio prepotente.

José Rizal



Atravesaba un tiempo núbil, inmerso en un panorama de evasiva euforia hacia mi plena inseguridad. El otoño sobrecogía los ínferos cristales cromáticos, cubiertos por el constante parpadear, bajo el relieve de hojarasca, cesantes ante el llano seco en que se henchían mis viejos zapatos. Regresaba de una mañana laboral, fatua; de un atardecer avecinante que componía, premiosamente, el peregrinaje de las asoladas sonrisas, ocultas tras fuscas rutinas. Mis ojos cansados se abroquelaban a las imágenes incesantes que se sucedían ante mi singular ventanilla, mientras, el transparente munífico llegaba hacia mi destino perpetuo. Bajé sosegado, con ganas de despojarme de esa huraña sensación, que reticulaba mi ánimo. Al doblar por la calle Tacuari, oí el ruido ambiental, pero musitado, de la plaza central, la cual se encontraba a unas cuadras de mi residencia, y que, irremediablemente, debía cruzar. Los árboles, altos y paternos, frustraban la intensa expresión solar, en tanto que los niños, jactanciosos de su energías, correteaban vivaces por doquier, entrados en el disfrute de oficios imaginarios que los adultos prefieren pedantemente aborrecer. Hacia el fondo de la mencionada, cruzando el arenal de juegos infantiles, sentado sobre uno de los bancos macizos, adyacentes a las mesas cuadradas de mixto color, jugaba tenuemente mi abuelo Gervasio al ajedrez, bonachón del goce lógico; a su lado, mas precisamente frente a él, como digno adversario, estaba el siempre simpático señor Pierri: ex contador, ahora jubilado y narrador. Crucé por el sendero seco de lo que parecía un valle, haciendo crujir hojas secas que, heridas debido a mi fría disposición, se desintegraban suavemente ante la leve brisa que las acurrucaba, devueltas al espíritu de la naturaleza toda.
Al acercarme a los mencionados, ambos permanecían sumergidos en su juego, como si el universo dependiera de sus estrategias, hasta que, de pronto, el Señor Pierri movió seriamente un alfil barriendo un peón oscuro, al mismo tiempo que me decía: - ¿Duro el trabajo no? No te impacientes tanto, en cualquier momento finiquito este trámite y te permito desafiarme -. Mi abuelo sonrió levemente, luego haciéndome un espacio oportuno para que pudiera sentarme a su lado. – Es que ya me tengo que ir abuelo, Clotilde esta por preparar pastas – le avisé dócilmente, mientras ocupaba un lugar en la banqueta, que consideraba ya como trono de ellos. – Siéntese un momento a respirar el aire que nos rodea, estése tranquilo y en paz con usted mismo, lo veo un tanto ofuscado – me dijo asintiendo sus palabras, - es verdad sí, posiblemente todo lo que parecía seguro, al fin de cuentas resulta mas endeble que la propia espontaneidad -, - ¡Otra vez me comiste el caballo, no puede ser! -  Rezongaba repentinamente el cascarrabias de mi abuelo. El Señor Pierri, que mantenía sus manos sobre las rodillas, poseía unos grandes y oscuros anteojos, y su pelo canoso peinado con agua daba cierto aire de elegancia; expresaba una mueca risueña, cercana al cumplimiento del mas profundo placer; me dijo que no me preocupara, que esos vaivenes que hoy infligían en mí, son parte misma de la venida de resonantes cambios en el horizonte. Le pregunté cómo es que estaba tan seguro, al oírme cambió su expresión grácil por cierto tono ascético, como si buscara, con insistencia, en su interior, algo que quizás quisiese permanecer atesorado. Quedose callado unos interminables segundos, mientras mi abuelo, continuaba concentrado observando el tablero, de seguro conocía lo que su competidor iba a pronunciar. A los pocos momentos, el Señor Pierri empezó a hablar, como si leyera de un libro entre sus manos.
         Hace cerca de tres décadas pasadas, aunque no se si vividas, mi situación era bastante parecida a la suya, no obstante, me encontraba un poco harto de arrojarme entre las sabanas, para ahondar mis penas en ensoñaciones penosamente efímeras. La noche comenzaba a desperezarse, recuerdo que agonizaban las últimas horas de un viernes, frío, y yo necesitaba masticar un poco de necia innecesariedad, tal vez con unos tragos fuera suficiente, no lo sabía, pero estaba dispuesto a dejarme seducir por mis impulsos. Caminé ágilmente por la avenida principal, no tenía una dirección establecida, pero al fin y al cabo eso era lo de menos. La gente estaba alborotada, posiblemente tuviera que ver con el próximo feriado. Sin saber en donde mimetizarme, pensé en ingresar a un paqueto garito, aunque suene algo paradojal. Era un bello cuchitril de colores rojizos pero opacos, de pocas luces pero muchas voces, y piernas que iban y venían. De whiskys añejos y mujeres pintadas fumando despiadadamente. Lamentablemente no vislumbraba mesa alguna en donde pasar el resto de mis horas, o de mi vida entera. Interrogué a un mozo cercano que pasaba con varias botellas, me indicó hacia el fondo. Atravesé ese entramado de gente hasta llegar a una pequeña mesa circular, casi sobre una esquina, sombra cómplice de mi melancolía. Allí me tendí, lánguido, en tanto sonaba una bella voz en los parlantes; no era muy conocedor de la música, pero supe deleitarme de esas mágicas melodías que rejuvenecían mi frustrado sentimiento de felicidad. Al tiempo que aguardaba la ginebra, que recientemente había ordenado, alguien, de repente, se acercó hacia mí; ansiaba que no fuera nadie del trabajo, ya había tenido suficiente de ellos; luego de examinar esa figura, me di cuenta que me era  por completo extraño. Vestía formalmente, por lo menos más que yo, y me preguntó si se podía sentar, puesto que no encontraba sitio alguno para hacerlo. De súbito algo en mí temió mentirle, y pequé quizás de excesiva generosidad, accediendo a su pedido. Me dijo sin la menor timidez que era un editor, quien venia de muy lejos, en realidad no tenía un lugar estable; lo cierto es que buscaba llegar a un acuerdo con una editorial bastante reconocida, sobre el lanzamiento de un poeta que se asomaba con fuerte presencia. En medio de la música, casi gutural, pareció tornarse un poco tenso, fue ahí donde me contó que allí, en donde había estado recientemente, un lugar llamado Lovejoy, que ubicó en las afueras del gran Buenos Aires, había conocido a un extraño sujeto, un escritor novato, quien buscaba publicar afanosamente una novela, lo había estado persiguiendo casi con desesperación. Me dijo que al principio le causó gracia su ridículo aspecto, parecía venirse escapando desde hacia días, sudado, como con el corazón a punto de estallar en mil pedazos, quizás por eso surgió algo de pena en este hombre, y posiblemente también ayudo el tiempo muerto que siempre suele quedar entre negocios; luego de beber algo de ginebra que le había convidado comenzó a explayarse.
         Era un hombre confuso, quien había alcanzado cierto grado de saturación espiritual, invadido por una ineludible histeria colectiva; entonces, para escapar a esa posible amaneciente insanía, pensó en abandonar, aunque fuese temporalmente, la docencia, con el único fin de escribir. Tratando de evadir las ataduras que lo encandilaban maliciosamente a su realidad, pensó en buscar completa desolación. Por suerte en su camino se topó con un pequeño pueblo, por lo menos en su extensión. Gozaba de una cálida inocencia de la opresora urbanidad. Al caminar un poco por sus calles percibió una densa niebla abroquelada a media altura, que no dejaba, felizmente para el ojo curioso, percibir con claridad por encima de las casas, estrechamente ligadas, con grandes ventanales; en su mayoría eran antiguas y de mas de un piso de alto, cercanas a cierto estilo colonial. Consiguió alojamiento en una de ellas, le había gustado su cercanía a un pequeño muelle, eso sí, un tanto rústica, pero no importaba, ya que eso haría que la preocupación se fundiera en transmutar su caudal de pensamientos en celebradas palabras. El dueño del edificio era un hombre calvo, maduro, petiso, en resumidas cuentas, un horrible sujeto; llevaba siempre un diario enrollado en una mano, y su barriga peluda sobresaliendo de la camisa, por momentos se hurgaba la nariz enérgicamente, para, con posterioridad, pasarse la mano por su pantalón. Vivía con él una anciana, al borde del raquitismo, se trasladaba en una silla de ruedas que rara vez se movía, al parecer era su madre, a quien le gritaba fuertemente al oído, el sujeto, debido a su holgada sordera. La vieja sólo movía la cabeza. José Rizal, así se llamaba, pasaba los días encerrados en su habitación, buscaba una unión entre sus sueños y la vigilia, bebiendo café de a cortos intervalos, escribiendo como si su vida fuera a agotarse si se detuviera; a veces escribía en medio de la oscuridad, solo y en agonía con sus ideas, en una actitud bestial, inhumana. Por la noche salía a caminar sin rumbo fijo, ante la mirada fría y asquerosa del dueño del recinto, observando por el borde de su ventana, mientras detrás de él, la anciana, meditabunda, miraba hacia un punto perdido del espacio. Al recorrer los senderos que empezaban a resultar conocidos, de casas descoloridas y caras pálidas que parecían no querer mostrarse al ojo ajeno, sino ser sombras lejanas que rumiaban en las penumbras. Empezó a sentir una sensación de ahogo, como si el aire que ingresara a sus pulmones estuviera viciado, quizás mezclado con cierto humo invisible al ojo humano; como si el pavimento, cubierto por la perpetua niebla, apretara fuertemente sus pies contra el llano e hiciera más pesado su andar.
         El tupido clima que amenazaba la noche, frustraba las añoranzas de José. Había muchos caminos pero todos parecían ser, en algún punto, similares, quizás llevasen al mismo principio, tal vez a ningún lado. En las esquinas había faroles antiguos, frecuentes y fiables, que tímidamente jugaban a iluminar rostros de viejas épocas, lágrimas jamás caídas, besos de despedida. Cada determinada cantidad de cuadras par, solían juntarse hombres de mediana edad en la puerta, mas precisamente el pórtico de grandes casonas, hablaban en voz alta y socarrona, posiblemente se burlaran de ellos mismos, era difícil averiguarlo, puesto que la conversación disminuía su intensidad al pasar uno frente a ellos; ante ese cuadro constante y paranoico, que, se suponía, era diferente, particular, pero que la tozudez del ambiente y el sonido espectral de un muy singular silencio, tornaba tan confusamente igual. En su primera noche allí supo encontrar un lugar en donde beber, donde desasir su razón. Subiendo la escalera, tras una vieja portezuela, un sujeto que limpiaba la canaleta de la vereda le había soplado sobre el sitio. Pisando los últimos oscuros escalones llegó al recinto, sintiéndose mentadamente observado por cada subjetividad allí presente, como si lo estuvieran esperando, como si supieran quien era, lo cierto es que a él le eran completamente extraños. Bebía un vaso tras otro, buscando ocultarse tras el humo expelido por sus labios sin verbos; bebía hasta perder la razón, hasta volverse en ajetreado camino, solo y con su consciencia, herido por un viento mezquino y madrugador, vislumbrando imágenes borrosas, sin concordia natural, de las cuales no sabía bien si era debido a su estado o a una burlona malicia de aquel sitio. Una vez abiertos los ojos negros nuevamente, intentó averiguar en dónde estaba, en qué parte de la geografía. Preguntó por el municipio, por alguna institución cercana, pero parecía no haberlas; nadie le contestaba certeramente, tan sólo vacilaban con una sonrisa picarona y sarcástica, como si la curiosidad fuese un paso teatral. En tanto escribía, empezaba a impacientarse, y sus palabras se mimetizaban en un tono colérico, propio de la extrañeza percibida cada minuto en que respiraba el néctar de Lovejoy. Por las noches volvía a salir, allí estaba el viejo calvo y panzón, se hurgaba la nariz apoyado frente a una columna de la escalera, lo observaba detenidamente, y mientras se rascaba el pecho peludo que sobresalía a su camisa, reproducía un buenas noches. José Rizal volvía a emprender un camino sin saber hacia donde dirigirse, las casas ya no eran parecidas sino idénticas, con excepción a algunas en que se mostraban luces, que reflejaban sombras, las cuales se acercaban hacia los ventanales, otras iban y venían, puede que se acariciasen entre sí, aunque mas parecieran estrangularse. Sin saber cómo ni porqué se topaba con la misma vieja portezuela, despintada, y mirando mas atentamente a su alrededor, pudo recordar a ese desdichado que limpiaba la inmundicia de las canaletas, que allí estaba, inclinado contra el suelo como una rata. Al terminar de pisar el último escalón, supo notar, sorpresivamente, que las miradas ya no parecían acechantes, sino que seguían fieles en sus charlatanerías. Fue un breve alivio. Esta vez quiso acercarse a la barra, tenia la intención de preguntar en dónde se encontraba, y cómo salía, de aquel sitio tan extravagante, o tan normal, quizás eso fuera lo anómalo. Al momento de emitir las primeras sílabas, el cantinero le depositó ante sus codos un whisky caliente, y bajo el mismo, un número de calle en un papel. En ese instante José quiso imaginar, felizmente, que ese hombre había comprendido su preocupación, pero que posiblemente debía guardar cierta prudencia de no generar mordaces rumores por lo bajo. Bebió el vaso, y un par más ya que estaba, hasta que su paladar ardiera, y salió cauto pero ilusionado de encontrar algunas respuestas. Se acercó al barrendero para preguntarle el paradero de la calle anotada en el papel, al mencionarle el acontecer, el hombre lo miró sorprendido, pero después, al percibir el gravoso aliento del sujeto, mas atentamente le mencionó que no se preocupara, que en Lovejoy sólo había una única calle, Serafín Bragado, bastaba con observar cualquiera de los pórticos, la misma recorría todo el pueblo, y tan sólo debía guiarse por la numeración. Aún debía caminar mucho para llegar a la numeración pretendida. Durante el andamiaje febril los faroles comenzaban a fallar, quizás la intensidad de la noche fuera tal, que la luz, intimidada, temiera pecar. La fragancia de los aires cambiaba, ahora era más convulsiva, perdularia, algo ardorosa, sin peligro alguno de vendavales. Observó el derredor y notó un aparente descuido en las fachadas, de seguro la cantidad de habitantes disminuyera en ese espacio machacado al que había llegado. Cruzó una esquina cualquiera, tediosamente, puesto que comenzaba a creer en una posible emboscada, fraguada por el cantinero, en complot con uno de esos grupos de hombres, no obstante, se sorprendió al toparse con un puñado enjundioso de mujeres de poco ropaje, brillosas y pintarrajeadas. Pensó que, de seguro, el cantinero lo había malinterpretado, y se lamentó con un resoplido; en ese momento pensó en volver atrás, ya era tarde y necesitaba recuperar suficientes energías para continuar escribiendo. No obstante, una de ellas, rubia y de pelo carré, de rojos y gruesos labios, tacos negros y varias pecas alrededor de su nariz, se le acercó a sigiloso pero apremiante paso. No dijo palabra alguna, y José tampoco, seguramente no fuera necesario, al fin de cuentas seguía poseyendo cierto apetito sexual. La mujer lo agarró fuertemente del brazo, con excesiva confianza, le pedía perdón por haber cambiado de sitio abruptamente, pero comentaba que necesitaba renovar a sus clientes. José seguía sin entender el hilo de la situación que se le presentaba en el ahora, mientas tanto, caminaba tras las curvas y el meneo de la mujerzuela, subiendo un par de pisos, que sonaban profundos ante el estruendo de los tacos, atravesando un pasillo estrecho hasta llegar a una habitación, descolorida y sin olor, donde tan sólo había una cama y un pequeño armario blanco. La mujer cerró la puerta con automaticidad y le ordenó desvestirse, sin embargo José, antes que nada, quería preguntarle, sin cesuras, acerca del sitio en el que había caído, y eso es lo que hizo, sin embargo, recibió como respuesta un fuerte golpe en su mejilla, de parte de la poca juiciosa mujerzuela, quien le preguntaba si aquello le había gustado, si lo había podido saborear. El sujeto estaba atónito, con pudor pensaba que, posiblemente lo estuvieran confundiendo con otra persona parecida. Sin saber bien ya que hacia dijo fuertemente que su nombre era José, intentaba diferenciarse, pero la mujer lo empujó groseramente a la cama, subiéndose encima de él, y empezó a golpearlo maniáticamente con sus puños cerrados, en el rostro del azorado sujeto, quien mientras intermitentemente repetía que su nombre era José, José Rizal, al tiempo que se cubría como podía de la presente y continua agresión de la mujer. Vio que había comenzado a sangrar, y eso arranco su ira, sus ojos parecían desfigurarse en una insondable necesidad de dominio. Frenó las manos de la prostituta y le propinó un  golpe certero en la mandíbula, haciéndola caer al suelo. Aun estaba enfadado, pero se mantuvo erguido ante el hecho, sin inmutarse. La mujer, con el pelo caído sobre su rostro, lo hostigaba para que siguiera aquella brutalidad, lo llamaba animal, lacra; le preguntaba si no se sentía fuerte. No sabía bien porqué pero empezó a sentir una gustosa adrenalina, la que aún reconocía perversa pero que inevitablemente le apetecía. Se acercó a la infeliz y empezó a propinarle cortos y duros golpes sobre el cuerpo blanquecino, hasta arrojarla violentamente arriba de la cama, le arrancó de a tirones la ropa y la poseyó ferozmente, sin cesar, arrancándole los pelos rubicundos de la cabellera, insultándola y descargando fuertes cachetazos contra sus mejillas, hasta dejarlas moradas, con los ojos lagrimosos. Al terminar el lamentable acto, levantó su cuerpo, el que le parecía de otro ser, y se cambió rápidamente, mientras el monstruo, echado sobre la cama, sonreía de sus moretones, feliz de que el sujeto hubiera recuperado el ánimo propicio para el espectáculo. José dejó el dinero a los pies de la cama y salió presuroso, sin querer observar la insana mujer allí desnuda, avergonzado de su arista salvaje, casi lloroso. Al bajar vio que algunas mujeres continuaban en la vereda. Volvió a cruzar sobre la esquina y caminó exiguamente hasta su residencia, sin embargo, su pena era insoportable. Se sentó sobre el escalón de uno de los tantos pórticos que atravesaba y lloró hasta desahogarse. Quería irse de allí, inminentemente, sin llevarse recuerdo alguno con él. De una u otra manera regresó, todos los caminos habían conspirado para que llegara adonde debía descansar. Cerró sus ojos, despojado de andares, en su colchón, y quiso perderse en siderales vuelos espirituales, sobrepasar la morbidez de la materia y fundirse en el suave regocijo del lucero. Pero sus ojos se abrieron como en un parpadeo. No sólo no había sueños sino tampoco oscuridad, no es que no hubiera nada, sino que no había una nada. Todo era un fluctuar; afluyendo en una realidad continua y constante, sin comienzo ni final.
         Insensato, el tiempo, insistía en erradicar las esperanzas abrazadas al diurno sujeto, de elevarse por un muro y huir de los suburbios huraños de Lovejoy; pero ahí estaba, caminando sin dirección alguna, marginado por algo todavía indesentrañable; volviendo a pisar en la misma dirección, que pisaba desde que podía recordar estar allí; iluminado por la tenue vivacidad de los faroles, abroqueladas a las esquinas de calles cuyo termino eran los talones de un tal José Rizal. Su obra literaria se engrosaba, lenta y tortuosamente, como un parto sobre el fango; las palabras, incansables, ya resultaban escasas para describir la inmensa pluralidad de sentimientos perpetrados en viva tensión; de mañanas que nunca nacían; del humo arraigado en el horizonte; de pieles frías, sin calor humano alguno; de noches que se impregnaban en su carne, entre brebajes incesantes que se fundían en su presta garganta, y el goce animal de aquella mujer que no había podido dejar de visitar, en donde caía misérrimo, a quien ya podía sentir suya aunque le repugnara. Esperó a abrir sus ojos una vez mas, así sucedió. No recordaba haber dormido, sin embargo estaba plácido, había tomado la decisión de arrancarse forzosamente de aquel sitio, o si eso no fuera posible, acabar consigo. Se levantó del sucio colchón, tirado sobre el suelo, en donde solía acostarse algunas horas o segundos, que puede que oliera rancio, aunque, posiblemente, el aire, por las altas horas de la noche, perdiera la delicadeza de emanar la fragancia de secas y parcas callejuelas, y se resignara a la podredumbre plena que la iba carcomiendo gradualmente, sin cesar. Su habitación era su celda, pero el afuera también. Inmerso en una pecaminosa e inevitable existencia, decidió subyugarse a esa realidad (o esa vivencia que se podía entender por realidad); guardó su novela en un bolso contiguo al borrador, en el que había estado trabajando insalubremente, el que quizás había llevado con él, ya no lo recordaba, pero estaba allí, y al fin de cuentas, eso era lo que importaba. Se quitó sus zapatos y caminó, durante un llano silencio, por sobre los escalones y, para su suerte, no encontró la figura del horrible calvo, dueño de aquel sitio. Todo estaba inquietamente oscuro; pensó que podría estar durmiendo, si es que alguien lo hacía en ese lugar, si es que fuera necesario. Antes de partir sin horizonte ni camino, tuvo la necesidad de verificar hacia el interior de la morada del amorfo individuo, en su deseo estaba el maldecirlo antes de dejar la ciudad; odiaba cada centímetro de su feo rostro, grosero y grasoso, su escarbadientes en la comisura de sus labios, la barriga peluda que exponía el espectáculo de su ombligo, las uñas largas, de seguro, con la vulgar intención de hurgarse la nariz, aguileña y colorada. Miró hacia adentro de la habitación central, por sobre la cerradura, de lo poco que se veía, nada resultaba extraño, sólo unas cuantas botellas apilonadas encima de la mesa, y un sillón cama rajado como por una navaja, no obstante, por la ventana que daba al patio, vislumbró una silla de ruedas de espaldas hacia su panorama visual, levemente iluminada por unas débiles luces de afuera; sobresaliendo la parte superior de la silla había una blanca cabeza, inerte, subsumida en la nebulosa vista de un mundo que ya estaba perdido, o que nunca había sido. En ese momento sintió una ceñida pena por esa frágil anciana, hubiera querido que no estuviera allí, a la merced de ese inmundo sujeto, que no existiera. José Rizal movió el picaporte de la puerta de entrada y, para su sorpresa, se encontró abriéndose paso entre las sombras, de seguro la vieja no podría escucharlo, entendía, por cierta experiencia previa, que era sorda, y al parecer, aquello acababa de confirmarlo. Dejó la puerta entreabierta e ingresó, casi a gatas, avanzando con las rodillas flexionadas como un feto; en ese instante no sabia con seguridad qué quería hacer estando allí, aunque lo intuía, lo cierto es que esa presencia serena cerca suyo lo turbaba, exigía su acción inminente, y eso lo hacia sentir vivo en una ciudad mas que muerta: la circulación de la sangre, el palpitar, la sofocación. En unos extensos segundos estaba allí, detrás de la anciana, ya erguido, sin embargo, la vieja no lo observaba, como él había pensado, por el reflejo de la ventana, sino que seguía rastreando algo inteligible, quizás hubiera encontrado un pequeño universo en un punto exacto del tiempo y el espacio, y temía desviar su atención por el riesgo de tener que volver a la vida, con ese sujeto grotesco cuidando de ella. Lentamente José Rizal colocó sus manos frías en el rugoso cuello, la anciana no se inmutó, y José quiso pensar que aquello significaba el afable encuentro con un dolor esperado, la necesidad de ayudarla para volar de allí, en la búsqueda de fraternales expresiones de humanidad, desperdigadas en ojos vidriosos; de manos callosas, abrigo y pan de infantes inocencias; de pecados vergonzosos, frutos de la impotencia humana; de estrellas guías de errantes viajeros.
José Rizal ya había empezado a hundir crudamente sus largos dedos en el  flaco cuello de la anciana, con tanta fuerza que parecía en cualquier momento romper un hueso traqueal; la vieja tan sólo expiraba unas efímeras quejas, las cuales acentuaban aun más el afán y el ímpetu del literato para que la situación alcanzara pronto su final. De repente una voz, gravosa y confusa, se alzó por detrás suyo, las manos de José se soltaron casi inmediatamente, y la vieja, comenzó a manifestar pequeños y repetidos arranques de tos, aunque sin levantar sus raquíticos brazos. Al volverse hacia atrás pudo ver al horrible sujeto, sólo llevaba puesto un calzoncillo, y sostenía una copa en su mano derecha. Ante esa situación, José pensó que ya no había más nada que hacer, el hombre de seguro lo mataría brutalmente, o peor aun, tendría que soportar el resto de su existencia encerrado en esa ciudad sin fronteras. Bajó su mirada y se entregó al agrio porvenir. El calvo y panzón individuo lo observaba quedadamente, mientras sorbía un trago de algo que parecía vino pero que era más opaco, como todo en esa ciudad. Luego de bajar la copa sus labios parecían irritarse, como si fuera a vomitar, o quizás escupir ese brebaje, sin embargo comenzó a reírse animalmente, mientras el líquido de su copa salía desparramado por todo el piso, no avanzaba, sólo reía sin parar, frente a la estupefacta imagen de José Rizal, todavía esperando un furioso desquite que no iba a llegar; entre risas lagrimosas le dijo que había vuelto a ser el hijo de puta de siempre, que ya le estaban extrañando esos aires de erudito, pero que sabia plenamente que en cualquier momento iba a dejar salir la mierda que llevaba dentro suyo. Mientras reía se echaba el resto del liquido en su pecho peludo. Cuando José Rizal le pregunto temerosamente ¿Quién soy? El calvo hombre se detuvo un instante, y luego de unos segundos continuó riéndose con más intensidad, y entre los hiatos que poseía le decía: un hijo de puta, sos un reverendo hijo de puta, eso es lo que sos, mientras se sentaba ya en una silla a probar si quedaban restos en las botellas. Anonado, José, caminó lenta y tétricamente hacia la puerta de entrada, la que había dejado entreabierta. Se imaginaba estar al borde del colapso cerebral; sentía sus manos inmundas, hediondas de necesidad mortuoria, de sangre enchastrada contra su rostro. Corrió raudamente por la calle Serafín Bragado, la única que había; andaba con desesperación. Los hombres agolpados en los pórticos lo observaban  y también parecían reírse de él, en su pasar. No tenía salida de allí, todo parecía como un gran embudo, como si un imán lo retuviera a esa tierra maldita. Minutos después, casi sin darse cuenta estaba otra vez allí, frente a esa portezuela, en tanto el desdichado hombre que barría las canaletas, le preguntaba si había podido encontrar la numeración. José lo miró aterrorizado, posiblemente lo viera como parte de esa conspiración, y sintió hondos deseos de hacerle daño, no obstante, retrocedió templadamente hasta que sus zapatos toparan contra el pórtico; se dio vuelta y sin volver a mirar hacia atrás comenzó a subir las escaleras. En ese trajín pudo escuchar como charlaban grandes cantidades de voces, y al terminar de subir se dio cuenta de que no tenían intención alguna de observarlo, sin embargo, sobre el fondo del sitio me encontraba yo, levanté mi vista y observé a un sujeto desesperado, sudado y desprolijo, parecía tener energías por mas que sus ojeras fueran casi negras; cuando volví a verlo con posterioridad no lo reconocería. José Rizal se acercó a la barra, esquivó a una pareja que hablaba estrecha y sensualmente, casi a punto de rozarse los labios. Pidió un whisky al cantinero, y éste, al entregárselo, colocó un papel debajo del vaso. Era otro número, de seguro una dirección. José palpó el papel debajo del vaso, y miró absorto aquel dato; con la mirada gacha le dijo que no quería más mujeres. El cantinero, que servía un vermut, le contestó que no pertenecía a ninguna prostituta, que por contrario era la dirección en donde  se hospedaba el editor que él había solicitado, también le dijo que se encontraba en una mesa hacia el final del recinto pero que, en ese momento, sostenía una charla de negocios, sin embargo, lo esperaba el día de mañana al mediodía, unas horas antes de irse. José quedó callado por un buen rato, observando fijamente su vaso de whisky; si bien pensaba que le era propicio publicar aquella novela, no podía entender cuándo ni cómo había podido solicitar la entrevista con un editor, quizás lo hubiera podido hacer ebrio, pero de seguro, si así fuera, nadie le habría tomado en serio. En ese momento algo en él estallo, e hizo brotar esa cólera inhumana; sin pensar más en intuiciones posibles, tomó el pico de la botella, frente a su vaso apoyada, y rompió su cuerpo en varios pedazos contra el borde de la barra. El cantinero allí presente, rápidamente quiso tomarlo de los brazos, pero ya era tarde. José se colocó el cuerpo roto de la botella sobre su yugular, mientras gritaba enfáticamente que le dijeran quién era él, y qué hacía en ese lugar; los que estaban sentados en ávida conversación ya se habían parado, pero, al parecer, nadie quería responder, ni mucho menos acercarse al sujeto. El cantinero, ante la inquietud del gentío, con expresión resignada, le dijo que siempre iba allí, casi tartamudeando, y que él conocía muy bien el lugar y todo alrededor del mismo. José Rizal le dijo que lo confundían, que él había llegado hace sólo unas semanas a Lovejoy. El cantinero lo miró sorprendido, temía abrir su boca y emitir palabras equivocas, pero temblando le dijo que estaba un poco confundido, que él siempre había estado allí, que el era Serafín, Serafín Bragado.  
Le dijo que no se alterara, que de seguro se encontraba un poco enfermo, o tal vez algo cansado, y posiblemente durmiendo algunos días podría volver a sentirse el de siempre. El sujeto, sudado, fatuo y con manifiesta agitación, dejó el cuerpo de la botella sobre la barra adyacente y salió por la misma entrada, observaba hacia todos lados, al parecer cada uno de los presentes era parte de la conspiración, no obstante, los clientes antes parados, volvían a sentarse para seguir con sus conversaciones. Bajó presuroso por las escaleras, miró ampliamente el panorama de la ciudad, no había manera de evadir las representaciones que imponía Lovejoy, todo era tan perfecto, sin grietas; corrió paranoicamente hacia una dirección fija, aunque bien sabía que volvería al mismo sitio, aunque quizás pudiera la providencia rescatarlo con un ataque cardiaco, o hasta poder consumirse por el sudor. En ese andar impreciso, vislumbró un pequeño y ruinoso muelle, el que conocía cercano a su hospedaje, pero al que no había tenido oportunidad de visitar. Al llegar frente al mismo, disminuyó su marcha, estaba, en gran medida, maltrecho, sus maderas estaban musgosas, las que todavía quedaban puesto que había muchas hendiduras entre ellas. Caminó hasta el final del mismo, no había botes ni lanchas, quizás nadie lo había usado antes; intentó dirimir hacia el final del río pero la niebla montada sobre el agua lo impedía. Estaba allí parado, no había otra salida, sólo esperar sumergirse y terminar con lo que una vez creyó que era, pero que en ese momento nada quedaba; nada mas que evaporarse en la inmensidad de ese río, morado, y que la corriente llevara su cuerpo flotante, putrefacto, quizás hacia un amanecer sin dolor. Se agachó y quedó detenidamente observando su reflejo en el río, pero no se reconoció; tras su fétido cabello y sus ojeras había un hombre extraño, de ojos de huevo y ancha frente. Oyó unos pasos detrás de él, era el hediondo barrendero, quien lo había seguido desde la calle del bar; José no quiso escuchar sus palabras y se arrojó al fondo del río. Sumergido, se dejó llevar eliminando toda resistencia alguna, quiso, de una vez por todas dormir, para nunca más despertar; cerró sus ojos abatidos, esperando encontrar un hueco negro y profundo de paz, pero un rojizo y estridente fulgor laceraba su idilio, obligándolo a abrir sus parpados, empero el tiempo pasaba y no había necesidad de aire. De repente un fuerte y ominoso estruendo estalló sobre sí, posteriormente una sombra trenzó su cuerpo, la misma parecía elevarlo hacia un sinfín de promesas por cumplir, hasta un recuerdo grato tristemente olvidado, hacia la tibieza en la mejilla del beso de una amada que nunca podrá amar. Salió bruscamente de la superficie hasta ser arrojado sobre las maderas del muelle, todo su cuerpo estaba cubierto por una especie de fango, pero un tanto menos viscoso. Levantó su frente y reconoció al desdichado sujeto, el barrendero. Le dijo que era en vano, él ya lo había intentado, que Lovejoy se había construido, en vez de con agua salada, con una extraña sustancia química la cual permite respirar normalmente estando sumergido en ella. Que no reconocía al arquitecto, pero que de seguro era un demonio, o un mesías traidor que, avieso, tergiversaba los planos del paraíso. En la esquina próxima una sombra se acercaba, al salir de la fusca niebla observó que era la mujerzuela rubia, al parecer lo había estado esperando; al mirarlo, hizo un gesto de reprobación, le indicó que se bañara antes de pasar por ella, que de esa manera le provocaba nauseas. El sujeto, resignado, le preguntó por qué nadie quería salir de ese sitio, por qué cada persona parecía añorar las mismas vicisitudes una y otra vez. La mujer lo miró sonriente, pensaba que, de seguro, querría hacer reír al mendigo allí contiguo, sin embargo, entre sus negras ojeras, percibió como las lagrimas se deslizaban entre esa mugre; compungida, avanzó hacia donde se encontraba el individuo, provocando un estruendo con sus tacos, flexionó sus rodillas a la par, hasta que su rostro se puso frente a esa contraída expresión, sus labios eran de un rojo intenso, quizás el único color vivaz que había percibido, al abrirlos le dijo lacónicamente, que nadie mas que él podía saber cómo salir de allí, que cada persona que pisa durante veintitrés días el suelo de Lovejoy se quedaba para siempre; no se trataba de un imposición, estaba en el aire que se respiraba, en los caminos que se cerraban o que uno quería ver cerrados, en las luces que pierden intermitencia, en el sacral silencio que aturde las mentes. La noche parecía ser siempre de noche, con excepción del rojizo y vivaz paso de un día a otro, en algún punto del tiempo indeterminado.
Tomó su bolso, el que había dejado al costado del muelle, y siguió los pasos de la mujerzuela; al tiempo que el barrendero los observaba atónito. Los faroles estaban encendidos, cada calle poseía un número de hombres agrupados, extraños y de mediana edad, pero ya era distinto, desde ese momento lo observaban con un signo de asentimiento. El horizonte era gris, opaco; y el aire como un disipado humo se introducía mansamente por las heladas narices, hasta calmar el furioso pálpito del corazón, en tanto que el barrendero seguía observando, en soledad, miraba como marchaba aquel hombre; sus pasos intermitentes tras la blonda mujer, su sombra inmensa y ampulosa como un guardián; el estruendo de los tacos cesando tras la esquina, la niebla que atrapaba su silueta y la envolvía a su totalidad. El barrendero observaba con ojos mojigatos, observaba y comprendía que había conocido a Serafín Bragado, el creador de Lovejoy.
         Mi abuelo Gervasio, intemperante, había movido equívocamente un alfil, mientras el Señor Pierri agotaba sus palabras, y levantando los ojos, gozaba de la inmensa red de ramajes que cubrían nuestras cabezas, de la luminosidad que descubría nuestras fallas. Yo había juntado las manos, nerviosamente, por debajo del macizo tablero blanco y negro; suspiré con la intención de quebrar esa molesta espera por quién sabe qué cosa, pensé un momento y pregunté: - ¿Y qué sucedió con la novela que estaba escribiendo ese sujeto? De seguro debía de ser muy buena, teniendo en cuenta su maniática agudeza, o al menos para un posible dato sobre Lovejoy. – El elegante Señor Pierri parecía no prestarme atención, era uno con el tablero, quizás se extrapolara con su rey, y planeara, por entre los espacios de los peones, una estrategia más certera. Al tiempo que movía lentamente su mano izquierda me dijo – La misma pregunta le hice a ese editor, en el antiguo garito al que iba hace décadas pasadas, tras esa historia que había escuchado con atención; el hombre se sirvió otra copa de Ginebra, que había pedido para mí, con excesiva confianza, y me dijo en cierto tono principesco, que el borrador que leyó no decía nada de Lovejoy, ese individuo era Lovejoy; la novela era bastante mediocre, sumergida en cotidianeidades sin gracia. Se trataba de un docente de secundaria, quien daba literatura en una pequeña escuela de Haedo, se llamaba José Rizal; en ella se narraba acerca de sus ideas, de sus idas y venidas con su viejo amor, del ávido deseo por una de sus alumnas, las mas inteligente de ellas; del solipsismo en que se hallaba, de sus andares provistos a desasirse de su realidad, con el fin de dedicarse a la escritura. A pesar de ello, mi intención era hacer el esfuerzo de publicarla, el hombre y su historia ya lo valían de por sí, sin embargo, la novela no tenía un fin, jamás terminaba, estaba abierta, necesitada de constantes posibles caminos: nuevos amores, de lágrimas, de amaneceres en vela sumergido en bellas páginas; de locomociones sin aviso, descubriendo rostros al paso; del regazo cálido durante las noches, cuando has olvidado quién eres, cuál es tu lugar, tus orígenes y hacia dónde deseas partir.
Mi abuelo malhumorado había caído en las redes de la incertidumbre, su mano se perpetuaba en el aire, el jaque era inminente.
                         


5 de Septiembre de 2010
Marvel Aguilera

El pasajero fiel


El pasajero fiel








La monótona cadencia afloraba como cada despertar, y yo ya era parte de su matriz, como mácula, mirando mi reflejo en la ventanilla y no la vista hacia el parco y lejano invierno que solía dejar atrás. Aguardaba la salida del tren de la estación Once, su tránsito atolondrado e intermitente hasta la salida inicial de Moreno, para volver a empezar. No tenía ninguna afición ni compromiso, intención o reparo, sólo vivía a través de la encarnada fijación de hacerme parte del mismo episodio, una y otra vez hasta el hartazgo, entreverado entre cientos de rostros, desesperanzados, anhelosos, desganados, inquietos; por momentos leyendo algo de Dostoievski, Nietzsche o Rimbaud, en otras ocasiones tan sólo observaba el triste espectáculo del ser humano en el mundo.
         No tengo demasiado claro en qué tiempo comenzó todo, querría pensar con apaciguo que fue cuando Lucia cayó en coma, pero eso sería mentirme absurdamente, porque bien sé que fue antes, de seguro al escuchar a ese anciano demente leer pasajes del Apocalipsis a grito seco y colapsado, o quizás ese día en que un muchacho acabo destrozado bajo los engranajes de los vagones, al caer de una puerta abierta, debido al amontonamiento y al embrutecimiento de las mentes en la Estación Liniers.
         Mis noches en vela en el Hospital de Clínicas habían empezado a resultarme insoportables, tanto así que ya no recordaba quién era o había sido Lucia, sus besos en los ojos, las idas y vueltas por Recoleta y su polvo de ladrillo, el deseo de ser padres diluido; todo era parte de un brumoso nubarrón encaprichado en mi consciencia, dejándome desolado ante el funesto presente, frente a una soñadora perpetua, engañada por los altos funcionarios del reino onírico; quien tal vez me buscara indefinidamente en esa distante realidad, aunque puede que cuando le tocara revisar los vagones grises de los trenes, yo estuviera allí sentado, soñando pero allí, y ella me viera casualmente, al lado de una ventanilla, mirando mi reflejo como lo hacia ahora.
         Advenida la tarde terminaba mi labor cotidiana, aunque en realidad ¿Qué no era cotidiano? Trabajaba en el correo hace ya varios años. La cuestión es que al salir caminando a paso ligero me dirigía directamente hacia la Estación de Merlo, como si necesitara regresar de inmediato a mi hogar, como un pescado pataleando al lado del río; mi única placida residencia era estar ahí adentro y no en la casa que alquilaba en San Antonio de Padua; la bonanza de las chispas de las vías que anunciaban la detención; el sonido retumbante del tambor africano que interpretaba el motor del tren en su andamiaje, ese mecánica melodía era la única música que escuchaba desde hacía tiempo, y a la cual me había acostumbrado, era el corazón palpitando mientras siguiera aun con vida el monstruo eléctrico
Al subir reconocía las caras, las narices chatas, aguileñas y respingadas; el aliento a sorete de perro de los vendedores de chucherías, las ratas pedigüeñas, hábiles contadores de cuentos, conocía a varios de ellos, entre los que estaba el Niño. Se trataba de un sujeto que oscilaba los treinticinco años aproximadamente, se ponía una remera ajustada del ratón Mickey y aducía tener un retraso que lo retenía en los cinco años, hablaba con una voz grave, entre gangosa y sibilina, ¡Una moneda por favor para comprar pan! Una vez me lo encontré tomando un vaso de tinto en la Estación de Moreno, me comentó afablemente que había llegado a jugar en la tercera de Racing, pero que una noche de farra chocó con un grupo de amigos en la General Paz, se rompió la cadera y tuvo que dejar, jugaba de volante por izquierda.
En poco tiempo transcurrido logré darme cuenta, fehacientemente, que yo, como singularidad ciudadana, formaba parte íntegra de aquel hospicio móvil; de que había algo allí inmanente, un cierto magnetismo invisible que me aglutinaba paulatinamente: a la ventisca sobrecogedora de las ventanillas a medio abrir, ilusas piernas abiertas que atraían la espontánea y sensual penetración de las voces y aires de cada sucesiva localidad, las luces estridentes y rojizas de los albergues transitorios al pie del cañón, el olor a la combinación de mostaza y Ketchup de las salchichas plañideras, ignominia del salubre organismo; el mecanismo arcaico y precario de las puertas de gala recibidoras de rostros sudorosos y barba rasposa; al sonido de libres melodías galopantes de leales bohemios, arremolinados al paisaje cambiante de las fachadas de aquel otro mundo de allí afuera, en irremediable avance hacia un modernismo elevado y calumniador: de maletines traspapelados con algunos ceros de más y habanos de mediocre calidad; el sincero resoplido del tabaco proletario resultaba algo más humanizador.
Durante cada automático tránsito de viaje, había empezado, luego de unos meses, a jugar puerilmente con los vagones de los trenes; elegía uno por uno, desde atrás hacia adelante, lo que buscaba era percibir la particularidad de cada uno de ellos, si es que la había; al principio lo solía hacer en una quincena, pero luego de naturalizarlo aceleré los tiempos a algo aproximado a cinco días. Lo curioso es que tengo la certeza de haber reconocido nimias pero reales diferencias al fin.

PRIMER VAGÓN O CABINA TRASERA: Tal como lo dice su nombre se diferencia de los demás en ser la cabina de conducción que queda tristemente vacía; después de un tiempo uno de los empleados del ferrocarril me mostró gentilmente el pequeño reducto. Allí se está presente ante un horizonte que poco a poco se aleja como una hoja otoñal caprichosa ante el viento, y a pesar de ello, uno tiene la vaga impresión de que es tangible esa visual, que estirando la mano hacia ese pequeño punto indefinible de adelante, todavía se pueden rozar los antiguos pisos criollos de Flores, la tribuna albirroja del Deportivo Morón (Coliseo del Oeste); la desolación llana y sepia de Paso del Rey, quizás su nombre ya no haga referencia a su riqueza estética. Desde allí se tiene la sensación, y mas que nada sentado sobre un asiento y sin sujetarse, de que el vagón avanza sobre el aire, por el impulso de la fuerza mediana del tren, y que uno al mirar sobre el suelo engomado percibe una vacuidad por debajo, no ya la mecanicidad de fierros girando enérgicamente, despidiendo un feroz aluvión eléctrico. En general los que concurren a este determinado sitio son los llamados tardíos, quienes perdieron de seguro tiempo de mas en sus casas, en la vanidad del espejo, la última noticia deportiva en la tele, o el prolongado amorío con la almohada; eso lo lleva a introducirse repentinamente al ultimo vagón, salvo aquellos que deben sacar el boleto por el medio, esos en general no llegan a tiempo preciso, y deben esperar el próximo y la queja despiadada del gerente. También son vastos los mendigos, gentlement on the train, de sacos marrones empiojados y barbas grisáceas, zapatos negros con punta de acero, desgastados, los que uno suele observar como campechano adorno en los tendidos eléctricos suburbanos; suelen estar contando monedas en bolsitas, para luego ir a comprarse un choripan en la estación Liniers, allí donde atiende el mono Gareca, ¿Con chimi papá?, dicen que fue un antiguo guitarrista de un cantante popular de principios de los setenta, si mal no recuerdo había ido a probar suerte a tierras españolas, mas precisamente a Valencia; solía decir que el clima andaluz no lo favorecía, pero por lo bajo pude enterarme que lo deportaron por falta de papeles.

CONJUNTO DE VAGONES INFERIORES O EL INDEMNE: Este conjunto que resumo de manera sintética, podría describirse como el mas políticamente correcto, en él suelen acomodarse personas de mediana edad, en general de aspecto jovial, guiados por un colorido imaginario alimentado por la música retumbante que estalla en sus oídos, alguna que otra novela contemporánea americana, esos libros grandes y pesados que son imposibles de sostener con una mano; y el cotorreo galante de parejitas retroalimentadas de su empalagoso sentido del deseo. Por esos vagones suelen andar Los Carlitos, son cinco hermanos de los suburbios de Ciudadela, quienes andan juntos como en manada y que raramente vi manejarse separados, saludan uno a uno de los pasajeros como si fuera una entrevista laboral, los cuales la mayoría le niega el apretón, ni siquiera por complacencia, su caballerosidad tiene el afán de explicar su paupérrima situación económica, quizás menguada por la apertura de finos monederos o la cara azulada del Presidente Mitre pegada con cinta adhesiva. Yo le había tomado un especial cariño al mas pequeño, conocido como Benji, debía oscilar los cuatro años y casi no emitía palabra; siempre lo esperaba con una bolsita de caramelos de fruta, esos que se deshacen en la boca. Hasta que un día el mayor de ellos, alias el Ganga, no por su fácil apertura al diálogo sino por su carácter de gangoso, lo retara por aceptar ofrendas no estrictamente monetarias, “A gñi clagueme ñoñedas guachinm.”
En el enjambre de motores y bostezos, caminaba desgarbado dejando que el tiempo se desgastara por entre los recovecos de luz de un lugar que ya me era extraño y hostil. Las vicisitudes caían en agonía, paulatinamente, apabulladas por la intemperancia de un constreñido núcleo, el cual se iba cerrando como capullo, marchitando mis alas; y mi espíritu atolondrado encasillabase en el horizonte cavernácula de un viaje sin partida ni llegada.

“Chocolate en barra, el mismo de la tele, ¡dos peshooos!”

¡Oh gritos animalescos desde las entrañas del instinto de supervivencia! ¡Trova post industrial del subdesarrollo! Mis ojos lagañosos aguardaban inusitados la venida de un negro café, sentado santurronamente en la banca de cualquier andén, sintiendo palpitar el corazón del agitado populacho, su desvarío intemperante, brusco como diuresis caliente, fiel origen del pathos porteño.
Lo que en algún momento fue real decantó, mis recuerdos se habían evaporado y hechos uno con la excelencia del firmamento; jamás volví a averiguar del correo, solo pude enterarme del telegrama recibido en mi vieja residencia, una casa ahora ajena e infame, imagen de una historia tergiversada. Moria minuto a minuto absorbido por el extraño universo de los suburbios hilarantes, un teatro sin epilogo, retroalimentado de la excretoria miseria humana, clima devoto de lavanda y ajo rancio de un sobaco rendido; y mi ser que perdía la noción de la pena y el olvido, contemplando indulgente el vuelo de las luciérnagas que aprisionaba desde hacia tiempo, y allá a lo lejos, todavía observaba su titilante deseo nocturno, como una belleza ciega aspirada por una anémica alma divagante, retrato encajonado de un muerto que nació vivo, del cielo que quiso pisar el polvo de la tierra pero se arrepintió. 
Cordialmente El Gavilán, experimentado empresario de alicates y portadocumentos, me invitó a su humilde pensión en las ruinas de Floresta; mis pies parecían carecer del equilibrio necesario para sostenerme en el suelo. Logramos ingresar primero por un pasillo y, luego de un virtuoso esquivo entre vestimentas mojadas en alambres y cachureos sucios, llegamos hasta la pequeña guarida trasera. Mi incisivo apetito se morigeró ante el impacto de la sartén cubierta de aceite quemado, peculiar garito de moscas y mosquitos; el vomito caliente subió hasta mi garganta, y negó el ofrecimiento, de huevos revueltos, a la sonrisa ahuecada del Gavilán. Subsumido en un viejo colchón y una sabana blanca agujereada por donde sobresalía mi pie izquierdo, vislumbraba el silencio del silencio, oyendo el oscuro follaje de la realidad ciega, en el cual confluían rayas eléctricas, tornadas amarillentas y coloradas al cerrar mis parpados agotados.
Mi dicha atesorada se sobrecogía a la vida útil de los días carentes de principio y final alguno; sentado y abstraído por el pensamiento de una idea ya seca, caída como gota dulce de una lejana y abismal tormenta, aunque latente en la brisa redentora filtrada por las ventanillas a medio abrir, presurosa y frágil pero estremeciendo las susceptibilidad de la materia humana; del dolor enclaustrado y perdido entre los laberintos de la memoria, en las miradas cómplices sobre los labios apetitosos de pasión, entre las fragancias ignotas de la calle Florida: el acordeón ávido de pasos extranjeros, los cafés como guarida de un viejo literato del ostracismo; el balanceo en la baranda que da a la inmensidad del grisáceo pero solemne Río de la Plata; y las palabras de amor que se perdían en el sofoque de un sol avasallador, en vuelo sagaz y norteño junto a las gaviotas...

“A la cervecita fresca, ¡fría bien fría la Quilmes!”

Un amanecer engendrado y en movimiento, naufragando por el horizonte retornable del Oeste, vivificando una vida resignada a descolorirse a cada instante, en la agonía sistemática, social, mezquina e inerte, sin dolor, solo el cese definitivo ante las resquebrajaduras de la epidermis, ante los ojos añejos que se agotan de observar sin mirar, sin sentir ni percibir el aroma de las subjetividades pasajeras.
¿Que futuro había en ese niño que extendía su mano lisonjera? Un futuro arrugado y hecho un bollo, arrojado entre la inmundicia de las vías, entre los órganos podridos expresados en la resignación de una vista sosegada y chata; un nuevo año devorador de esperanzas, manos callosas como huellas de esclavitud, el olor de vino patero y sudor seco, la imaginación sucumbida por la ferocidad de una razón fabricada; no mas sueños, ni pesadillas ni deseos, solo un inerte oscuro y magnánimo, el inevitable vaciamiento del espíritu mágico, construido en tiempos pueriles; una mueca de desgano entre las sombras, de solsticios apagados, del roer de animales famélicos, hechos brasa en el fulgor del pavimento. La espontánea estupidez de los siervos, lagrimas que no salen, secas, muertas sin nacer.
Vivimos en pequeños universos, en barcos a la deriva que se extravían ante la primera niebla andante. En tierras pisadas por millones de cadáveres que esperan poder vivir, quienes sellan huellas removidas por la ira del viento en su brusco jugueteo matinal, sin embargo nuestras almas todavía transitan, mimetizándose por cada espacio de mundo provisto por la mano de un pintor providencial. Y el anciano Genaro que se acercaba sigiloso, con su vista resguardada pero mística, el rechinar de su silla de ruedas, el tintineo de las monedas que se movían dentro de la vieja lata de duraznos que llevaba entre sus manos, apretada contra su pecho; manos marchitas y rugosas, manos que habían sabido rozar el seno maternal, calmador de sed; que gateaban sobre los suelos en busca de colores; que escribían pensamientos e ideales en algún pupitre ya hecho ceniza, que mecían sensualmente el cuerpo esbelto de una eventual amada, ahora estaban allí, tiesas, agitando una lata de duraznos:

“Señores y señoras... la vida es una tómbola, que gira y gira hasta caer, un amanecer de esperanzas y una noche de resignación, la historia que no se detiene a consultarnos, que avanza sobre nuestro dolor, pisando las cicatrices, ahogando nuestro espíritu; en el fondo de nosotros quedan nuestros sueños de infancia, el arropaje de nuestros padres al final de un día de invierno, el beso inocente con tu compañera de clase...

“¡Callate viejo! ¡Ya estas borracho otra vez! Decía una voz hilarante desde el fondo de la multitud.

“Los años pasados eran años de ilusiones, de compromiso con la humanidad, una actitud de dicha con el presente, como un recuerdo actual, en el ahora, de calles porteñas adornadas por las parejas que circulaban por los cines y teatros de la calle Corrientes, de la mano y delicadamente, amando el amor y no regalándolo, como jóvenes descubriéndose a partir del otro; no teníamos miedo de amar ni ser amados, de cambiar unas ideas por otras, éramos inconformistas, cazadores de deseos; ahora el tiempo y la historia guían a nuestra alma, definen nuestro amor, nuestra moral, la forma en que debemos actuar, pensar y vivir; por la sencilla razón de que ya no creemos en las personas, es decir, no creemos en nosotros mismos, dudamos de la originalidad de una sonrisa, de la sinceridad de un apretón de manos, de la verdad de los labios como hacedores de una respuesta infinita...

Quizás el viejo Genaro tuviera razón, aunque fuera un beodo senil, la tristeza de su ser no podía mentir; y cada instante que transcurría nos despejaba paulatinamente de los restos de dignidad atesorados en algún rincón de nuestra humanidad. De pronto percibí un espontáneo acumulamiento de masa pasajera en dirección hacia la puerta, veían algo a lo lejos; el tren se ancló abruptamente, rechinando estentoreamente; mis ganas de vomitar aumentaron, mas aun por la salchicha con papas y mayonesa del robusto hombre sentado al lado mío. Me paré a los minutos para observar, si es que me lo permitían; me escabullí entre tantos rostros sin nombre, creo que nos ubicábamos entre Villa Luro y Floresta, me di cuenta por la cercanía del puente que se avecinaba. Entre el murmullo escuché que alguien se había arrojado intempestivamente. La policía ya estaba allí, a mi alrededor un bigotudo contaba a otro que estas cosas pasaban todos los días, yo creí, sin embargo, que aquello no le quitaba dramatismo al asunto, lo sentí como un intruso que opina de mi hogar. Me bajé a través de un pequeño salto del vagón hacia el suelo terroso, así como habían hecho varios otros, Genaro estaba en silencio esperando retomar su discurso, pero percibía que debía callar.
En ese ínterin experimenté la cruda sensación de no poder superar la propia vida, caer embadurnándose en el fango de la existencia; mísera perspectiva de un mañana asesinado brutalmente; de árboles que no crecen y quedan enanos, de risas sin ruido, desechas en la bruma del tiempo; el viento me deshojaba hasta hacerme quedar desnudo, ya sin capas ni mascaras, expuesto a la burla del destino.
Y baje presuroso, allí estaba su hermano, el gangoso, lloraba, aunque inentendiblemente, diría mejor aullando, como un animal, pero eso era lo de menos...

Mi egmañito, mi egmañito...

En el centro de tantos rostros sudorosos y perplejos, se hallaba la pequeña humanidad de Benji, como si alguien estrepitosamente hubiera arrojado un balde de pintura roja sobre su cuerpo. Al verlo allí con su cuello casi desprendido, pude volver a sentir qué significaba el dolor, la angustia, la pena; sentimientos los cuales creía perdidos, vaciados, vagando en la opacidad de un presente sin sueños, marchitos en algún rincón de mi memoria, como un brote que sobrevive entre el pedrerio de las vías.
Pensaba que posiblemente yo podría estar en su lugar ¿Por que no?, pero no lo estaba, aunque no obstante, ¿Hay un lugar netamente mejor a otro? Quizás el único provecho fuera hacer mas leve el sufrimiento innato de nuestras almas, como decían los epicúreos; a pesar de que mi madre me abrazara sorpresivamente al enterarse del accidente de Lucia, por mas que disfrutara del dormir arriba del techo con el tío Horacio, hablando de jazz: del Be-bop, el Cool, pero en especial de Charles Mingus, y el paisaje de las estrellas observándonos, cómo las contemplábamos, puede que sonrojadas; Charles Mingus, y los ojos sempiternamente abroquelados a una realidad paralela de Lucia en el Hospital de Clínicas, su pulso frío, los labios secos; Charles Mingus, y el frío del invierno que me congelaba los huesos, el café negro y recalentado de la estación Moreno, la soledad de la predeterminación, las luces del vagón en corto, Benji muerto.

VAGONES INTERMEDIOS O CORAZÓN:
El tren circulaba mucho más lento de lo que solía andar, un ritmo inquietantemente cansino, de seguro algún mantenimiento en los rieles, aunque yo bien sabía que los ferroviarios se habían congregado nuevamente para exigir reincorporaciones. Hacia calor pero no siempre sofocante; una leve brisa parecía amortiguarlo como una tímida caricia, tornándolo sereno, algo menos que bondadoso. Me ubicaba entre buena cantidad de gente trabajadora, al menos eso quería creer, quizás lo notara por sus rostros desganados, por momentos insulsos, es decir, de expresiones que no decían nada, aunque otras hicieran fuerza por brillar; la mayoría estaban apagadas, una oscuridad contra la que las luces superiores de los vagones no podían combatir. Trazaban voces enviando remedos amorosos, quejas a granel entre compañeros de labor, puede que algún pensamiento rebelde que fluía hasta chocar contra los ventiladores del techo (los pocos que andaban) y esparcirse entre cientos de ojos anhelosos de ceguez, organismos en prospera agonía, pudriéndose felices.
Los días se habían convertido en una masa amorfa de tiempo, en donde lo que conocía como mis años fluctuaban entre la niñez y cierta ancianidad, entre el llanto precoz y la incontinencia acaecida. Y casi creía ver su sonrisa en medio del grisáceo firmamento de los vagones que se movían de un lado a otro; las gotas como jueces caían estallando contra el marco de las ventanas, ¿Acaso el mundo no es aquel que nos representamos? Un niño sentado desprendidamente sobre el suelo gomoso y sucio de colillas, prendía y apagaba un encendedor: luz y oscuridad, día y noche, claridad y confusión, vanas dicotomías que ya no solía respetar, o en todo caso sólo había dejado de creer en la necesidad de diferenciarlas, todo era igual, caía en el mismo pozo ciego, y me perdía en la inmensidad del vacío. Ahora llovía a cántaros, recuerdo los partidos en el fango, sobre el campito de la calle Victoriano Loza, ahora un supermercado francés, contra el grupo de los pibes de la escuela 9, las palomitas del Pájaro Torres tras mi centro cruzado; yo corriendo entre la lluvia tras enterarme de la muerte de mamá, o puede que no lloviera y sólo viera las lagrimas caer una y otra vez.
Solemos ser algo ya extinguido, la brizna de un amanecer cansado, el idioma del silencio; aun se conservan los netos admiradores de la correspondencia, epístolas de letras que eternizan los sonidos disipados en labios cualesquiera. Me sentía haber muerto y nacido mas de cien veces, quizás por estar distraído imaginando la próxima vida. El tren estaba detenido desde hacía largos minutos, tal vez siglos; ¡sentencias invisibles!, el musgo de las esquinas superiores de los vagones centrales me adormecía, las puertas abiertas en plenitud no remediaban mi ahogo, ni el lloriqueo de un bebé sin su leche maternal, entregado a lagrimas puras, inocentes, llenas de vida, de dolor por querer vivir, por ser.
¿Qué queres para tu vida? Me preguntaba mi viejo; ser feliz le respondía, aunque no supiese que significaba realmente eso, y creo que nunca lo sabré. El rocío sensibilizaba la animalidad del mundo exterior, “jóvenes idealistas” decía mi viejo, la vida es para luchar no para el disfrute. Y la cabeza de Benji desprendida seguía ahí, rodeado del espectáculo de cuerpos con no mucha mas vida que él, esto pasa todos los días seguía repitiendo otro.
Mi cuerpo ya no andaba entre rieles, en idas y vueltas, ahora dormía entregado al amparo de una ilusa dicha, por el momento olvidada, quizás en ese dormitar de Lucia en el Hospital de Clínicas, en sempiternas construcciones nerviosas y difusas, sobre grandes extensiones de un llano verdoso y sin horizonte, magnánimo resplandor de un suspiro providencial, de vírgenes caminos sin huella, de cientos de cielos al borde del abrazo terrenal.
Y la gente amontonándose para hacerse paso, desprenderse de la quietud de los vagones, como atolondradas reses, bajo una llovizna tersa pero abrasiva, gratuita vacuidad. Estaba allí entre tanta bruma carnal, andaba despierta, creí reconocer sus ojos verdes; aspirando a un mañana, de la mano de un hombre de elegante traje oscuro, de rostro extraño y nariz puntiaguda, ojos grises y saltones; creo que fue en ese momento cuando pude darme cuenta de dónde realmente estaba; me había corrido al margen del libro, y miraba extrañado como la historia continuaba sin mí; pero aunque mi pena me enfermara a cada segundo, en el fondo sentía la necesidad de no ver en ella a Lucia, puesto que para mí ya había dejado de serlo luego del accidente, estaba atrapada en algún reino onírico, y de seguro desde allí me buscara, sin el brazo de un extraño, en la intermitencia de un viaje discontinuo.
El pelo mojado de Lucia ante el paisaje cabizbajo; la sangre coagulada de Benji, la cual me hacia sentir tan insignificante ante el destino; ¿Ves los astros allí arriba? Me decía mi tío Horacio sobre el techo, son imágenes proyectadas e inmortalizadas por la divinidad en homenaje a viejos héroes... Y el tren desolado que parecía no reaccionar. La lluvia no cesaba, el aire agotado y espeso adormecía mi animo; “Charlie Parker era demasiado genio para este mundo, por eso debió morir, de borracho, consumiéndose...”; “Jaja, jóvenes idealistas, hay que laburar viejo...”; “Sí, la vida es una tómbola, una ruleta en donde ponemos en juego cada día nuestros sueños, nuestra paz...”

“Bien fría la cervecita, ¡a cinco pesitos la Quilmes!”

Recuerdo un pasado que ya no se si existió, y no sólo lo recuerdo, creo contemplarlo cada día, tras cualquier ventanilla, y por mas que intente alcanzarlo se que no llegaré, puesto que hay un abismo entre él y yo, mas de treinta años de ignotismo, de sombras; no, no era una tómbola, sino como un dado quieto, sin moción alguna, con el resultado ante tus ojos desde siempre; y la estampa de Lucia que se disipaba entre la multitud; el Tío Horacio tenía razón, todos los héroes estaban ya muertos, quizás refugiados en una estrella, o tan solo entre la tierra podrida. Afuera seguía lloviendo, los vagones se habían terminado de vaciar, mi cuerpo se abalanzó entre el marco de la puerta, sentía elevarme mientras las gotas golpeaban mi cabeza, “Metete para adentro que te vas a resfriar hermano” me dijo de repente el Gavilán, apoyando su mano en mi hombro derecho. Era domingo a la tarde, los motores comenzaron su marcha.

Marvel Aguilera

sábado, 26 de noviembre de 2011

La caída de los pájaros


La caída de los pájaros


Marvel Aguilera











       Un día cualquiera sentí llegar el verano, en ese calorcito espeso pero hogareño, bajo la sombra de la ampulosa parra de uva blanca y moscatel, en el fondo del patio trasero. Atravesaba cada día en esa sombra de tarde bautismal, subyugada al cotorreo ornamental de las alondras y el Polaco Goyeneche sonando en la vieja radio despertador...

Sur,
Paredón y después...
Sur,
Una luz de almacén...

Al lado de los amargos que cebaba el abuelo, los que me convidaba mientras yo releía al borde de la ventana de mi habitación Ficciones de Borges, durante mis recientes vacaciones, tras el repentino fallecimiento de mi madre.
         Hace unos meses atrás había cumplido los quince, aunque mi intención no fuera la de festejarlos, a pesar de la constante insistencia de mi madre, quizás presa de la experiencia propia de no haberlos podido vivir, debido a la situación económica de aquellos tiempos pasados, posiblemente anhelara rememorar, en tiempo futuro, un momento único, tras contemplar algún cuadrito colgado en la sala de estar, que inmortalizaba varios momentos de nuestras vidas; puede que con las amigas con las que nunca pude solidificar lazos férreos de amistad, aunque por cierto nos lleváramos bien, ¿Pero tan sólo eso era la amistad? Lo raro, si es que puedo calificarlo así, era mi comodidad en las charlas cotidianas con los amigos de mi abuelo Felipe, entre mate, barajas y tango, por mas que a mi mamá no le gustara, ¡Ya la estas haciendo adicta a la timba papá! Yo no me consideraba adicta ni viciosa pero sí es cierto que me gustaba compartir un truco con mi abuelo, aunque siempre perdiera, ya que mi abuelo no me dejaba ganar, incluso se mostraba mejor jugador contra mí, pero a mí me parecía más digno, él me decía a cada momento que perdiendo siempre iba a aprender un poco más. Para ese tiempo los mosquitos empezaban a molestar a cualquier hora del día, y mas que nada ya entrada la noche, su agudo zumbido entrelazado en mis orejas era combatido por la fuerza de mi ventilador de pie, puesto que el espiral no servia para nada, sólo para intoxicarme; al final, su sangre estampada contra la blanca pared de mi cuarto era brutal pero efectiva; aunque temía una represalia futura de los mosquitos, posiblemente en bandada como las abejas, quizás por eso no podía dormir.
         Ya para esos días la gente andaba por las calles con menos ropa: esas bermudas fosforescentes y ridículas que los tipos recuperaban del fondo del ropero, los escotes prominentes de las trolitas de la esquina de casa: Marita, La Bebu y todo ese conglomerado de chiruzas; las piletas de lona que armaban las familias para que los pendejos se distrajeran, pero en donde se terminaban metiendo los viejos barrigones, apoyando el vasito de cerveza en los esquineros.
         Navidad había pasado casi imperceptiblemente, diría que no había ocurrido de no haber sentido las explosiones llegada la hora cero; con el abuelo aun podíamos sentir el perfume dulce de mi mamá entre los recovecos de la casa. De veras pensé en irme a pasar el fin de año a Madrid con mi papá y su familia, pero no quería dejar solo al abuelo, habíamos estado juntos en el momento mas difícil, y al fin de cuentas, él era mi familia también. Aún me quedaban dos años para terminar el colegio, todavía no me había puesto a pensar qué quería hacer, la lectura era mi placer pero no se si quería transformarlo en un oficio de adulto, quizás perdiera esa magia que me atrapaba encantadoramente. Advenidas las vacaciones todos mis compañeros pensaban en los cumpleaños de quince, verse mayores metiéndole la lengua a alguno o tomando vino, no importaba a quién ni cómo, la cuestión era hacerlo, como si las etapas se quemaran así, aunque yo ya había tenido algo, no era gran cosa pero de seguro sí mas natural que esa tonta bruma de la edad del pavo. Borges no había tenido tiempo de ocuparse en ser feliz, y al parecer yo tampoco.
         Como le gustaba el tango a mi abuelito, entendía que Julio Sosa era la voz, el varón del tango como le decían, como el Sinatra de la música porteña, para él era mas tangible que Carlitos Gardel, menos idealizado y mas carnal, lastima que se había matado en Figueroa Alcorta.
         Vivíamos en una casita de Morón, cerca de Hurlingam. La cuadra estaba repleta de jacarandas, a mi mamá no le gustaban mucho porque decía que tiraban mucha hoja, pero a mí me parecía poéticamente bello el espectáculo de caminar mientras el sendero se cubría a mi alrededor de amarillo seco, pero en verano eso no sucedía, la hojarasca se aferraba concienzudamente a la red de delgados ramajes, con excepción del árbol de mora de la casa de enfrente, que si manchaba pero suciamente toda la vereda, sin embargo la señora que allí vivía no las juntaba, debía de estar ocupada cuidando a una niña discapacitada que al parecer era su nieta.
         Me levantaba temprano, en hora cercana a las ocho, el sol me aplastaba los parpados; me lavaba la cara y agarraba Ficciones para irme a refugiar del sofoque bajo el insigne parral del patio, mi abuelo ya estaba ubicado desde hacía una hora, tomaba amargos, respirando el verde, ahuyentando a los mosquitos con el clasificados del diario. En una de esas tardes salí a regar un poco la ardiente vereda, no era lo mismo la calle que cuando era de tierra, pero por lo menos cabía de excusa para poder andar descalza. Lo cierto es que observé como llegaba un maltratado vehiculo en la casa de al lado, de seguro parientes que no se veían hace tiempo, por lo menos así se mostraba en sus manifestaciones efusivas de afecto. Había una señora de lentes, rechoncha y de nariz parada, tetona, de mueca seca y amarga, y de sandalias, las cuales dejaban ver unos dedos gordos, que parecían hinchados pero que intentaban endecorarse con un suave rosita en las uñas. Con ella llegaba un hombre petiso y algo menos que calvo, un tanto encorvado o a paso flojo, de camisa a cuadros y una riñonera de cuero bastante ridícula. También había un niño, quizás cercano a mi edad, o puede que algunos años menos; tenía el cabello cortado al ras y ojos saltones como su padre. Esa había sido la única vez que los había visto juntos, como algo cercano a una familia. La casa de al lado poseía grandes extensiones aunque estaba algo descuidada en su fachada, tenia dos pisos y una terraza; hacia atrás había un patio bastante deshabitado, repleto de caños y tablones de madera amontonados, mimetizados entre árboles estériles, en agonía, y una pequeña huertita con abundantes plantas de acelga.
         Cuando el sol no estaba muy fuerte el abuelo me dejaba subir al techo, allí leía sintiéndome cercana al firmamento, me refrescaba con una botellita de plástico con mas hielo que agua, solía elegir el Tlon, Uqbar, Orbis tertius o La Biblioteca de Babel, daba igual, lo cierto es podía llegar a releerlos dos o tres veces en el día, aunque a mi mamá no le gustara que me la pasara leyendo, me decía que saliera a caminar, que estirara las piernas al aire libre, pero el aire no era libre, era nuestro, estaba apresado por lo que nosotros denominábamos mundo o realidad. Agotados mis ojos me dejaba caer hacia atrás, de cara hacia la profundidad de un celeste limpio e infinito; por momentos a pesar del calor mi estomago sentía como una fría puñalada en el estomago, como cuando mi tía me había dicho que mi mamá se había ido; mi abuelo se hacia el duro pero su silencio pálido era mas triste que el fluctuar incesante de mis lagrimas sobre la falda de la tía Elsa, era un hilo congelado como el que sentí cuando volví a ver a ese chico parado en la terraza de al lado, miraba hacia arriba como esperando una señal divina, o quizás yo quería creer eso, me negaba a darme cuenta que miraba como un bobo a los pájaros, posiblemente calculaba la distancia a la que estaban, la longitud suficiente y necesaria para que el proyectil de su gomera impactara contra la animalidad de los plumíferos. Hasta ese momento no había podido tirar ninguno, pero de seguro volvería a intentarlo, porque era eso lo que era, un mata pajarracos, un sicario de aves, como una especie de razón aniñada que apedrea las pasiones y las abandona al inmundo litigio del llano, una conspiración al despegue sideral, una bruma que ofusca el socorro.
         Ya caído el sol caminábamos con el abuelo por el centro, había grandes cantidades de pequeños puestos de venta, baratijas, artesanías, globos y pochoclos para niños, anteojos truchos, besos de lengua en los banquitos, volantes propaganderos que se incrustaban en mi nariz, el regodeo de las estrellas pudorosas de salir a escena. Mi gusto de helado era el dulce de leche granizado, el tema musical del momento sonaba bien fuerte desde alguna camioneta, a mi no me molestaba tanto, de seguro sí a mi abuelito que prefería el vozarrón de Sosa y las letras metafísicas de Discépolo, aunque mi abuelo me decía “lastima que fuera peronacho”, yo me preguntaba quién no lo había sido alguna vez por esto o aquello.
         A la noche una helada se recogía por entre mis pies descalzos, mientras miraba al lado de un espiral una película, no recuerdo el nombre pero me agradó mucho una que tenía extensas persecuciones por los callejones de Paris, creo que trabajaba De Niro; el humo del espiral era insoportable, aunque no lo apagaba porque me quedaba pensando en el chico de la terraza, en su delgada mano que empuñaba el precario rifle, como Goliat, como un gangster campesino, quizás bajo la luz de la luna, en el silencio prodigo del verano, ideal para que las aves cayeran como frutos maduros, el ruido espeso amortiguado por las plumas dispersas en el aire, tal vez un parloteo final, pío pío, una efímera agonía, el contraerse de sus músculos antes de expirar. Al cerrar los ojos ya podía ver su mirada, sus ojos verdes y saltones, atentos al inmenso teatro de los cielos.
         Mi abuelo se tomaba una medida de licor rojizo antes de meterse al sobre, como decía, antes me arropaba aunque estuviera un poco grande, pero no lo hacia como mi mama, sino de una manera mucho mas sentida, como si me arroparan todos los que me querían juntos, un árbol genealógico que con sus ramas tomaba cada extremo del fino acolchado y me cubriera cariñosamente, hasta que me abrigara un poco, frotándome los pies, cerrando los ojos, viendo a mi mamá con un montón de cables y un tubo en la boca que tantos besos me había regalado, que me había hablado, enseñado, retado, gritado, alegrado, aconsejado, pero mucho mas besado, por lo menos así lo quería recordar.
         Me iba a ir a Italia con mi papa, lo había elegido por sobre el cumpleaños, aunque me llamaran egoísta muchas de mis compañeras, a quienes por cierto no llame mas amigas, aunque no se si lo eran antes, sin embargo tampoco pude ir, porque ya mi vida no era la misma que había proyectado ese viaje, que quería saber como era la Sfoglietta napolitana, y si Venecia era tan hedionda como decían; ahora era esa que quería quedarse en Buenos Aires, cuidando a mi abuelito, que escuchaba a Alberto Castillo, el ginecólogo, bajo el parral de moscatel; aunque estuviera ese niño, que parecía ver a través de mi ventana, no se si seria él o la sombra de una maceta sobre el balcón, lo cierto es que las aves corrían peligro, pero ellas no querían partir, porque ese era su lugar, así como mi casa era el mío, yo era una de ellas, cotorreando con verdaderas amigas, observando el desfile galáctico, recuperando fuerzas para el brote matinal. “Ya me voy a morir quédense tranquilos”, decía mi abuelito cuando mi mama lo retaba por olvidarse de algo, pero mi abuelo prefería vivir para que yo lo cuide, para arroparme, para escuchar:


Mi Buenos Aires querido,
Cuando yo te vuelva a ver,
No habrá mas pena ni olvido.

Los goles de Francescoli, los alcauciles eternos que chupaba después de untar, el falta envido mentiroso. Ya me había calentado los pies, tenia sueño.
         Un día viernes, por la noche, se cortó un buen rato la luz, en varias cuadras a la redonda, por lo que pude observar al salir a la vereda; entre los vecinos se comentaba de una sobrecarga de energía, ya constantes en el último tiempo, puede que por el ajetreo de las heladeras y ventiladores. En esos rostros agolpados, de la señora de en frente (la de las moras) que cuidaba a su nieta, el abogado Manzanares, siempre empilchado y fumando un cigarro entre las sombras, y por contrario La Bebu, con una calza ajustada que le marcaba bien el rabo, allí pude reconocer los ojos saltones del niño de la terraza, que extrañamente había bajado al llano, sobre el territorio donde las aves ya no transitaban, sino que atrincheradas por encima de las arboladas planicies, los permanentes tendidos eléctricos, tantos tejidos noctámbulos, aguardaban agazapados el comienzo de una batalla mas que duradera, eterna, entre dos polos antagónicos: el ave y el hombre, el cielo y la tierra, la guerra y la paz, el pico contra los dientes.
         Mi abuelo se había sofocado y, mientras silbaba, abría la canilla del agua fría para, una vez llena, meterse a la bañera a reposar, en tanto prendía su radio de mano a pila, escuchando con algo de interferencia algunas sutiles milongas; y yo que intentaba pegar el tallo de la vela a una tapita de mermelada de naranja, me había pegoteado todos los dedos, mientras todavía podía oír, debido a la puerta medianamente abierta, los voces de vecinos que discutían desde una realidad ciega, entre el canto de los grillos y la cotidiana rubrica de las luciérnagas, por sobre los jazmines de mamá. Mis lecturas de esa manera, entre la precaria luz y el runrún, se tornaban un tanto peculiares pero de seguro poco serenas.
         Se que uno duerme en la plena oscuridad, pero saber que no hay luz agrega una sensación de profundo pavor si uno se pone a pensar, como si alguien se metiera por la ventana sigilosamente e introduciendo una mano por debajo de la sabana te rozara una y otra vez la planta de los pies, y quizás una cayera en la necesidad de reír y llorar al mismo tiempo, porque sabría que la mano, gruesa y de dedos gordos, como los de la madre tetona del niño de la terraza, avanzaría continuamente, desplegándose sobre las  pantorrillas, ya no con roce sino intensificando el pronunciamiento de los dedos, y subiera aun mas por la entrepierna, mientras una apretara aterrada los dientes, esperando que mi abuelo se levantara desnudo de la bañera y viniera rápido a arroparme, disipando la sombra del perverso espectro, pero la mano persistía, y las lagrimas contra la almohada, las velas apagadas con algo de saliva, la milonga sentimental ya lejana, ¡Mamita sacate todos esos cables y el tubo y vení a abrazarme! ¡Quedate acostada conmigo como cuando era mas chiquita!, y la mano a centímetros de mi bombacha, ¡La luz! Gritó estrepitosamente mi abuelo, yo somnolienta, demasiadas lecturas fantásticas en vela, el extrañamiento de todos los días.
         La tía Elsa nos había visitado, trajo un biscochuelo de chocolate, y me entregó un libro, según dijo por haberme visto sumergida tantas veces en la lectura, era El Túnel de Sábato, lo conocía bien de nombre, pero no tenía intención de abandonar las Ficciones, menos aun cuando me tocaba releer Funes el memorioso, ya quisiera ser un dios cimarrón, de alguna manera mi abuelo lo era, pero en el ámbito del tango, se conocía de pies a cabeza las letras de Villoldo, Le pera, Roberto Firpo, Filiberto, Pugliese, Manzi, etc. Yo me conformaba con saber poco pero bien, posiblemente porque tenía el intrínseco sentimiento de guardar bien dentro mío lo escaso que todavía consideraba identificatorio, lo propio, cercano, familiar; siempre termino remitiendo todo a la familia, en el fondo debe ser de lo poco que quiero hablar, lo que realmente me importa.
         A la noche salí a colgar una remera mojada que me quería poner al otro día para pasear con mi tía, y allí lo vi en lo alto, otra vez especulando como un matemático, aunque su razón fuera una sola: ganar las alturas, en esa guerra eternamente ocultada, entre la sociedad y la naturaleza en vil complot, la disputa por quién es el mas cercano al respiro providencial, para conocer desde los cielos por qué fuimos arrojados en el medio de la tierra. Y sacaba una piedrita del bolsillo para cargar su arma con suficiencia, la inmutabilidad de las palomas, apestadas pero valientes, el bostezo de los gorriones, el mirlo desorientado, todos en acecho, los ojos saltones fijos en las plumas, sobre los gruesos cableados, las constelaciones privilegiadas, la luna cómplice en inevitable manifestación, la tía Elsa que me llamaba a comer, de seguro mi abuelo ya estaba chupando los alcauciles, el hediondo aceto balsámico, la goma que se tensaba y orientaba una dirección, y yo que me preguntaba por qué tuve que cumplir quince, quizás fueran mejor los doce, como cuando caminaba por la arena de Necochea, con esos anteojos de sol grandotes que me había prestado mi mamá, ¿Con Flor o sin Flor?, pobres pajaritos, ya los imaginaba caer de un sopapo, llorando como lloro yo, pío pío; Son buenas; la tía Elsa hacia unas milanesas de primera, con mucho ajo y perejil, yo la agregaba algo de limón; ¡mama no vayas tan rápido, ya se que no llegas a recogerme a inglés pero no te preocupes ahora soy grande y puedo volver sola! ¡No te mueras como se murió Julio Sosa en Figueroa Alcorta!


Mentira, mentira yo quise decirle,
Las horas que pasan ya no vuelven mas.
Y así mi cariño al tuyo enlazado,
Es solo una mueca del viejo pasado,
Que ya no se puede resucitar.

        

          Y esos ojos saltones sí los veía en el medio de la oscuridad, pero sin embargo no se intimidaban ante mi pavor, seguían escabulléndose por debajo de la sabana, se habían filtrado por la ventana desde donde salía a leer Ficciones abajo del parral, aunque ahora tuviera El Túnel, aunque la mano con sus uñas no tan cortas me raspara la rodilla, cortándome algunas plumas, y mi pico contra la almohada que repetía que no me hiciera daño, que yo también era un pajarito, pío pío, y aun tenia esperanzas de volar, como el fénix de su secta, junto al arropaje, para guardar energías antes del canturreo matinal.


Marvel Aguilera
5 de Octubre de 2010.