sábado, 26 de noviembre de 2011

La caída de los pájaros


La caída de los pájaros


Marvel Aguilera











       Un día cualquiera sentí llegar el verano, en ese calorcito espeso pero hogareño, bajo la sombra de la ampulosa parra de uva blanca y moscatel, en el fondo del patio trasero. Atravesaba cada día en esa sombra de tarde bautismal, subyugada al cotorreo ornamental de las alondras y el Polaco Goyeneche sonando en la vieja radio despertador...

Sur,
Paredón y después...
Sur,
Una luz de almacén...

Al lado de los amargos que cebaba el abuelo, los que me convidaba mientras yo releía al borde de la ventana de mi habitación Ficciones de Borges, durante mis recientes vacaciones, tras el repentino fallecimiento de mi madre.
         Hace unos meses atrás había cumplido los quince, aunque mi intención no fuera la de festejarlos, a pesar de la constante insistencia de mi madre, quizás presa de la experiencia propia de no haberlos podido vivir, debido a la situación económica de aquellos tiempos pasados, posiblemente anhelara rememorar, en tiempo futuro, un momento único, tras contemplar algún cuadrito colgado en la sala de estar, que inmortalizaba varios momentos de nuestras vidas; puede que con las amigas con las que nunca pude solidificar lazos férreos de amistad, aunque por cierto nos lleváramos bien, ¿Pero tan sólo eso era la amistad? Lo raro, si es que puedo calificarlo así, era mi comodidad en las charlas cotidianas con los amigos de mi abuelo Felipe, entre mate, barajas y tango, por mas que a mi mamá no le gustara, ¡Ya la estas haciendo adicta a la timba papá! Yo no me consideraba adicta ni viciosa pero sí es cierto que me gustaba compartir un truco con mi abuelo, aunque siempre perdiera, ya que mi abuelo no me dejaba ganar, incluso se mostraba mejor jugador contra mí, pero a mí me parecía más digno, él me decía a cada momento que perdiendo siempre iba a aprender un poco más. Para ese tiempo los mosquitos empezaban a molestar a cualquier hora del día, y mas que nada ya entrada la noche, su agudo zumbido entrelazado en mis orejas era combatido por la fuerza de mi ventilador de pie, puesto que el espiral no servia para nada, sólo para intoxicarme; al final, su sangre estampada contra la blanca pared de mi cuarto era brutal pero efectiva; aunque temía una represalia futura de los mosquitos, posiblemente en bandada como las abejas, quizás por eso no podía dormir.
         Ya para esos días la gente andaba por las calles con menos ropa: esas bermudas fosforescentes y ridículas que los tipos recuperaban del fondo del ropero, los escotes prominentes de las trolitas de la esquina de casa: Marita, La Bebu y todo ese conglomerado de chiruzas; las piletas de lona que armaban las familias para que los pendejos se distrajeran, pero en donde se terminaban metiendo los viejos barrigones, apoyando el vasito de cerveza en los esquineros.
         Navidad había pasado casi imperceptiblemente, diría que no había ocurrido de no haber sentido las explosiones llegada la hora cero; con el abuelo aun podíamos sentir el perfume dulce de mi mamá entre los recovecos de la casa. De veras pensé en irme a pasar el fin de año a Madrid con mi papá y su familia, pero no quería dejar solo al abuelo, habíamos estado juntos en el momento mas difícil, y al fin de cuentas, él era mi familia también. Aún me quedaban dos años para terminar el colegio, todavía no me había puesto a pensar qué quería hacer, la lectura era mi placer pero no se si quería transformarlo en un oficio de adulto, quizás perdiera esa magia que me atrapaba encantadoramente. Advenidas las vacaciones todos mis compañeros pensaban en los cumpleaños de quince, verse mayores metiéndole la lengua a alguno o tomando vino, no importaba a quién ni cómo, la cuestión era hacerlo, como si las etapas se quemaran así, aunque yo ya había tenido algo, no era gran cosa pero de seguro sí mas natural que esa tonta bruma de la edad del pavo. Borges no había tenido tiempo de ocuparse en ser feliz, y al parecer yo tampoco.
         Como le gustaba el tango a mi abuelito, entendía que Julio Sosa era la voz, el varón del tango como le decían, como el Sinatra de la música porteña, para él era mas tangible que Carlitos Gardel, menos idealizado y mas carnal, lastima que se había matado en Figueroa Alcorta.
         Vivíamos en una casita de Morón, cerca de Hurlingam. La cuadra estaba repleta de jacarandas, a mi mamá no le gustaban mucho porque decía que tiraban mucha hoja, pero a mí me parecía poéticamente bello el espectáculo de caminar mientras el sendero se cubría a mi alrededor de amarillo seco, pero en verano eso no sucedía, la hojarasca se aferraba concienzudamente a la red de delgados ramajes, con excepción del árbol de mora de la casa de enfrente, que si manchaba pero suciamente toda la vereda, sin embargo la señora que allí vivía no las juntaba, debía de estar ocupada cuidando a una niña discapacitada que al parecer era su nieta.
         Me levantaba temprano, en hora cercana a las ocho, el sol me aplastaba los parpados; me lavaba la cara y agarraba Ficciones para irme a refugiar del sofoque bajo el insigne parral del patio, mi abuelo ya estaba ubicado desde hacía una hora, tomaba amargos, respirando el verde, ahuyentando a los mosquitos con el clasificados del diario. En una de esas tardes salí a regar un poco la ardiente vereda, no era lo mismo la calle que cuando era de tierra, pero por lo menos cabía de excusa para poder andar descalza. Lo cierto es que observé como llegaba un maltratado vehiculo en la casa de al lado, de seguro parientes que no se veían hace tiempo, por lo menos así se mostraba en sus manifestaciones efusivas de afecto. Había una señora de lentes, rechoncha y de nariz parada, tetona, de mueca seca y amarga, y de sandalias, las cuales dejaban ver unos dedos gordos, que parecían hinchados pero que intentaban endecorarse con un suave rosita en las uñas. Con ella llegaba un hombre petiso y algo menos que calvo, un tanto encorvado o a paso flojo, de camisa a cuadros y una riñonera de cuero bastante ridícula. También había un niño, quizás cercano a mi edad, o puede que algunos años menos; tenía el cabello cortado al ras y ojos saltones como su padre. Esa había sido la única vez que los había visto juntos, como algo cercano a una familia. La casa de al lado poseía grandes extensiones aunque estaba algo descuidada en su fachada, tenia dos pisos y una terraza; hacia atrás había un patio bastante deshabitado, repleto de caños y tablones de madera amontonados, mimetizados entre árboles estériles, en agonía, y una pequeña huertita con abundantes plantas de acelga.
         Cuando el sol no estaba muy fuerte el abuelo me dejaba subir al techo, allí leía sintiéndome cercana al firmamento, me refrescaba con una botellita de plástico con mas hielo que agua, solía elegir el Tlon, Uqbar, Orbis tertius o La Biblioteca de Babel, daba igual, lo cierto es podía llegar a releerlos dos o tres veces en el día, aunque a mi mamá no le gustara que me la pasara leyendo, me decía que saliera a caminar, que estirara las piernas al aire libre, pero el aire no era libre, era nuestro, estaba apresado por lo que nosotros denominábamos mundo o realidad. Agotados mis ojos me dejaba caer hacia atrás, de cara hacia la profundidad de un celeste limpio e infinito; por momentos a pesar del calor mi estomago sentía como una fría puñalada en el estomago, como cuando mi tía me había dicho que mi mamá se había ido; mi abuelo se hacia el duro pero su silencio pálido era mas triste que el fluctuar incesante de mis lagrimas sobre la falda de la tía Elsa, era un hilo congelado como el que sentí cuando volví a ver a ese chico parado en la terraza de al lado, miraba hacia arriba como esperando una señal divina, o quizás yo quería creer eso, me negaba a darme cuenta que miraba como un bobo a los pájaros, posiblemente calculaba la distancia a la que estaban, la longitud suficiente y necesaria para que el proyectil de su gomera impactara contra la animalidad de los plumíferos. Hasta ese momento no había podido tirar ninguno, pero de seguro volvería a intentarlo, porque era eso lo que era, un mata pajarracos, un sicario de aves, como una especie de razón aniñada que apedrea las pasiones y las abandona al inmundo litigio del llano, una conspiración al despegue sideral, una bruma que ofusca el socorro.
         Ya caído el sol caminábamos con el abuelo por el centro, había grandes cantidades de pequeños puestos de venta, baratijas, artesanías, globos y pochoclos para niños, anteojos truchos, besos de lengua en los banquitos, volantes propaganderos que se incrustaban en mi nariz, el regodeo de las estrellas pudorosas de salir a escena. Mi gusto de helado era el dulce de leche granizado, el tema musical del momento sonaba bien fuerte desde alguna camioneta, a mi no me molestaba tanto, de seguro sí a mi abuelito que prefería el vozarrón de Sosa y las letras metafísicas de Discépolo, aunque mi abuelo me decía “lastima que fuera peronacho”, yo me preguntaba quién no lo había sido alguna vez por esto o aquello.
         A la noche una helada se recogía por entre mis pies descalzos, mientras miraba al lado de un espiral una película, no recuerdo el nombre pero me agradó mucho una que tenía extensas persecuciones por los callejones de Paris, creo que trabajaba De Niro; el humo del espiral era insoportable, aunque no lo apagaba porque me quedaba pensando en el chico de la terraza, en su delgada mano que empuñaba el precario rifle, como Goliat, como un gangster campesino, quizás bajo la luz de la luna, en el silencio prodigo del verano, ideal para que las aves cayeran como frutos maduros, el ruido espeso amortiguado por las plumas dispersas en el aire, tal vez un parloteo final, pío pío, una efímera agonía, el contraerse de sus músculos antes de expirar. Al cerrar los ojos ya podía ver su mirada, sus ojos verdes y saltones, atentos al inmenso teatro de los cielos.
         Mi abuelo se tomaba una medida de licor rojizo antes de meterse al sobre, como decía, antes me arropaba aunque estuviera un poco grande, pero no lo hacia como mi mama, sino de una manera mucho mas sentida, como si me arroparan todos los que me querían juntos, un árbol genealógico que con sus ramas tomaba cada extremo del fino acolchado y me cubriera cariñosamente, hasta que me abrigara un poco, frotándome los pies, cerrando los ojos, viendo a mi mamá con un montón de cables y un tubo en la boca que tantos besos me había regalado, que me había hablado, enseñado, retado, gritado, alegrado, aconsejado, pero mucho mas besado, por lo menos así lo quería recordar.
         Me iba a ir a Italia con mi papa, lo había elegido por sobre el cumpleaños, aunque me llamaran egoísta muchas de mis compañeras, a quienes por cierto no llame mas amigas, aunque no se si lo eran antes, sin embargo tampoco pude ir, porque ya mi vida no era la misma que había proyectado ese viaje, que quería saber como era la Sfoglietta napolitana, y si Venecia era tan hedionda como decían; ahora era esa que quería quedarse en Buenos Aires, cuidando a mi abuelito, que escuchaba a Alberto Castillo, el ginecólogo, bajo el parral de moscatel; aunque estuviera ese niño, que parecía ver a través de mi ventana, no se si seria él o la sombra de una maceta sobre el balcón, lo cierto es que las aves corrían peligro, pero ellas no querían partir, porque ese era su lugar, así como mi casa era el mío, yo era una de ellas, cotorreando con verdaderas amigas, observando el desfile galáctico, recuperando fuerzas para el brote matinal. “Ya me voy a morir quédense tranquilos”, decía mi abuelito cuando mi mama lo retaba por olvidarse de algo, pero mi abuelo prefería vivir para que yo lo cuide, para arroparme, para escuchar:


Mi Buenos Aires querido,
Cuando yo te vuelva a ver,
No habrá mas pena ni olvido.

Los goles de Francescoli, los alcauciles eternos que chupaba después de untar, el falta envido mentiroso. Ya me había calentado los pies, tenia sueño.
         Un día viernes, por la noche, se cortó un buen rato la luz, en varias cuadras a la redonda, por lo que pude observar al salir a la vereda; entre los vecinos se comentaba de una sobrecarga de energía, ya constantes en el último tiempo, puede que por el ajetreo de las heladeras y ventiladores. En esos rostros agolpados, de la señora de en frente (la de las moras) que cuidaba a su nieta, el abogado Manzanares, siempre empilchado y fumando un cigarro entre las sombras, y por contrario La Bebu, con una calza ajustada que le marcaba bien el rabo, allí pude reconocer los ojos saltones del niño de la terraza, que extrañamente había bajado al llano, sobre el territorio donde las aves ya no transitaban, sino que atrincheradas por encima de las arboladas planicies, los permanentes tendidos eléctricos, tantos tejidos noctámbulos, aguardaban agazapados el comienzo de una batalla mas que duradera, eterna, entre dos polos antagónicos: el ave y el hombre, el cielo y la tierra, la guerra y la paz, el pico contra los dientes.
         Mi abuelo se había sofocado y, mientras silbaba, abría la canilla del agua fría para, una vez llena, meterse a la bañera a reposar, en tanto prendía su radio de mano a pila, escuchando con algo de interferencia algunas sutiles milongas; y yo que intentaba pegar el tallo de la vela a una tapita de mermelada de naranja, me había pegoteado todos los dedos, mientras todavía podía oír, debido a la puerta medianamente abierta, los voces de vecinos que discutían desde una realidad ciega, entre el canto de los grillos y la cotidiana rubrica de las luciérnagas, por sobre los jazmines de mamá. Mis lecturas de esa manera, entre la precaria luz y el runrún, se tornaban un tanto peculiares pero de seguro poco serenas.
         Se que uno duerme en la plena oscuridad, pero saber que no hay luz agrega una sensación de profundo pavor si uno se pone a pensar, como si alguien se metiera por la ventana sigilosamente e introduciendo una mano por debajo de la sabana te rozara una y otra vez la planta de los pies, y quizás una cayera en la necesidad de reír y llorar al mismo tiempo, porque sabría que la mano, gruesa y de dedos gordos, como los de la madre tetona del niño de la terraza, avanzaría continuamente, desplegándose sobre las  pantorrillas, ya no con roce sino intensificando el pronunciamiento de los dedos, y subiera aun mas por la entrepierna, mientras una apretara aterrada los dientes, esperando que mi abuelo se levantara desnudo de la bañera y viniera rápido a arroparme, disipando la sombra del perverso espectro, pero la mano persistía, y las lagrimas contra la almohada, las velas apagadas con algo de saliva, la milonga sentimental ya lejana, ¡Mamita sacate todos esos cables y el tubo y vení a abrazarme! ¡Quedate acostada conmigo como cuando era mas chiquita!, y la mano a centímetros de mi bombacha, ¡La luz! Gritó estrepitosamente mi abuelo, yo somnolienta, demasiadas lecturas fantásticas en vela, el extrañamiento de todos los días.
         La tía Elsa nos había visitado, trajo un biscochuelo de chocolate, y me entregó un libro, según dijo por haberme visto sumergida tantas veces en la lectura, era El Túnel de Sábato, lo conocía bien de nombre, pero no tenía intención de abandonar las Ficciones, menos aun cuando me tocaba releer Funes el memorioso, ya quisiera ser un dios cimarrón, de alguna manera mi abuelo lo era, pero en el ámbito del tango, se conocía de pies a cabeza las letras de Villoldo, Le pera, Roberto Firpo, Filiberto, Pugliese, Manzi, etc. Yo me conformaba con saber poco pero bien, posiblemente porque tenía el intrínseco sentimiento de guardar bien dentro mío lo escaso que todavía consideraba identificatorio, lo propio, cercano, familiar; siempre termino remitiendo todo a la familia, en el fondo debe ser de lo poco que quiero hablar, lo que realmente me importa.
         A la noche salí a colgar una remera mojada que me quería poner al otro día para pasear con mi tía, y allí lo vi en lo alto, otra vez especulando como un matemático, aunque su razón fuera una sola: ganar las alturas, en esa guerra eternamente ocultada, entre la sociedad y la naturaleza en vil complot, la disputa por quién es el mas cercano al respiro providencial, para conocer desde los cielos por qué fuimos arrojados en el medio de la tierra. Y sacaba una piedrita del bolsillo para cargar su arma con suficiencia, la inmutabilidad de las palomas, apestadas pero valientes, el bostezo de los gorriones, el mirlo desorientado, todos en acecho, los ojos saltones fijos en las plumas, sobre los gruesos cableados, las constelaciones privilegiadas, la luna cómplice en inevitable manifestación, la tía Elsa que me llamaba a comer, de seguro mi abuelo ya estaba chupando los alcauciles, el hediondo aceto balsámico, la goma que se tensaba y orientaba una dirección, y yo que me preguntaba por qué tuve que cumplir quince, quizás fueran mejor los doce, como cuando caminaba por la arena de Necochea, con esos anteojos de sol grandotes que me había prestado mi mamá, ¿Con Flor o sin Flor?, pobres pajaritos, ya los imaginaba caer de un sopapo, llorando como lloro yo, pío pío; Son buenas; la tía Elsa hacia unas milanesas de primera, con mucho ajo y perejil, yo la agregaba algo de limón; ¡mama no vayas tan rápido, ya se que no llegas a recogerme a inglés pero no te preocupes ahora soy grande y puedo volver sola! ¡No te mueras como se murió Julio Sosa en Figueroa Alcorta!


Mentira, mentira yo quise decirle,
Las horas que pasan ya no vuelven mas.
Y así mi cariño al tuyo enlazado,
Es solo una mueca del viejo pasado,
Que ya no se puede resucitar.

        

          Y esos ojos saltones sí los veía en el medio de la oscuridad, pero sin embargo no se intimidaban ante mi pavor, seguían escabulléndose por debajo de la sabana, se habían filtrado por la ventana desde donde salía a leer Ficciones abajo del parral, aunque ahora tuviera El Túnel, aunque la mano con sus uñas no tan cortas me raspara la rodilla, cortándome algunas plumas, y mi pico contra la almohada que repetía que no me hiciera daño, que yo también era un pajarito, pío pío, y aun tenia esperanzas de volar, como el fénix de su secta, junto al arropaje, para guardar energías antes del canturreo matinal.


Marvel Aguilera
5 de Octubre de 2010.

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