domingo, 27 de noviembre de 2011

Criptógamo




Criptógamo






Marvel Aguilera








Tú que la pena dura,
Animas el impulso de tu mente,
Y la memoria pura
Del genio refulgente
Eternizas con genio prepotente.

José Rizal



Atravesaba un tiempo núbil, inmerso en un panorama de evasiva euforia hacia mi plena inseguridad. El otoño sobrecogía los ínferos cristales cromáticos, cubiertos por el constante parpadear, bajo el relieve de hojarasca, cesantes ante el llano seco en que se henchían mis viejos zapatos. Regresaba de una mañana laboral, fatua; de un atardecer avecinante que componía, premiosamente, el peregrinaje de las asoladas sonrisas, ocultas tras fuscas rutinas. Mis ojos cansados se abroquelaban a las imágenes incesantes que se sucedían ante mi singular ventanilla, mientras, el transparente munífico llegaba hacia mi destino perpetuo. Bajé sosegado, con ganas de despojarme de esa huraña sensación, que reticulaba mi ánimo. Al doblar por la calle Tacuari, oí el ruido ambiental, pero musitado, de la plaza central, la cual se encontraba a unas cuadras de mi residencia, y que, irremediablemente, debía cruzar. Los árboles, altos y paternos, frustraban la intensa expresión solar, en tanto que los niños, jactanciosos de su energías, correteaban vivaces por doquier, entrados en el disfrute de oficios imaginarios que los adultos prefieren pedantemente aborrecer. Hacia el fondo de la mencionada, cruzando el arenal de juegos infantiles, sentado sobre uno de los bancos macizos, adyacentes a las mesas cuadradas de mixto color, jugaba tenuemente mi abuelo Gervasio al ajedrez, bonachón del goce lógico; a su lado, mas precisamente frente a él, como digno adversario, estaba el siempre simpático señor Pierri: ex contador, ahora jubilado y narrador. Crucé por el sendero seco de lo que parecía un valle, haciendo crujir hojas secas que, heridas debido a mi fría disposición, se desintegraban suavemente ante la leve brisa que las acurrucaba, devueltas al espíritu de la naturaleza toda.
Al acercarme a los mencionados, ambos permanecían sumergidos en su juego, como si el universo dependiera de sus estrategias, hasta que, de pronto, el Señor Pierri movió seriamente un alfil barriendo un peón oscuro, al mismo tiempo que me decía: - ¿Duro el trabajo no? No te impacientes tanto, en cualquier momento finiquito este trámite y te permito desafiarme -. Mi abuelo sonrió levemente, luego haciéndome un espacio oportuno para que pudiera sentarme a su lado. – Es que ya me tengo que ir abuelo, Clotilde esta por preparar pastas – le avisé dócilmente, mientras ocupaba un lugar en la banqueta, que consideraba ya como trono de ellos. – Siéntese un momento a respirar el aire que nos rodea, estése tranquilo y en paz con usted mismo, lo veo un tanto ofuscado – me dijo asintiendo sus palabras, - es verdad sí, posiblemente todo lo que parecía seguro, al fin de cuentas resulta mas endeble que la propia espontaneidad -, - ¡Otra vez me comiste el caballo, no puede ser! -  Rezongaba repentinamente el cascarrabias de mi abuelo. El Señor Pierri, que mantenía sus manos sobre las rodillas, poseía unos grandes y oscuros anteojos, y su pelo canoso peinado con agua daba cierto aire de elegancia; expresaba una mueca risueña, cercana al cumplimiento del mas profundo placer; me dijo que no me preocupara, que esos vaivenes que hoy infligían en mí, son parte misma de la venida de resonantes cambios en el horizonte. Le pregunté cómo es que estaba tan seguro, al oírme cambió su expresión grácil por cierto tono ascético, como si buscara, con insistencia, en su interior, algo que quizás quisiese permanecer atesorado. Quedose callado unos interminables segundos, mientras mi abuelo, continuaba concentrado observando el tablero, de seguro conocía lo que su competidor iba a pronunciar. A los pocos momentos, el Señor Pierri empezó a hablar, como si leyera de un libro entre sus manos.
         Hace cerca de tres décadas pasadas, aunque no se si vividas, mi situación era bastante parecida a la suya, no obstante, me encontraba un poco harto de arrojarme entre las sabanas, para ahondar mis penas en ensoñaciones penosamente efímeras. La noche comenzaba a desperezarse, recuerdo que agonizaban las últimas horas de un viernes, frío, y yo necesitaba masticar un poco de necia innecesariedad, tal vez con unos tragos fuera suficiente, no lo sabía, pero estaba dispuesto a dejarme seducir por mis impulsos. Caminé ágilmente por la avenida principal, no tenía una dirección establecida, pero al fin y al cabo eso era lo de menos. La gente estaba alborotada, posiblemente tuviera que ver con el próximo feriado. Sin saber en donde mimetizarme, pensé en ingresar a un paqueto garito, aunque suene algo paradojal. Era un bello cuchitril de colores rojizos pero opacos, de pocas luces pero muchas voces, y piernas que iban y venían. De whiskys añejos y mujeres pintadas fumando despiadadamente. Lamentablemente no vislumbraba mesa alguna en donde pasar el resto de mis horas, o de mi vida entera. Interrogué a un mozo cercano que pasaba con varias botellas, me indicó hacia el fondo. Atravesé ese entramado de gente hasta llegar a una pequeña mesa circular, casi sobre una esquina, sombra cómplice de mi melancolía. Allí me tendí, lánguido, en tanto sonaba una bella voz en los parlantes; no era muy conocedor de la música, pero supe deleitarme de esas mágicas melodías que rejuvenecían mi frustrado sentimiento de felicidad. Al tiempo que aguardaba la ginebra, que recientemente había ordenado, alguien, de repente, se acercó hacia mí; ansiaba que no fuera nadie del trabajo, ya había tenido suficiente de ellos; luego de examinar esa figura, me di cuenta que me era  por completo extraño. Vestía formalmente, por lo menos más que yo, y me preguntó si se podía sentar, puesto que no encontraba sitio alguno para hacerlo. De súbito algo en mí temió mentirle, y pequé quizás de excesiva generosidad, accediendo a su pedido. Me dijo sin la menor timidez que era un editor, quien venia de muy lejos, en realidad no tenía un lugar estable; lo cierto es que buscaba llegar a un acuerdo con una editorial bastante reconocida, sobre el lanzamiento de un poeta que se asomaba con fuerte presencia. En medio de la música, casi gutural, pareció tornarse un poco tenso, fue ahí donde me contó que allí, en donde había estado recientemente, un lugar llamado Lovejoy, que ubicó en las afueras del gran Buenos Aires, había conocido a un extraño sujeto, un escritor novato, quien buscaba publicar afanosamente una novela, lo había estado persiguiendo casi con desesperación. Me dijo que al principio le causó gracia su ridículo aspecto, parecía venirse escapando desde hacia días, sudado, como con el corazón a punto de estallar en mil pedazos, quizás por eso surgió algo de pena en este hombre, y posiblemente también ayudo el tiempo muerto que siempre suele quedar entre negocios; luego de beber algo de ginebra que le había convidado comenzó a explayarse.
         Era un hombre confuso, quien había alcanzado cierto grado de saturación espiritual, invadido por una ineludible histeria colectiva; entonces, para escapar a esa posible amaneciente insanía, pensó en abandonar, aunque fuese temporalmente, la docencia, con el único fin de escribir. Tratando de evadir las ataduras que lo encandilaban maliciosamente a su realidad, pensó en buscar completa desolación. Por suerte en su camino se topó con un pequeño pueblo, por lo menos en su extensión. Gozaba de una cálida inocencia de la opresora urbanidad. Al caminar un poco por sus calles percibió una densa niebla abroquelada a media altura, que no dejaba, felizmente para el ojo curioso, percibir con claridad por encima de las casas, estrechamente ligadas, con grandes ventanales; en su mayoría eran antiguas y de mas de un piso de alto, cercanas a cierto estilo colonial. Consiguió alojamiento en una de ellas, le había gustado su cercanía a un pequeño muelle, eso sí, un tanto rústica, pero no importaba, ya que eso haría que la preocupación se fundiera en transmutar su caudal de pensamientos en celebradas palabras. El dueño del edificio era un hombre calvo, maduro, petiso, en resumidas cuentas, un horrible sujeto; llevaba siempre un diario enrollado en una mano, y su barriga peluda sobresaliendo de la camisa, por momentos se hurgaba la nariz enérgicamente, para, con posterioridad, pasarse la mano por su pantalón. Vivía con él una anciana, al borde del raquitismo, se trasladaba en una silla de ruedas que rara vez se movía, al parecer era su madre, a quien le gritaba fuertemente al oído, el sujeto, debido a su holgada sordera. La vieja sólo movía la cabeza. José Rizal, así se llamaba, pasaba los días encerrados en su habitación, buscaba una unión entre sus sueños y la vigilia, bebiendo café de a cortos intervalos, escribiendo como si su vida fuera a agotarse si se detuviera; a veces escribía en medio de la oscuridad, solo y en agonía con sus ideas, en una actitud bestial, inhumana. Por la noche salía a caminar sin rumbo fijo, ante la mirada fría y asquerosa del dueño del recinto, observando por el borde de su ventana, mientras detrás de él, la anciana, meditabunda, miraba hacia un punto perdido del espacio. Al recorrer los senderos que empezaban a resultar conocidos, de casas descoloridas y caras pálidas que parecían no querer mostrarse al ojo ajeno, sino ser sombras lejanas que rumiaban en las penumbras. Empezó a sentir una sensación de ahogo, como si el aire que ingresara a sus pulmones estuviera viciado, quizás mezclado con cierto humo invisible al ojo humano; como si el pavimento, cubierto por la perpetua niebla, apretara fuertemente sus pies contra el llano e hiciera más pesado su andar.
         El tupido clima que amenazaba la noche, frustraba las añoranzas de José. Había muchos caminos pero todos parecían ser, en algún punto, similares, quizás llevasen al mismo principio, tal vez a ningún lado. En las esquinas había faroles antiguos, frecuentes y fiables, que tímidamente jugaban a iluminar rostros de viejas épocas, lágrimas jamás caídas, besos de despedida. Cada determinada cantidad de cuadras par, solían juntarse hombres de mediana edad en la puerta, mas precisamente el pórtico de grandes casonas, hablaban en voz alta y socarrona, posiblemente se burlaran de ellos mismos, era difícil averiguarlo, puesto que la conversación disminuía su intensidad al pasar uno frente a ellos; ante ese cuadro constante y paranoico, que, se suponía, era diferente, particular, pero que la tozudez del ambiente y el sonido espectral de un muy singular silencio, tornaba tan confusamente igual. En su primera noche allí supo encontrar un lugar en donde beber, donde desasir su razón. Subiendo la escalera, tras una vieja portezuela, un sujeto que limpiaba la canaleta de la vereda le había soplado sobre el sitio. Pisando los últimos oscuros escalones llegó al recinto, sintiéndose mentadamente observado por cada subjetividad allí presente, como si lo estuvieran esperando, como si supieran quien era, lo cierto es que a él le eran completamente extraños. Bebía un vaso tras otro, buscando ocultarse tras el humo expelido por sus labios sin verbos; bebía hasta perder la razón, hasta volverse en ajetreado camino, solo y con su consciencia, herido por un viento mezquino y madrugador, vislumbrando imágenes borrosas, sin concordia natural, de las cuales no sabía bien si era debido a su estado o a una burlona malicia de aquel sitio. Una vez abiertos los ojos negros nuevamente, intentó averiguar en dónde estaba, en qué parte de la geografía. Preguntó por el municipio, por alguna institución cercana, pero parecía no haberlas; nadie le contestaba certeramente, tan sólo vacilaban con una sonrisa picarona y sarcástica, como si la curiosidad fuese un paso teatral. En tanto escribía, empezaba a impacientarse, y sus palabras se mimetizaban en un tono colérico, propio de la extrañeza percibida cada minuto en que respiraba el néctar de Lovejoy. Por las noches volvía a salir, allí estaba el viejo calvo y panzón, se hurgaba la nariz apoyado frente a una columna de la escalera, lo observaba detenidamente, y mientras se rascaba el pecho peludo que sobresalía a su camisa, reproducía un buenas noches. José Rizal volvía a emprender un camino sin saber hacia donde dirigirse, las casas ya no eran parecidas sino idénticas, con excepción a algunas en que se mostraban luces, que reflejaban sombras, las cuales se acercaban hacia los ventanales, otras iban y venían, puede que se acariciasen entre sí, aunque mas parecieran estrangularse. Sin saber cómo ni porqué se topaba con la misma vieja portezuela, despintada, y mirando mas atentamente a su alrededor, pudo recordar a ese desdichado que limpiaba la inmundicia de las canaletas, que allí estaba, inclinado contra el suelo como una rata. Al terminar de pisar el último escalón, supo notar, sorpresivamente, que las miradas ya no parecían acechantes, sino que seguían fieles en sus charlatanerías. Fue un breve alivio. Esta vez quiso acercarse a la barra, tenia la intención de preguntar en dónde se encontraba, y cómo salía, de aquel sitio tan extravagante, o tan normal, quizás eso fuera lo anómalo. Al momento de emitir las primeras sílabas, el cantinero le depositó ante sus codos un whisky caliente, y bajo el mismo, un número de calle en un papel. En ese instante José quiso imaginar, felizmente, que ese hombre había comprendido su preocupación, pero que posiblemente debía guardar cierta prudencia de no generar mordaces rumores por lo bajo. Bebió el vaso, y un par más ya que estaba, hasta que su paladar ardiera, y salió cauto pero ilusionado de encontrar algunas respuestas. Se acercó al barrendero para preguntarle el paradero de la calle anotada en el papel, al mencionarle el acontecer, el hombre lo miró sorprendido, pero después, al percibir el gravoso aliento del sujeto, mas atentamente le mencionó que no se preocupara, que en Lovejoy sólo había una única calle, Serafín Bragado, bastaba con observar cualquiera de los pórticos, la misma recorría todo el pueblo, y tan sólo debía guiarse por la numeración. Aún debía caminar mucho para llegar a la numeración pretendida. Durante el andamiaje febril los faroles comenzaban a fallar, quizás la intensidad de la noche fuera tal, que la luz, intimidada, temiera pecar. La fragancia de los aires cambiaba, ahora era más convulsiva, perdularia, algo ardorosa, sin peligro alguno de vendavales. Observó el derredor y notó un aparente descuido en las fachadas, de seguro la cantidad de habitantes disminuyera en ese espacio machacado al que había llegado. Cruzó una esquina cualquiera, tediosamente, puesto que comenzaba a creer en una posible emboscada, fraguada por el cantinero, en complot con uno de esos grupos de hombres, no obstante, se sorprendió al toparse con un puñado enjundioso de mujeres de poco ropaje, brillosas y pintarrajeadas. Pensó que, de seguro, el cantinero lo había malinterpretado, y se lamentó con un resoplido; en ese momento pensó en volver atrás, ya era tarde y necesitaba recuperar suficientes energías para continuar escribiendo. No obstante, una de ellas, rubia y de pelo carré, de rojos y gruesos labios, tacos negros y varias pecas alrededor de su nariz, se le acercó a sigiloso pero apremiante paso. No dijo palabra alguna, y José tampoco, seguramente no fuera necesario, al fin de cuentas seguía poseyendo cierto apetito sexual. La mujer lo agarró fuertemente del brazo, con excesiva confianza, le pedía perdón por haber cambiado de sitio abruptamente, pero comentaba que necesitaba renovar a sus clientes. José seguía sin entender el hilo de la situación que se le presentaba en el ahora, mientas tanto, caminaba tras las curvas y el meneo de la mujerzuela, subiendo un par de pisos, que sonaban profundos ante el estruendo de los tacos, atravesando un pasillo estrecho hasta llegar a una habitación, descolorida y sin olor, donde tan sólo había una cama y un pequeño armario blanco. La mujer cerró la puerta con automaticidad y le ordenó desvestirse, sin embargo José, antes que nada, quería preguntarle, sin cesuras, acerca del sitio en el que había caído, y eso es lo que hizo, sin embargo, recibió como respuesta un fuerte golpe en su mejilla, de parte de la poca juiciosa mujerzuela, quien le preguntaba si aquello le había gustado, si lo había podido saborear. El sujeto estaba atónito, con pudor pensaba que, posiblemente lo estuvieran confundiendo con otra persona parecida. Sin saber bien ya que hacia dijo fuertemente que su nombre era José, intentaba diferenciarse, pero la mujer lo empujó groseramente a la cama, subiéndose encima de él, y empezó a golpearlo maniáticamente con sus puños cerrados, en el rostro del azorado sujeto, quien mientras intermitentemente repetía que su nombre era José, José Rizal, al tiempo que se cubría como podía de la presente y continua agresión de la mujer. Vio que había comenzado a sangrar, y eso arranco su ira, sus ojos parecían desfigurarse en una insondable necesidad de dominio. Frenó las manos de la prostituta y le propinó un  golpe certero en la mandíbula, haciéndola caer al suelo. Aun estaba enfadado, pero se mantuvo erguido ante el hecho, sin inmutarse. La mujer, con el pelo caído sobre su rostro, lo hostigaba para que siguiera aquella brutalidad, lo llamaba animal, lacra; le preguntaba si no se sentía fuerte. No sabía bien porqué pero empezó a sentir una gustosa adrenalina, la que aún reconocía perversa pero que inevitablemente le apetecía. Se acercó a la infeliz y empezó a propinarle cortos y duros golpes sobre el cuerpo blanquecino, hasta arrojarla violentamente arriba de la cama, le arrancó de a tirones la ropa y la poseyó ferozmente, sin cesar, arrancándole los pelos rubicundos de la cabellera, insultándola y descargando fuertes cachetazos contra sus mejillas, hasta dejarlas moradas, con los ojos lagrimosos. Al terminar el lamentable acto, levantó su cuerpo, el que le parecía de otro ser, y se cambió rápidamente, mientras el monstruo, echado sobre la cama, sonreía de sus moretones, feliz de que el sujeto hubiera recuperado el ánimo propicio para el espectáculo. José dejó el dinero a los pies de la cama y salió presuroso, sin querer observar la insana mujer allí desnuda, avergonzado de su arista salvaje, casi lloroso. Al bajar vio que algunas mujeres continuaban en la vereda. Volvió a cruzar sobre la esquina y caminó exiguamente hasta su residencia, sin embargo, su pena era insoportable. Se sentó sobre el escalón de uno de los tantos pórticos que atravesaba y lloró hasta desahogarse. Quería irse de allí, inminentemente, sin llevarse recuerdo alguno con él. De una u otra manera regresó, todos los caminos habían conspirado para que llegara adonde debía descansar. Cerró sus ojos, despojado de andares, en su colchón, y quiso perderse en siderales vuelos espirituales, sobrepasar la morbidez de la materia y fundirse en el suave regocijo del lucero. Pero sus ojos se abrieron como en un parpadeo. No sólo no había sueños sino tampoco oscuridad, no es que no hubiera nada, sino que no había una nada. Todo era un fluctuar; afluyendo en una realidad continua y constante, sin comienzo ni final.
         Insensato, el tiempo, insistía en erradicar las esperanzas abrazadas al diurno sujeto, de elevarse por un muro y huir de los suburbios huraños de Lovejoy; pero ahí estaba, caminando sin dirección alguna, marginado por algo todavía indesentrañable; volviendo a pisar en la misma dirección, que pisaba desde que podía recordar estar allí; iluminado por la tenue vivacidad de los faroles, abroqueladas a las esquinas de calles cuyo termino eran los talones de un tal José Rizal. Su obra literaria se engrosaba, lenta y tortuosamente, como un parto sobre el fango; las palabras, incansables, ya resultaban escasas para describir la inmensa pluralidad de sentimientos perpetrados en viva tensión; de mañanas que nunca nacían; del humo arraigado en el horizonte; de pieles frías, sin calor humano alguno; de noches que se impregnaban en su carne, entre brebajes incesantes que se fundían en su presta garganta, y el goce animal de aquella mujer que no había podido dejar de visitar, en donde caía misérrimo, a quien ya podía sentir suya aunque le repugnara. Esperó a abrir sus ojos una vez mas, así sucedió. No recordaba haber dormido, sin embargo estaba plácido, había tomado la decisión de arrancarse forzosamente de aquel sitio, o si eso no fuera posible, acabar consigo. Se levantó del sucio colchón, tirado sobre el suelo, en donde solía acostarse algunas horas o segundos, que puede que oliera rancio, aunque, posiblemente, el aire, por las altas horas de la noche, perdiera la delicadeza de emanar la fragancia de secas y parcas callejuelas, y se resignara a la podredumbre plena que la iba carcomiendo gradualmente, sin cesar. Su habitación era su celda, pero el afuera también. Inmerso en una pecaminosa e inevitable existencia, decidió subyugarse a esa realidad (o esa vivencia que se podía entender por realidad); guardó su novela en un bolso contiguo al borrador, en el que había estado trabajando insalubremente, el que quizás había llevado con él, ya no lo recordaba, pero estaba allí, y al fin de cuentas, eso era lo que importaba. Se quitó sus zapatos y caminó, durante un llano silencio, por sobre los escalones y, para su suerte, no encontró la figura del horrible calvo, dueño de aquel sitio. Todo estaba inquietamente oscuro; pensó que podría estar durmiendo, si es que alguien lo hacía en ese lugar, si es que fuera necesario. Antes de partir sin horizonte ni camino, tuvo la necesidad de verificar hacia el interior de la morada del amorfo individuo, en su deseo estaba el maldecirlo antes de dejar la ciudad; odiaba cada centímetro de su feo rostro, grosero y grasoso, su escarbadientes en la comisura de sus labios, la barriga peluda que exponía el espectáculo de su ombligo, las uñas largas, de seguro, con la vulgar intención de hurgarse la nariz, aguileña y colorada. Miró hacia adentro de la habitación central, por sobre la cerradura, de lo poco que se veía, nada resultaba extraño, sólo unas cuantas botellas apilonadas encima de la mesa, y un sillón cama rajado como por una navaja, no obstante, por la ventana que daba al patio, vislumbró una silla de ruedas de espaldas hacia su panorama visual, levemente iluminada por unas débiles luces de afuera; sobresaliendo la parte superior de la silla había una blanca cabeza, inerte, subsumida en la nebulosa vista de un mundo que ya estaba perdido, o que nunca había sido. En ese momento sintió una ceñida pena por esa frágil anciana, hubiera querido que no estuviera allí, a la merced de ese inmundo sujeto, que no existiera. José Rizal movió el picaporte de la puerta de entrada y, para su sorpresa, se encontró abriéndose paso entre las sombras, de seguro la vieja no podría escucharlo, entendía, por cierta experiencia previa, que era sorda, y al parecer, aquello acababa de confirmarlo. Dejó la puerta entreabierta e ingresó, casi a gatas, avanzando con las rodillas flexionadas como un feto; en ese instante no sabia con seguridad qué quería hacer estando allí, aunque lo intuía, lo cierto es que esa presencia serena cerca suyo lo turbaba, exigía su acción inminente, y eso lo hacia sentir vivo en una ciudad mas que muerta: la circulación de la sangre, el palpitar, la sofocación. En unos extensos segundos estaba allí, detrás de la anciana, ya erguido, sin embargo, la vieja no lo observaba, como él había pensado, por el reflejo de la ventana, sino que seguía rastreando algo inteligible, quizás hubiera encontrado un pequeño universo en un punto exacto del tiempo y el espacio, y temía desviar su atención por el riesgo de tener que volver a la vida, con ese sujeto grotesco cuidando de ella. Lentamente José Rizal colocó sus manos frías en el rugoso cuello, la anciana no se inmutó, y José quiso pensar que aquello significaba el afable encuentro con un dolor esperado, la necesidad de ayudarla para volar de allí, en la búsqueda de fraternales expresiones de humanidad, desperdigadas en ojos vidriosos; de manos callosas, abrigo y pan de infantes inocencias; de pecados vergonzosos, frutos de la impotencia humana; de estrellas guías de errantes viajeros.
José Rizal ya había empezado a hundir crudamente sus largos dedos en el  flaco cuello de la anciana, con tanta fuerza que parecía en cualquier momento romper un hueso traqueal; la vieja tan sólo expiraba unas efímeras quejas, las cuales acentuaban aun más el afán y el ímpetu del literato para que la situación alcanzara pronto su final. De repente una voz, gravosa y confusa, se alzó por detrás suyo, las manos de José se soltaron casi inmediatamente, y la vieja, comenzó a manifestar pequeños y repetidos arranques de tos, aunque sin levantar sus raquíticos brazos. Al volverse hacia atrás pudo ver al horrible sujeto, sólo llevaba puesto un calzoncillo, y sostenía una copa en su mano derecha. Ante esa situación, José pensó que ya no había más nada que hacer, el hombre de seguro lo mataría brutalmente, o peor aun, tendría que soportar el resto de su existencia encerrado en esa ciudad sin fronteras. Bajó su mirada y se entregó al agrio porvenir. El calvo y panzón individuo lo observaba quedadamente, mientras sorbía un trago de algo que parecía vino pero que era más opaco, como todo en esa ciudad. Luego de bajar la copa sus labios parecían irritarse, como si fuera a vomitar, o quizás escupir ese brebaje, sin embargo comenzó a reírse animalmente, mientras el líquido de su copa salía desparramado por todo el piso, no avanzaba, sólo reía sin parar, frente a la estupefacta imagen de José Rizal, todavía esperando un furioso desquite que no iba a llegar; entre risas lagrimosas le dijo que había vuelto a ser el hijo de puta de siempre, que ya le estaban extrañando esos aires de erudito, pero que sabia plenamente que en cualquier momento iba a dejar salir la mierda que llevaba dentro suyo. Mientras reía se echaba el resto del liquido en su pecho peludo. Cuando José Rizal le pregunto temerosamente ¿Quién soy? El calvo hombre se detuvo un instante, y luego de unos segundos continuó riéndose con más intensidad, y entre los hiatos que poseía le decía: un hijo de puta, sos un reverendo hijo de puta, eso es lo que sos, mientras se sentaba ya en una silla a probar si quedaban restos en las botellas. Anonado, José, caminó lenta y tétricamente hacia la puerta de entrada, la que había dejado entreabierta. Se imaginaba estar al borde del colapso cerebral; sentía sus manos inmundas, hediondas de necesidad mortuoria, de sangre enchastrada contra su rostro. Corrió raudamente por la calle Serafín Bragado, la única que había; andaba con desesperación. Los hombres agolpados en los pórticos lo observaban  y también parecían reírse de él, en su pasar. No tenía salida de allí, todo parecía como un gran embudo, como si un imán lo retuviera a esa tierra maldita. Minutos después, casi sin darse cuenta estaba otra vez allí, frente a esa portezuela, en tanto el desdichado hombre que barría las canaletas, le preguntaba si había podido encontrar la numeración. José lo miró aterrorizado, posiblemente lo viera como parte de esa conspiración, y sintió hondos deseos de hacerle daño, no obstante, retrocedió templadamente hasta que sus zapatos toparan contra el pórtico; se dio vuelta y sin volver a mirar hacia atrás comenzó a subir las escaleras. En ese trajín pudo escuchar como charlaban grandes cantidades de voces, y al terminar de subir se dio cuenta de que no tenían intención alguna de observarlo, sin embargo, sobre el fondo del sitio me encontraba yo, levanté mi vista y observé a un sujeto desesperado, sudado y desprolijo, parecía tener energías por mas que sus ojeras fueran casi negras; cuando volví a verlo con posterioridad no lo reconocería. José Rizal se acercó a la barra, esquivó a una pareja que hablaba estrecha y sensualmente, casi a punto de rozarse los labios. Pidió un whisky al cantinero, y éste, al entregárselo, colocó un papel debajo del vaso. Era otro número, de seguro una dirección. José palpó el papel debajo del vaso, y miró absorto aquel dato; con la mirada gacha le dijo que no quería más mujeres. El cantinero, que servía un vermut, le contestó que no pertenecía a ninguna prostituta, que por contrario era la dirección en donde  se hospedaba el editor que él había solicitado, también le dijo que se encontraba en una mesa hacia el final del recinto pero que, en ese momento, sostenía una charla de negocios, sin embargo, lo esperaba el día de mañana al mediodía, unas horas antes de irse. José quedó callado por un buen rato, observando fijamente su vaso de whisky; si bien pensaba que le era propicio publicar aquella novela, no podía entender cuándo ni cómo había podido solicitar la entrevista con un editor, quizás lo hubiera podido hacer ebrio, pero de seguro, si así fuera, nadie le habría tomado en serio. En ese momento algo en él estallo, e hizo brotar esa cólera inhumana; sin pensar más en intuiciones posibles, tomó el pico de la botella, frente a su vaso apoyada, y rompió su cuerpo en varios pedazos contra el borde de la barra. El cantinero allí presente, rápidamente quiso tomarlo de los brazos, pero ya era tarde. José se colocó el cuerpo roto de la botella sobre su yugular, mientras gritaba enfáticamente que le dijeran quién era él, y qué hacía en ese lugar; los que estaban sentados en ávida conversación ya se habían parado, pero, al parecer, nadie quería responder, ni mucho menos acercarse al sujeto. El cantinero, ante la inquietud del gentío, con expresión resignada, le dijo que siempre iba allí, casi tartamudeando, y que él conocía muy bien el lugar y todo alrededor del mismo. José Rizal le dijo que lo confundían, que él había llegado hace sólo unas semanas a Lovejoy. El cantinero lo miró sorprendido, temía abrir su boca y emitir palabras equivocas, pero temblando le dijo que estaba un poco confundido, que él siempre había estado allí, que el era Serafín, Serafín Bragado.  
Le dijo que no se alterara, que de seguro se encontraba un poco enfermo, o tal vez algo cansado, y posiblemente durmiendo algunos días podría volver a sentirse el de siempre. El sujeto, sudado, fatuo y con manifiesta agitación, dejó el cuerpo de la botella sobre la barra adyacente y salió por la misma entrada, observaba hacia todos lados, al parecer cada uno de los presentes era parte de la conspiración, no obstante, los clientes antes parados, volvían a sentarse para seguir con sus conversaciones. Bajó presuroso por las escaleras, miró ampliamente el panorama de la ciudad, no había manera de evadir las representaciones que imponía Lovejoy, todo era tan perfecto, sin grietas; corrió paranoicamente hacia una dirección fija, aunque bien sabía que volvería al mismo sitio, aunque quizás pudiera la providencia rescatarlo con un ataque cardiaco, o hasta poder consumirse por el sudor. En ese andar impreciso, vislumbró un pequeño y ruinoso muelle, el que conocía cercano a su hospedaje, pero al que no había tenido oportunidad de visitar. Al llegar frente al mismo, disminuyó su marcha, estaba, en gran medida, maltrecho, sus maderas estaban musgosas, las que todavía quedaban puesto que había muchas hendiduras entre ellas. Caminó hasta el final del mismo, no había botes ni lanchas, quizás nadie lo había usado antes; intentó dirimir hacia el final del río pero la niebla montada sobre el agua lo impedía. Estaba allí parado, no había otra salida, sólo esperar sumergirse y terminar con lo que una vez creyó que era, pero que en ese momento nada quedaba; nada mas que evaporarse en la inmensidad de ese río, morado, y que la corriente llevara su cuerpo flotante, putrefacto, quizás hacia un amanecer sin dolor. Se agachó y quedó detenidamente observando su reflejo en el río, pero no se reconoció; tras su fétido cabello y sus ojeras había un hombre extraño, de ojos de huevo y ancha frente. Oyó unos pasos detrás de él, era el hediondo barrendero, quien lo había seguido desde la calle del bar; José no quiso escuchar sus palabras y se arrojó al fondo del río. Sumergido, se dejó llevar eliminando toda resistencia alguna, quiso, de una vez por todas dormir, para nunca más despertar; cerró sus ojos abatidos, esperando encontrar un hueco negro y profundo de paz, pero un rojizo y estridente fulgor laceraba su idilio, obligándolo a abrir sus parpados, empero el tiempo pasaba y no había necesidad de aire. De repente un fuerte y ominoso estruendo estalló sobre sí, posteriormente una sombra trenzó su cuerpo, la misma parecía elevarlo hacia un sinfín de promesas por cumplir, hasta un recuerdo grato tristemente olvidado, hacia la tibieza en la mejilla del beso de una amada que nunca podrá amar. Salió bruscamente de la superficie hasta ser arrojado sobre las maderas del muelle, todo su cuerpo estaba cubierto por una especie de fango, pero un tanto menos viscoso. Levantó su frente y reconoció al desdichado sujeto, el barrendero. Le dijo que era en vano, él ya lo había intentado, que Lovejoy se había construido, en vez de con agua salada, con una extraña sustancia química la cual permite respirar normalmente estando sumergido en ella. Que no reconocía al arquitecto, pero que de seguro era un demonio, o un mesías traidor que, avieso, tergiversaba los planos del paraíso. En la esquina próxima una sombra se acercaba, al salir de la fusca niebla observó que era la mujerzuela rubia, al parecer lo había estado esperando; al mirarlo, hizo un gesto de reprobación, le indicó que se bañara antes de pasar por ella, que de esa manera le provocaba nauseas. El sujeto, resignado, le preguntó por qué nadie quería salir de ese sitio, por qué cada persona parecía añorar las mismas vicisitudes una y otra vez. La mujer lo miró sonriente, pensaba que, de seguro, querría hacer reír al mendigo allí contiguo, sin embargo, entre sus negras ojeras, percibió como las lagrimas se deslizaban entre esa mugre; compungida, avanzó hacia donde se encontraba el individuo, provocando un estruendo con sus tacos, flexionó sus rodillas a la par, hasta que su rostro se puso frente a esa contraída expresión, sus labios eran de un rojo intenso, quizás el único color vivaz que había percibido, al abrirlos le dijo lacónicamente, que nadie mas que él podía saber cómo salir de allí, que cada persona que pisa durante veintitrés días el suelo de Lovejoy se quedaba para siempre; no se trataba de un imposición, estaba en el aire que se respiraba, en los caminos que se cerraban o que uno quería ver cerrados, en las luces que pierden intermitencia, en el sacral silencio que aturde las mentes. La noche parecía ser siempre de noche, con excepción del rojizo y vivaz paso de un día a otro, en algún punto del tiempo indeterminado.
Tomó su bolso, el que había dejado al costado del muelle, y siguió los pasos de la mujerzuela; al tiempo que el barrendero los observaba atónito. Los faroles estaban encendidos, cada calle poseía un número de hombres agrupados, extraños y de mediana edad, pero ya era distinto, desde ese momento lo observaban con un signo de asentimiento. El horizonte era gris, opaco; y el aire como un disipado humo se introducía mansamente por las heladas narices, hasta calmar el furioso pálpito del corazón, en tanto que el barrendero seguía observando, en soledad, miraba como marchaba aquel hombre; sus pasos intermitentes tras la blonda mujer, su sombra inmensa y ampulosa como un guardián; el estruendo de los tacos cesando tras la esquina, la niebla que atrapaba su silueta y la envolvía a su totalidad. El barrendero observaba con ojos mojigatos, observaba y comprendía que había conocido a Serafín Bragado, el creador de Lovejoy.
         Mi abuelo Gervasio, intemperante, había movido equívocamente un alfil, mientras el Señor Pierri agotaba sus palabras, y levantando los ojos, gozaba de la inmensa red de ramajes que cubrían nuestras cabezas, de la luminosidad que descubría nuestras fallas. Yo había juntado las manos, nerviosamente, por debajo del macizo tablero blanco y negro; suspiré con la intención de quebrar esa molesta espera por quién sabe qué cosa, pensé un momento y pregunté: - ¿Y qué sucedió con la novela que estaba escribiendo ese sujeto? De seguro debía de ser muy buena, teniendo en cuenta su maniática agudeza, o al menos para un posible dato sobre Lovejoy. – El elegante Señor Pierri parecía no prestarme atención, era uno con el tablero, quizás se extrapolara con su rey, y planeara, por entre los espacios de los peones, una estrategia más certera. Al tiempo que movía lentamente su mano izquierda me dijo – La misma pregunta le hice a ese editor, en el antiguo garito al que iba hace décadas pasadas, tras esa historia que había escuchado con atención; el hombre se sirvió otra copa de Ginebra, que había pedido para mí, con excesiva confianza, y me dijo en cierto tono principesco, que el borrador que leyó no decía nada de Lovejoy, ese individuo era Lovejoy; la novela era bastante mediocre, sumergida en cotidianeidades sin gracia. Se trataba de un docente de secundaria, quien daba literatura en una pequeña escuela de Haedo, se llamaba José Rizal; en ella se narraba acerca de sus ideas, de sus idas y venidas con su viejo amor, del ávido deseo por una de sus alumnas, las mas inteligente de ellas; del solipsismo en que se hallaba, de sus andares provistos a desasirse de su realidad, con el fin de dedicarse a la escritura. A pesar de ello, mi intención era hacer el esfuerzo de publicarla, el hombre y su historia ya lo valían de por sí, sin embargo, la novela no tenía un fin, jamás terminaba, estaba abierta, necesitada de constantes posibles caminos: nuevos amores, de lágrimas, de amaneceres en vela sumergido en bellas páginas; de locomociones sin aviso, descubriendo rostros al paso; del regazo cálido durante las noches, cuando has olvidado quién eres, cuál es tu lugar, tus orígenes y hacia dónde deseas partir.
Mi abuelo malhumorado había caído en las redes de la incertidumbre, su mano se perpetuaba en el aire, el jaque era inminente.
                         


5 de Septiembre de 2010
Marvel Aguilera

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