Inciso
Marvel Aguilera
Había llegado hacia unos pocos minutos atrás, algo sudado, puesto que el calor posterior a la tormenta, la que adoquinó los cielos durante toda la semana, suele ser un tanto más bruñida al resurgir. Me dijeron que pasara hacia el fondo, era una señora tímida y elegante, quien intentaba evidenciar un cordial gesto, superficial pero necesario, a la cual no logré elucidar al instante, pero que posteriormente rememoré en mi imaginario como la tía Elga, aquella que tenía una linda casita en Chapadmalad, la misma que llevaba a sus lanudos perros en un auto familiar para todos lados. Las ventanas del pasillo estaban abiertas por la mitad, en ese tránsito de retratos y espejos, ya podía, aunque espasmódicamente, oír el cotorreo embozado de voces femeninas, casi al borde del susurro; el tintineo de los gruesos vasos, puede que de blancas bebidas, comprendí que se estremecían casualmente; también las corridas abstraídas de los niños de los allí presentes. Tuve que saludar penosamente a la mayoría de los concurrentes, salvo a algunos extraños individuos que, apretados tensamente contra la columna que daba a un pasillo, parecían centrados en una reunión secreta, intentando evitar el escollo de estar en ese espacio exacto de la residencia. Me senté en una silla adyacente a una amplia ventana, el sol molestaba la visión, apoyé mi codo en su abertura mediana. Al lado mío reconocí al Grueso Ramírez, todavía se podía constatar la espesura de sus manos, la voz abatatada y el cuello de pavo, ahora disimulado por una ajustada corbata a rayas; me hablaba intermitentemente, como si pensara demasiado sus palabras: ¿Tu familia bien? El elevado percutor solar invitaba placidamente al goce del ego de territorios ocupados, quizás remediara su explayante soledad; los malvones de la señora Dora siempre dignos de encomio, sobre el blanco paredón, prestos espectadores del revolotear infantil; eran cuatro o cinco, creo que uno de ellos había ido al baño, su mamá lo llevaba de la mano a paso ligero. Lo cierto es que mientras el café se introducía hondamente en mi garganta, el decoro de sus enfervorizados alaridos parecía trasladarme de eternidad a eternidad, al inmenso patio de la tía Elga, en un verano de Chapadmalad del cual no recuerdo el año, donde Carola todavía estaba, niña y radiante melodía, donde sus ojos verdes se mimetizaban por el inaprensible follaje de los viejos árboles, iterativos pero no menos impresionantes, de la plaza de enfrente, donde su angelical expresión de luminosidad la acompañaba mientras nos escondíamos, como cotidianamente lo hacíamos, con Walter Arriola y La Carmencita ; yo ya había cumplido los diez, de eso estaba seguro, sé que mi viejo me había complacido regalándome unos blue jeans por primera vez, ese verano apacible lo recuerdo con ellos, jactancioso; masticando la pasta flora de la tía Elga, ya entrada la tardecita, empujándola con el mate cocido que nunca mas volví a tomar; refugiado agazapante en el escondite que había estado elaborando desde hacia ya unos días, en una tasa de té de calesita, destruida y de boca abajo, abandona seguramente desde hacía tiempo, al lado de unos matorrales, aun cabía en ella, por mas que me considerara mayor para ese divertimento; lo cierto es que allí me atrincheraba, a esperar una vía libre, juiciosamente, hacia el lozano paredón de mi precoz libertad, sin embargo a ella no la veía, pensaba que de seguro buscaría primeramente a La Carmencita , puesto que no soportaba que ella ganara, posiblemente por celos de niñas, o porque presuponía, y puede no equivocadamente, que era la mas avispada de los tres.
¿Y el laburo... seguís en la empresa? Los hombres reunidos místicamente se habían disipado; alguien de los allí sentados había lanzado al aire la posibilidad de que sonara algo de música, no se si escucharon su pedido, calculo que no porque nadie se movió de su quehacer, pero igualmente me preguntaba qué podría sonar si así fuera, quizás Schubert fuera correspondiente al acontecer, aunque ella, con holgura, elegiría algo de Herbie Hancock, no de sus inicios funk que ya le irritaban, sino de su calido material mas reciente. Lo cierto es que en esas caras pálidas que desfilaban, como si ellos fueron protagonistas, manoteando aperitivos sin cuidado alguno, me vi hilvanando el recorrido emponzoñado de mis prontos pasos, al atravesar los arbustos que entorpecían la visión ajena, hacia mi manido pero certero ocultismo, pero en ese momento una pequeña y delicada mano, de uñas rosa y oscuro pelo que caía sobre sus hombros, despejó velozmente ese torpe ramaje adjunto, y me vio ahí sentado sobre mis rodillas en medio de la tierra seca, absorto y humillado, sin embargo ella me sonrío complacientemente, se acercó con ternura y me dijo que no iba a decir nada, que me quedara tranquilo, ya que prefería que ganara yo antes que La Carmencita ; en esos segundos sentí sus labios contra los míos por primera y única vez, no se porqué lo hizo, nunca supe de una posible atracción, tan sólo me conformé con que fuera real, lo cierto es que después de ese beso, tibio y parco, quedé tieso y vacío, como si cualquier expectativa venidera fuera a burlarse de ese mágico acontecer, no se qué había sentido exactamente, era un beso de niños, pero era un beso al fin de cuentas, creo que sus labios tenían gusto a chicle de fruta, o eso quería pensar, pero quizás no hubiera gusto alguno sino como una pura inocencia toda arrojada contra mi ser, entre su agitada respiración; la impredecible palmoteada a un ingenuo chiquillo que daba cuenta de que todavía no era un hombre por tener puestos unos blue jeans.
“Estas cosas pasan, uno no las ve, no las conoce hasta que te tocan de cerca”. Me levanté bruscamente, disculpando la interrupción, dije que quería tomar un poco de aire, lo cierto es que no quería hablar ni escuchar nada en particular. Sentado en el sillón principal estaba el petulante Diego Chávez, pariente lejano o conocido de la familia, ya no lo recuerdo; fumaba un cigarrillo inclinado hacia atrás, con las piernas cruzadas, de seguro narraba historias nunca ocurridas, de miradas jamás encontradas, de senderos no recorridos. Aun no quería pasar hacia el fondo, prefería sumergirme en vaivenes nostálgicos, dichas atesoradas en el inconsciente, gastadas con premura y arrebato, quizás como alivio, aunque seguramente a un alto costo.
Percibía muchos olores, el mejunje del ambiente hogareño y el humo, fragancias delicadas impregnadas en femeninos cuellos, el aliento insoportable a whisky sin hielo, algo de incienso sobre el aire, pero nada guardaba un cierto parecido a los tibios e infantes labios de Carola, ese gusto a chicle de fruta, o algo similar, el que aún respiraba intentando introducir mi labio hacia adentro de mi propia boca, como si quisiera ingerir el beso depositado en mi existencia esa tarde, refugiado en esa rotosa tasa de te; mientras La Carmencita llegaba a la pared para ganar las escondidas, como siempre solía hacerlo; pero el único ganador en esa tarde había sido yo, nadie nunca tendría ese premio, aunque sólo era eso, sólo un premio que nunca tuve el coraje de abrir; y el tiempo pasó: el movimiento de las familias, casi mecánico; las idas y vueltas de mis padres, mas por sus propios miedos que por mí; la casita de Chapadmalad quejumbrosa ante el cartel de ventas colgado en su frente, sucumbida por la infame hiperinflación; y la suavidad que se perdía, que se achicaba con los años, al tiempo que se refugiaba en labios rugosos y adultos, sensuales o deseosos, pero jamás ofrecidos con la plena ternura de Carola, de esa Carola que ya no era, o que no estaba.
Prendí un cigarrillo en el umbral de la puerta, se hacía tarde y el calor se adormecía; al final sí salí a tomar aire, aunque no sólo del puro. El Grueso Ramírez se había levantado y se encaminaba hacia el baño, con su cuello de pavo, caminando como un pavo, hablando intermitentemente como un pavo, a picotazos. Y un auto reluciente que se detenía frente a la casa, llegaba todavía mas gente, y seguro seguirían llegando, apenada o ansiosa de mostrarse, de cumplir, me preguntaba ¿Con qué? Puede que con el apaciguamiento del veneno del rumor que tanto quema, de esas palabras peligrosas que ya iban y venían, buscando voces irascibles; de la señora Dora levantando unos platitos de sobras, como tantas veces lo había hecho, pero no, esta vez no era igual, esta vez no levantaba los platitos, esta vez no estaba, se había ausentado, y nadie le hablaba a ese cuerpo desconocido, porque ya estaba todo dicho, por lo menos lo que se tiene que decir, o al menos lo que se pretende que el otro escuche. Y un par de ancianos coquetos me saludaban, no me conocían ni yo a ellos pero ofrecí mi saludo fraternal, sentido, de seguro en algún punto sí los conocía. Diego Chávez seguía hablando y ahora parecía invitar a los recientes ingresados, que aún seguían saludando; yo estaba por encender otro cigarrillo, ese mismo que fumaba sosteniendo las “Noches Blancas” que acababa de comprar en el centro, esquivando la muchedumbre dolosa que encadenabase como cada día a las calles, adornadas con panfletos y banderas, pidiendo clemencia y dignidad, el regreso del pan vendido a los gringos, quienes ya tenían mucho pan pero preferían atracarse. Y la encontré entre tantos rostros, posiblemente porque la estaba buscando, aun si no estuviera; ya era una mujer, ni siquiera una adolescente, ahora usaba modernos lentes y el pelo recogido, el que ya no le caía por los hombros, pero que era igualmente bello, y la hacia bella, que me permitía concentrarme en sus verdes ojos tras los cristales, en sus labios que nunca mas poseería. Trabajaba en una perfumería y estudiaba abogacía, sus viejos habían perdido el empleo con las privatizaciones, sin embargo era la misma, era ella aunque protestara desencajada en busca de justicia, por más que compartiera un cigarrillo conmigo, desviándonos por entre las calles de Almagro, hasta sentarnos en un banquito, entre verde y piedras, frente a las vías, sólo los dos, Carola y yo, un trago de café al coñac de una petaca, y ese hondo silencio que provoca la expectativa permanente del tren que se avecina, que se apronta pero que también espera, aguarda que esas dos personas de una vez actúen, que se vean y recuperan esa magia que tenían hace diez años atrás, aunque fuese sólo un instante; pero eso no sucedió, no pasaría, por la diferencia de ideas, por la extrañeza de nuevas muecas, por la puta abogacía; y el tren pasó ante mis ojos cobardes, y yo ya iba en él, sentado y observando por la ventanilla, no estaba mas con ella, o puede que nunca hubiera estado realmente, quizás todavía siguiera tras esa tasa de té volcada, en esa placita de Chapadmalad, esperando a que ella volviera, pero no volvía porque buscaba a La Carmencita que se le escabullía hacia la pared, ante los gritos de Walter Arriola ya descubierto y fuera de juego.
Un fuerte sentimiento de agonía atravesó mi pecho. Fungible, mi cigarrillo cayó al suelo en el umbral de la residencia. El tiempo se agotaba, y debía pasar hacia el fondo, aunque no quisiese; porque sería el final de mi lozana nostalgia, de la miscelánea disposición de imágenes entrelazadas en el abrir y cerrar de ojos, sin embargo caminé hasta allí por el pasillo, esquivando sutilmente a los elegantes ancianos, quienes anteriormente había saludado y que ahora aguardaban, con seguridad, la acogida de la señora Dora. La luz del ambiente parecía disminuir a medida que avanzaba y el silencio se estrechaba estrepitosamente contra mis pálidas mejillas; como la helada tan recurrente del ultimo invierno, en donde la vi salir de la clínica privada cerca de casa, desgarbada, con una bufanda blanca y un gorro de lana que cubría su calvicie; me miró, ya no con esos ojos verdes destellantes que me envolvían y me hacían sentir tan ínfimo, sino con una tibia timidez, bajo una sufrida pena y la impotencia de no poder seguir siendo la misma Carola, aunque fuese ella; Carola y yo y la irremediabilidad del tiempo, el cigarro que quiso tercamente prender mientras volvíamos por la ancha avenida Directorio, ante las pocas palabras que intercambiábamos; sus manos congeladas que buscaban afligidas a las mías, el embotellamiento que nos hizo deambular por entre los bocinazos de los vehículos; sus labios marchitos, quizás sin gusto a chicle de fruta, pero que me decían que tenias miedo, y yo que tuve mas miedo aun al escucharte, quedándome lastimosamente paralizado, intentando configurar señales conscientes de apoyo, sosteniéndome en el fulgor de todo lo que habíamos vivenciados juntos.
Y terminé de abrir la puerta, ya entreabierta, posiblemente porque alguien había salido recientemente; el chirrido desesperante al cerrarse paulatinamente, y mis ojos inflexibles, abroquelados a la única señal de vida de ese oscuro cuarto, un signo de vida que no era mas que el de una joven fallecida; tendida boca arriba, esperando que yo la viera como lo hacía precisamente; sin embargo no estaba ahí, por mas que su cuerpo seco siguiera inerte, esperando el definitivo descenso a la naturaleza primera de donde hace siglos habíamos emergido, empero ella correteaba vivazmente, andaba en el inmortal encanto de perseguir la sombra de La Carmencita , sin embargo yo nunca salía de mi escondite, sólo la observaba tras las malezas, agazapado, así como la había visto, causalmente, en medio de esa muchedumbre ávida de reclamos: su puño enérgico al aire, el grito encontrado que estallaba contra las inmensas fachadas de decadentes instituciones, y que retumbaba una y otra vez; y yo, no obstante, prefería esperarla en esa inmunda tasa de té, como un cobarde, ansiando infantilmente esos labios suaves que, tiempo después, se fundirían en la boca del parlanchín de Diego Chávez, por mas que ella dijera que no era nada serio, era, y lo mío no, lo nuestro había sido en algún rincón perdido del espacio y el tiempo, sólo un instante, hasta puede que no significase nada para ella, aunque no lo supiese con certeza, y tampoco podía preguntárselo ya, por mas que lo hiciese mentalmente, mirando detenidamente sus parpados cerrados, aguardando que respondiese que sí, que ella había sentido lo mismo y que había temido no encontrar ese hondo sentir en mí; pero los caminos se bifurcaban nuevamente y envilecían el reposo prospero de nuestras almas, su frágil y desgarbada mano que se envolvía contra la mía, la cabeza apoyada dulcemente contra mi hombro mientras me contaba que tenía miedo, el cómo lloraba Dora por las noches, la carrera que no podrías ejercer, la lucha contra un enemigo que está en uno mismo. Y yo que al fin me animaba a salir de mi refugio, con mis blue jeans a cuestas, pero lo cierto es que ya no había nadie, la plaza estaba desolada, ni Carola, ni Walter Arriola ni La Carmencita ; sólo el leve movimiento pronto a cesar de las hamacas a lo lejos. Pensaba que posiblemente se fueran porque los llamara la tía Elga para tomar el mate cocido con pasta flora, y después jugar al buraco; por la noche la copita de aniz que nos dejaba probar de a sorbitos y los cuentos de terror precariamente inventados por Walter, en compañía de risas y oscuridad. Pero cuando llegué hacia el fondo comprendí el final, el final de mi pequeño universo; era el disfrute de extraños personajes en la casita de Chapadmalad, la brutal represión contra el honesto avance popular, los discos funk de Herbie Hancock, la tasa de té olvidada, ida en el acoplado de algún transporte de chatarra; y el miedo que me congelaba, sus parpados cerrados que no se abrían y ya no lo harían mas; las palabras de amor deglutidas, la leucemia, la puta abogacía, sus manos que se apretaban lo mas fuerte que podían contra las mías, el tren que pasaba frente a nosotros, en algún lugar de Almagro; y quizás en su reflejo nos besáramos, mas apasionadamente que aquel día en la placita de Chapadmalad, aunque ganara La Carmencita , por mas que su labios ya no sabiesen a chicle de fruta, a pesar de que fuera sólo un recorte aislado y atemporal de nuestras vidas.
Marvel Aguilera
24 de Septiembre de 2010.
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