El pasajero fiel
La monótona cadencia afloraba como cada despertar, y yo ya era parte de su matriz, como mácula, mirando mi reflejo en la ventanilla y no la vista hacia el parco y lejano invierno que solía dejar atrás. Aguardaba la salida del tren de la estación Once, su tránsito atolondrado e intermitente hasta la salida inicial de Moreno, para volver a empezar. No tenía ninguna afición ni compromiso, intención o reparo, sólo vivía a través de la encarnada fijación de hacerme parte del mismo episodio, una y otra vez hasta el hartazgo, entreverado entre cientos de rostros, desesperanzados, anhelosos, desganados, inquietos; por momentos leyendo algo de Dostoievski, Nietzsche o Rimbaud, en otras ocasiones tan sólo observaba el triste espectáculo del ser humano en el mundo.
No tengo demasiado claro en qué tiempo comenzó todo, querría pensar con apaciguo que fue cuando Lucia cayó en coma, pero eso sería mentirme absurdamente, porque bien sé que fue antes, de seguro al escuchar a ese anciano demente leer pasajes del Apocalipsis a grito seco y colapsado, o quizás ese día en que un muchacho acabo destrozado bajo los engranajes de los vagones, al caer de una puerta abierta, debido al amontonamiento y al embrutecimiento de las mentes en la Estación Liniers.
Mis noches en vela en el Hospital de Clínicas habían empezado a resultarme insoportables, tanto así que ya no recordaba quién era o había sido Lucia, sus besos en los ojos, las idas y vueltas por Recoleta y su polvo de ladrillo, el deseo de ser padres diluido; todo era parte de un brumoso nubarrón encaprichado en mi consciencia, dejándome desolado ante el funesto presente, frente a una soñadora perpetua, engañada por los altos funcionarios del reino onírico; quien tal vez me buscara indefinidamente en esa distante realidad, aunque puede que cuando le tocara revisar los vagones grises de los trenes, yo estuviera allí sentado, soñando pero allí, y ella me viera casualmente, al lado de una ventanilla, mirando mi reflejo como lo hacia ahora.
Advenida la tarde terminaba mi labor cotidiana, aunque en realidad ¿Qué no era cotidiano? Trabajaba en el correo hace ya varios años. La cuestión es que al salir caminando a paso ligero me dirigía directamente hacia la Estación de Merlo, como si necesitara regresar de inmediato a mi hogar, como un pescado pataleando al lado del río; mi única placida residencia era estar ahí adentro y no en la casa que alquilaba en San Antonio de Padua; la bonanza de las chispas de las vías que anunciaban la detención; el sonido retumbante del tambor africano que interpretaba el motor del tren en su andamiaje, ese mecánica melodía era la única música que escuchaba desde hacía tiempo, y a la cual me había acostumbrado, era el corazón palpitando mientras siguiera aun con vida el monstruo eléctrico
Al subir reconocía las caras, las narices chatas, aguileñas y respingadas; el aliento a sorete de perro de los vendedores de chucherías, las ratas pedigüeñas, hábiles contadores de cuentos, conocía a varios de ellos, entre los que estaba el Niño. Se trataba de un sujeto que oscilaba los treinticinco años aproximadamente, se ponía una remera ajustada del ratón Mickey y aducía tener un retraso que lo retenía en los cinco años, hablaba con una voz grave, entre gangosa y sibilina, ¡Una moneda por favor para comprar pan! Una vez me lo encontré tomando un vaso de tinto en la Estación de Moreno, me comentó afablemente que había llegado a jugar en la tercera de Racing, pero que una noche de farra chocó con un grupo de amigos en la General Paz , se rompió la cadera y tuvo que dejar, jugaba de volante por izquierda.
En poco tiempo transcurrido logré darme cuenta, fehacientemente, que yo, como singularidad ciudadana, formaba parte íntegra de aquel hospicio móvil; de que había algo allí inmanente, un cierto magnetismo invisible que me aglutinaba paulatinamente: a la ventisca sobrecogedora de las ventanillas a medio abrir, ilusas piernas abiertas que atraían la espontánea y sensual penetración de las voces y aires de cada sucesiva localidad, las luces estridentes y rojizas de los albergues transitorios al pie del cañón, el olor a la combinación de mostaza y Ketchup de las salchichas plañideras, ignominia del salubre organismo; el mecanismo arcaico y precario de las puertas de gala recibidoras de rostros sudorosos y barba rasposa; al sonido de libres melodías galopantes de leales bohemios, arremolinados al paisaje cambiante de las fachadas de aquel otro mundo de allí afuera, en irremediable avance hacia un modernismo elevado y calumniador: de maletines traspapelados con algunos ceros de más y habanos de mediocre calidad; el sincero resoplido del tabaco proletario resultaba algo más humanizador.
Durante cada automático tránsito de viaje, había empezado, luego de unos meses, a jugar puerilmente con los vagones de los trenes; elegía uno por uno, desde atrás hacia adelante, lo que buscaba era percibir la particularidad de cada uno de ellos, si es que la había; al principio lo solía hacer en una quincena, pero luego de naturalizarlo aceleré los tiempos a algo aproximado a cinco días. Lo curioso es que tengo la certeza de haber reconocido nimias pero reales diferencias al fin.
PRIMER VAGÓN O CABINA TRASERA: Tal como lo dice su nombre se diferencia de los demás en ser la cabina de conducción que queda tristemente vacía; después de un tiempo uno de los empleados del ferrocarril me mostró gentilmente el pequeño reducto. Allí se está presente ante un horizonte que poco a poco se aleja como una hoja otoñal caprichosa ante el viento, y a pesar de ello, uno tiene la vaga impresión de que es tangible esa visual, que estirando la mano hacia ese pequeño punto indefinible de adelante, todavía se pueden rozar los antiguos pisos criollos de Flores, la tribuna albirroja del Deportivo Morón (Coliseo del Oeste); la desolación llana y sepia de Paso del Rey, quizás su nombre ya no haga referencia a su riqueza estética. Desde allí se tiene la sensación, y mas que nada sentado sobre un asiento y sin sujetarse, de que el vagón avanza sobre el aire, por el impulso de la fuerza mediana del tren, y que uno al mirar sobre el suelo engomado percibe una vacuidad por debajo, no ya la mecanicidad de fierros girando enérgicamente, despidiendo un feroz aluvión eléctrico. En general los que concurren a este determinado sitio son los llamados tardíos, quienes perdieron de seguro tiempo de mas en sus casas, en la vanidad del espejo, la última noticia deportiva en la tele, o el prolongado amorío con la almohada; eso lo lleva a introducirse repentinamente al ultimo vagón, salvo aquellos que deben sacar el boleto por el medio, esos en general no llegan a tiempo preciso, y deben esperar el próximo y la queja despiadada del gerente. También son vastos los mendigos, gentlement on the train, de sacos marrones empiojados y barbas grisáceas, zapatos negros con punta de acero, desgastados, los que uno suele observar como campechano adorno en los tendidos eléctricos suburbanos; suelen estar contando monedas en bolsitas, para luego ir a comprarse un choripan en la estación Liniers, allí donde atiende el mono Gareca, ¿Con chimi papá?, dicen que fue un antiguo guitarrista de un cantante popular de principios de los setenta, si mal no recuerdo había ido a probar suerte a tierras españolas, mas precisamente a Valencia; solía decir que el clima andaluz no lo favorecía, pero por lo bajo pude enterarme que lo deportaron por falta de papeles.
CONJUNTO DE VAGONES INFERIORES O EL INDEMNE: Este conjunto que resumo de manera sintética, podría describirse como el mas políticamente correcto, en él suelen acomodarse personas de mediana edad, en general de aspecto jovial, guiados por un colorido imaginario alimentado por la música retumbante que estalla en sus oídos, alguna que otra novela contemporánea americana, esos libros grandes y pesados que son imposibles de sostener con una mano; y el cotorreo galante de parejitas retroalimentadas de su empalagoso sentido del deseo. Por esos vagones suelen andar Los Carlitos, son cinco hermanos de los suburbios de Ciudadela, quienes andan juntos como en manada y que raramente vi manejarse separados, saludan uno a uno de los pasajeros como si fuera una entrevista laboral, los cuales la mayoría le niega el apretón, ni siquiera por complacencia, su caballerosidad tiene el afán de explicar su paupérrima situación económica, quizás menguada por la apertura de finos monederos o la cara azulada del Presidente Mitre pegada con cinta adhesiva. Yo le había tomado un especial cariño al mas pequeño, conocido como Benji, debía oscilar los cuatro años y casi no emitía palabra; siempre lo esperaba con una bolsita de caramelos de fruta, esos que se deshacen en la boca. Hasta que un día el mayor de ellos, alias el Ganga, no por su fácil apertura al diálogo sino por su carácter de gangoso, lo retara por aceptar ofrendas no estrictamente monetarias, “A gñi clagueme ñoñedas guachinm.”
En el enjambre de motores y bostezos, caminaba desgarbado dejando que el tiempo se desgastara por entre los recovecos de luz de un lugar que ya me era extraño y hostil. Las vicisitudes caían en agonía, paulatinamente, apabulladas por la intemperancia de un constreñido núcleo, el cual se iba cerrando como capullo, marchitando mis alas; y mi espíritu atolondrado encasillabase en el horizonte cavernácula de un viaje sin partida ni llegada.
“Chocolate en barra, el mismo de la tele, ¡dos peshooos!”
¡Oh gritos animalescos desde las entrañas del instinto de supervivencia! ¡Trova post industrial del subdesarrollo! Mis ojos lagañosos aguardaban inusitados la venida de un negro café, sentado santurronamente en la banca de cualquier andén, sintiendo palpitar el corazón del agitado populacho, su desvarío intemperante, brusco como diuresis caliente, fiel origen del pathos porteño.
Lo que en algún momento fue real decantó, mis recuerdos se habían evaporado y hechos uno con la excelencia del firmamento; jamás volví a averiguar del correo, solo pude enterarme del telegrama recibido en mi vieja residencia, una casa ahora ajena e infame, imagen de una historia tergiversada. Moria minuto a minuto absorbido por el extraño universo de los suburbios hilarantes, un teatro sin epilogo, retroalimentado de la excretoria miseria humana, clima devoto de lavanda y ajo rancio de un sobaco rendido; y mi ser que perdía la noción de la pena y el olvido, contemplando indulgente el vuelo de las luciérnagas que aprisionaba desde hacia tiempo, y allá a lo lejos, todavía observaba su titilante deseo nocturno, como una belleza ciega aspirada por una anémica alma divagante, retrato encajonado de un muerto que nació vivo, del cielo que quiso pisar el polvo de la tierra pero se arrepintió.
Cordialmente El Gavilán, experimentado empresario de alicates y portadocumentos, me invitó a su humilde pensión en las ruinas de Floresta; mis pies parecían carecer del equilibrio necesario para sostenerme en el suelo. Logramos ingresar primero por un pasillo y, luego de un virtuoso esquivo entre vestimentas mojadas en alambres y cachureos sucios, llegamos hasta la pequeña guarida trasera. Mi incisivo apetito se morigeró ante el impacto de la sartén cubierta de aceite quemado, peculiar garito de moscas y mosquitos; el vomito caliente subió hasta mi garganta, y negó el ofrecimiento, de huevos revueltos, a la sonrisa ahuecada del Gavilán. Subsumido en un viejo colchón y una sabana blanca agujereada por donde sobresalía mi pie izquierdo, vislumbraba el silencio del silencio, oyendo el oscuro follaje de la realidad ciega, en el cual confluían rayas eléctricas, tornadas amarillentas y coloradas al cerrar mis parpados agotados.
Mi dicha atesorada se sobrecogía a la vida útil de los días carentes de principio y final alguno; sentado y abstraído por el pensamiento de una idea ya seca, caída como gota dulce de una lejana y abismal tormenta, aunque latente en la brisa redentora filtrada por las ventanillas a medio abrir, presurosa y frágil pero estremeciendo las susceptibilidad de la materia humana; del dolor enclaustrado y perdido entre los laberintos de la memoria, en las miradas cómplices sobre los labios apetitosos de pasión, entre las fragancias ignotas de la calle Florida: el acordeón ávido de pasos extranjeros, los cafés como guarida de un viejo literato del ostracismo; el balanceo en la baranda que da a la inmensidad del grisáceo pero solemne Río de la Plata ; y las palabras de amor que se perdían en el sofoque de un sol avasallador, en vuelo sagaz y norteño junto a las gaviotas...
“A la cervecita fresca, ¡fría bien fría la Quilmes !”
Un amanecer engendrado y en movimiento, naufragando por el horizonte retornable del Oeste, vivificando una vida resignada a descolorirse a cada instante, en la agonía sistemática, social, mezquina e inerte, sin dolor, solo el cese definitivo ante las resquebrajaduras de la epidermis, ante los ojos añejos que se agotan de observar sin mirar, sin sentir ni percibir el aroma de las subjetividades pasajeras.
¿Que futuro había en ese niño que extendía su mano lisonjera? Un futuro arrugado y hecho un bollo, arrojado entre la inmundicia de las vías, entre los órganos podridos expresados en la resignación de una vista sosegada y chata; un nuevo año devorador de esperanzas, manos callosas como huellas de esclavitud, el olor de vino patero y sudor seco, la imaginación sucumbida por la ferocidad de una razón fabricada; no mas sueños, ni pesadillas ni deseos, solo un inerte oscuro y magnánimo, el inevitable vaciamiento del espíritu mágico, construido en tiempos pueriles; una mueca de desgano entre las sombras, de solsticios apagados, del roer de animales famélicos, hechos brasa en el fulgor del pavimento. La espontánea estupidez de los siervos, lagrimas que no salen, secas, muertas sin nacer.
Vivimos en pequeños universos, en barcos a la deriva que se extravían ante la primera niebla andante. En tierras pisadas por millones de cadáveres que esperan poder vivir, quienes sellan huellas removidas por la ira del viento en su brusco jugueteo matinal, sin embargo nuestras almas todavía transitan, mimetizándose por cada espacio de mundo provisto por la mano de un pintor providencial. Y el anciano Genaro que se acercaba sigiloso, con su vista resguardada pero mística, el rechinar de su silla de ruedas, el tintineo de las monedas que se movían dentro de la vieja lata de duraznos que llevaba entre sus manos, apretada contra su pecho; manos marchitas y rugosas, manos que habían sabido rozar el seno maternal, calmador de sed; que gateaban sobre los suelos en busca de colores; que escribían pensamientos e ideales en algún pupitre ya hecho ceniza, que mecían sensualmente el cuerpo esbelto de una eventual amada, ahora estaban allí, tiesas, agitando una lata de duraznos:
“Señores y señoras... la vida es una tómbola, que gira y gira hasta caer, un amanecer de esperanzas y una noche de resignación, la historia que no se detiene a consultarnos, que avanza sobre nuestro dolor, pisando las cicatrices, ahogando nuestro espíritu; en el fondo de nosotros quedan nuestros sueños de infancia, el arropaje de nuestros padres al final de un día de invierno, el beso inocente con tu compañera de clase...
“¡Callate viejo! ¡Ya estas borracho otra vez! Decía una voz hilarante desde el fondo de la multitud.
“Los años pasados eran años de ilusiones, de compromiso con la humanidad, una actitud de dicha con el presente, como un recuerdo actual, en el ahora, de calles porteñas adornadas por las parejas que circulaban por los cines y teatros de la calle Corrientes, de la mano y delicadamente, amando el amor y no regalándolo, como jóvenes descubriéndose a partir del otro; no teníamos miedo de amar ni ser amados, de cambiar unas ideas por otras, éramos inconformistas, cazadores de deseos; ahora el tiempo y la historia guían a nuestra alma, definen nuestro amor, nuestra moral, la forma en que debemos actuar, pensar y vivir; por la sencilla razón de que ya no creemos en las personas, es decir, no creemos en nosotros mismos, dudamos de la originalidad de una sonrisa, de la sinceridad de un apretón de manos, de la verdad de los labios como hacedores de una respuesta infinita...
Quizás el viejo Genaro tuviera razón, aunque fuera un beodo senil, la tristeza de su ser no podía mentir; y cada instante que transcurría nos despejaba paulatinamente de los restos de dignidad atesorados en algún rincón de nuestra humanidad. De pronto percibí un espontáneo acumulamiento de masa pasajera en dirección hacia la puerta, veían algo a lo lejos; el tren se ancló abruptamente, rechinando estentoreamente; mis ganas de vomitar aumentaron, mas aun por la salchicha con papas y mayonesa del robusto hombre sentado al lado mío. Me paré a los minutos para observar, si es que me lo permitían; me escabullí entre tantos rostros sin nombre, creo que nos ubicábamos entre Villa Luro y Floresta, me di cuenta por la cercanía del puente que se avecinaba. Entre el murmullo escuché que alguien se había arrojado intempestivamente. La policía ya estaba allí, a mi alrededor un bigotudo contaba a otro que estas cosas pasaban todos los días, yo creí, sin embargo, que aquello no le quitaba dramatismo al asunto, lo sentí como un intruso que opina de mi hogar. Me bajé a través de un pequeño salto del vagón hacia el suelo terroso, así como habían hecho varios otros, Genaro estaba en silencio esperando retomar su discurso, pero percibía que debía callar.
En ese ínterin experimenté la cruda sensación de no poder superar la propia vida, caer embadurnándose en el fango de la existencia; mísera perspectiva de un mañana asesinado brutalmente; de árboles que no crecen y quedan enanos, de risas sin ruido, desechas en la bruma del tiempo; el viento me deshojaba hasta hacerme quedar desnudo, ya sin capas ni mascaras, expuesto a la burla del destino.
Y baje presuroso, allí estaba su hermano, el gangoso, lloraba, aunque inentendiblemente, diría mejor aullando, como un animal, pero eso era lo de menos...
Mi egmañito, mi egmañito...
En el centro de tantos rostros sudorosos y perplejos, se hallaba la pequeña humanidad de Benji, como si alguien estrepitosamente hubiera arrojado un balde de pintura roja sobre su cuerpo. Al verlo allí con su cuello casi desprendido, pude volver a sentir qué significaba el dolor, la angustia, la pena; sentimientos los cuales creía perdidos, vaciados, vagando en la opacidad de un presente sin sueños, marchitos en algún rincón de mi memoria, como un brote que sobrevive entre el pedrerio de las vías.
Pensaba que posiblemente yo podría estar en su lugar ¿Por que no?, pero no lo estaba, aunque no obstante, ¿Hay un lugar netamente mejor a otro? Quizás el único provecho fuera hacer mas leve el sufrimiento innato de nuestras almas, como decían los epicúreos; a pesar de que mi madre me abrazara sorpresivamente al enterarse del accidente de Lucia, por mas que disfrutara del dormir arriba del techo con el tío Horacio, hablando de jazz: del Be-bop, el Cool, pero en especial de Charles Mingus, y el paisaje de las estrellas observándonos, cómo las contemplábamos, puede que sonrojadas; Charles Mingus, y los ojos sempiternamente abroquelados a una realidad paralela de Lucia en el Hospital de Clínicas, su pulso frío, los labios secos; Charles Mingus, y el frío del invierno que me congelaba los huesos, el café negro y recalentado de la estación Moreno, la soledad de la predeterminación, las luces del vagón en corto, Benji muerto.
VAGONES INTERMEDIOS O CORAZÓN:
El tren circulaba mucho más lento de lo que solía andar, un ritmo inquietantemente cansino, de seguro algún mantenimiento en los rieles, aunque yo bien sabía que los ferroviarios se habían congregado nuevamente para exigir reincorporaciones. Hacia calor pero no siempre sofocante; una leve brisa parecía amortiguarlo como una tímida caricia, tornándolo sereno, algo menos que bondadoso. Me ubicaba entre buena cantidad de gente trabajadora, al menos eso quería creer, quizás lo notara por sus rostros desganados, por momentos insulsos, es decir, de expresiones que no decían nada, aunque otras hicieran fuerza por brillar; la mayoría estaban apagadas, una oscuridad contra la que las luces superiores de los vagones no podían combatir. Trazaban voces enviando remedos amorosos, quejas a granel entre compañeros de labor, puede que algún pensamiento rebelde que fluía hasta chocar contra los ventiladores del techo (los pocos que andaban) y esparcirse entre cientos de ojos anhelosos de ceguez, organismos en prospera agonía, pudriéndose felices.
Los días se habían convertido en una masa amorfa de tiempo, en donde lo que conocía como mis años fluctuaban entre la niñez y cierta ancianidad, entre el llanto precoz y la incontinencia acaecida. Y casi creía ver su sonrisa en medio del grisáceo firmamento de los vagones que se movían de un lado a otro; las gotas como jueces caían estallando contra el marco de las ventanas, ¿Acaso el mundo no es aquel que nos representamos? Un niño sentado desprendidamente sobre el suelo gomoso y sucio de colillas, prendía y apagaba un encendedor: luz y oscuridad, día y noche, claridad y confusión, vanas dicotomías que ya no solía respetar, o en todo caso sólo había dejado de creer en la necesidad de diferenciarlas, todo era igual, caía en el mismo pozo ciego, y me perdía en la inmensidad del vacío. Ahora llovía a cántaros, recuerdo los partidos en el fango, sobre el campito de la calle Victoriano Loza, ahora un supermercado francés, contra el grupo de los pibes de la escuela 9, las palomitas del Pájaro Torres tras mi centro cruzado; yo corriendo entre la lluvia tras enterarme de la muerte de mamá, o puede que no lloviera y sólo viera las lagrimas caer una y otra vez.
Solemos ser algo ya extinguido, la brizna de un amanecer cansado, el idioma del silencio; aun se conservan los netos admiradores de la correspondencia, epístolas de letras que eternizan los sonidos disipados en labios cualesquiera. Me sentía haber muerto y nacido mas de cien veces, quizás por estar distraído imaginando la próxima vida. El tren estaba detenido desde hacía largos minutos, tal vez siglos; ¡sentencias invisibles!, el musgo de las esquinas superiores de los vagones centrales me adormecía, las puertas abiertas en plenitud no remediaban mi ahogo, ni el lloriqueo de un bebé sin su leche maternal, entregado a lagrimas puras, inocentes, llenas de vida, de dolor por querer vivir, por ser.
¿Qué queres para tu vida? Me preguntaba mi viejo; ser feliz le respondía, aunque no supiese que significaba realmente eso, y creo que nunca lo sabré. El rocío sensibilizaba la animalidad del mundo exterior, “jóvenes idealistas” decía mi viejo, la vida es para luchar no para el disfrute. Y la cabeza de Benji desprendida seguía ahí, rodeado del espectáculo de cuerpos con no mucha mas vida que él, esto pasa todos los días seguía repitiendo otro.
Mi cuerpo ya no andaba entre rieles, en idas y vueltas, ahora dormía entregado al amparo de una ilusa dicha, por el momento olvidada, quizás en ese dormitar de Lucia en el Hospital de Clínicas, en sempiternas construcciones nerviosas y difusas, sobre grandes extensiones de un llano verdoso y sin horizonte, magnánimo resplandor de un suspiro providencial, de vírgenes caminos sin huella, de cientos de cielos al borde del abrazo terrenal.
Y la gente amontonándose para hacerse paso, desprenderse de la quietud de los vagones, como atolondradas reses, bajo una llovizna tersa pero abrasiva, gratuita vacuidad. Estaba allí entre tanta bruma carnal, andaba despierta, creí reconocer sus ojos verdes; aspirando a un mañana, de la mano de un hombre de elegante traje oscuro, de rostro extraño y nariz puntiaguda, ojos grises y saltones; creo que fue en ese momento cuando pude darme cuenta de dónde realmente estaba; me había corrido al margen del libro, y miraba extrañado como la historia continuaba sin mí; pero aunque mi pena me enfermara a cada segundo, en el fondo sentía la necesidad de no ver en ella a Lucia, puesto que para mí ya había dejado de serlo luego del accidente, estaba atrapada en algún reino onírico, y de seguro desde allí me buscara, sin el brazo de un extraño, en la intermitencia de un viaje discontinuo.
El pelo mojado de Lucia ante el paisaje cabizbajo; la sangre coagulada de Benji, la cual me hacia sentir tan insignificante ante el destino; ¿Ves los astros allí arriba? Me decía mi tío Horacio sobre el techo, son imágenes proyectadas e inmortalizadas por la divinidad en homenaje a viejos héroes... Y el tren desolado que parecía no reaccionar. La lluvia no cesaba, el aire agotado y espeso adormecía mi animo; “Charlie Parker era demasiado genio para este mundo, por eso debió morir, de borracho, consumiéndose...”; “Jaja, jóvenes idealistas, hay que laburar viejo...”; “Sí, la vida es una tómbola, una ruleta en donde ponemos en juego cada día nuestros sueños, nuestra paz...”
“Bien fría la cervecita, ¡a cinco pesitos la Quilmes !”
Recuerdo un pasado que ya no se si existió, y no sólo lo recuerdo, creo contemplarlo cada día, tras cualquier ventanilla, y por mas que intente alcanzarlo se que no llegaré, puesto que hay un abismo entre él y yo, mas de treinta años de ignotismo, de sombras; no, no era una tómbola, sino como un dado quieto, sin moción alguna, con el resultado ante tus ojos desde siempre; y la estampa de Lucia que se disipaba entre la multitud; el Tío Horacio tenía razón, todos los héroes estaban ya muertos, quizás refugiados en una estrella, o tan solo entre la tierra podrida. Afuera seguía lloviendo, los vagones se habían terminado de vaciar, mi cuerpo se abalanzó entre el marco de la puerta, sentía elevarme mientras las gotas golpeaban mi cabeza, “Metete para adentro que te vas a resfriar hermano” me dijo de repente el Gavilán, apoyando su mano en mi hombro derecho. Era domingo a la tarde, los motores comenzaron su marcha.
Marvel Aguilera
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