sábado, 5 de noviembre de 2011

Novilunio

Novilunio
(Al costado de la ruta)











I

En vespertinas premeditaciones, Ignacio vuelve del trabajo agotado, como siempre, abrumado por el sofoque del transporte, por un atardecer que envejece a cada instante; entre los recuerdos de su padre vomitando hediondamente sobre el inodoro del baño, anteriormente a que su hígado colapsara. El invierno se empecinaba en ser él mismo. Ignacio, en su parca rebelión, compra una salchicha en la estación del ferrocarril Chacarita, espanta las palomas de algunos zapatazos al aire, ve que el tiempo no corre demasiado rápido como cuando disfruta de su actividad, puesto que es obtuso y caprichoso. Ignacio ha terminado de leer La muerte en Venecia de Thomas Mann, un obsecuente de Nietzsche, le resulto demasiado elitista y poco fáctico, una bella pero inevitable presunción. En su casa lo espera su esposa, quien sufre un inesperado esguince de tobillo debido a su quehacer gimnástico; Ignacio no desea verle su rostro insatisfecho, con sabor a poco, no soportaría fornicarla por compasión. Ignacio observa momentáneamente la televisión a través de los escaparates  de un comercio de la avenida principal: otra batalla sindical, otro mañana parecido al ayer. Entra a tomar una cerveza sobre la calle Juan B. Justo, come unas papas fritas algo secas mientras espera, tiene intensos deseos de acostarse con una puta, muy sucia, pero sabe que debe llegar a su hogar.
La cerveza no estaba bien fría; quizás de tantos vehículos que anduvieran a gran escala por allí, alguno pararía para hacerlo subir, y él haciendo burdamente dedo, tomara sus pequeñas pertenencias y emprendiera un viaje sin un destino fijo, aunque puede que lo llevasen hasta algún lugar como Córdoba, de seguro manejaría un panzón barbudo de expresión grotesca, rascándose constantemente los genitales, fumando con la ventanilla baja donde apoyara su codo izquierdo.
Desfilan las luces raudas en la soledad de una carretera sin nombre, en el inusitado parpadeo impreso por la velocidad del viento; el grotesco sujeto arrojaba por la ventanilla una colilla de cigarrillo que parecía quemarle ya los dedos, expeliendo un humo casi negro por sus gruesos y morados labios. La cerveza ya estaba caliente.
Nos detenemos a cargar gasolina, veo de pasada a una mujer en minifalda acompañada por un viejo desagradable de lentes oscuros. El hombre que atiende parece estar muerto, más aun por su carencia de dientes delanteros. Ignacio se dirige al baño de la estación de servicio, orina parado en una letrina amarillenta por el poco lavado, se acuerda de cuando se agarro a trompadas con el Turco Domínguez, de la sangre en su labio, del llanto en la esquina de la habitación de su hogar. El viejo de lentes le toca abruptamente una nalga a la mujer de falda, mientras el panzón de la camioneta me espera haciéndome unas extrañas señas en le medio de la ruta. El viento helado me acongojaba.
Es tarde y su esposa lo esta esperando, le ha dejado encargado medio kilo de helado de limón, de seguro para mezclarlo con alcohol. Ignacio se cierra la bragueta en el sucio baño, se mira fijamente al espejo y no se reconoce, parece mucho más canoso y con pronunciadas ojeras. La cerveza ya era imbebible. El viejo panzón acelera a ritmo definido, parece avanzar por el medio de la nada, sin embargo saca la cabeza hacia afuera y escupe amargamente desde lo mas profundo de su garganta. No hay árboles ni estrellas, solo una lumbre artificial generada por los reflectores de la camioneta y el cigarro a medio consumirse de la boca gruesa y morada de aquel sujeto. Ignacio pide medio kilo de helado de limón a una muchacha de ojos claros que le resulta muy atractiva.
La madrugada se eterniza, el sol no cae. Los ojos verdes de la vendedora le recuerdan a los de Melisa, su primera novia. Pararían en un pequeño burdel, de luces azules y fosforescentes en su frente; entrarían por una puerta ancha que los trasladaría a través de un oscuro pasillo, dócil al letargo. Ignacio seguiría al viejo panzón, a el fulgor de su cigarro, sin embargo ese humo parecía posesionar el efímero oxigeno aun vivo en ese acueducto. Ignacio sale  de la heladería. La noche lo ha acorralado.

II

La lluvia brota como erupción desde lo profundo del firmamento, choca percutiendo contra los ojos de huevo de Ignacio, de un verde indómito, reacio al pestañeo; se detiene unos instantes en la esquina de la Diagonal norte, se siente acorralado. Ignacio marca su camino a través del zapateo acuático de sus pasos al asomarse la tarde. No ha vuelto a su hogar, rememora en su cabeza las posibles situaciones que pudieran de haber provocado su ausencia: el pánico novelesco de su mujer, la displicencia de sus padres, amalgamando un resignado: esos amigotes que tiene le hacen perder la cabeza.
Ignacio saca un cigarro, un tanto húmedo y arrugado, lo enciende con dificultad, recupera un halo de calidez gratificante en su pecho; bordea caminos de truscos pavimentos en reparo, presunto proselitismo pre – electoral, y se achata como un bicho bajo un pequeño toldo verde perteneciente a una moderada, pero a su vez paqueta, panadería: Don marco reflejaba el frente del escaparate; y entre éste y su reflejo latente, los ojos de huevo de Ignacio, cansados, se cierran; pródigos vividores de un pernoctar ínfimo, del saboreo de unas cortas horas de hotel de pocos galardones: cama, espejo y una compacta televisión colocada en un soporte de la parte superior de la habitación; el final de una película de Cronenberg, y largos minutos de pornografía mecanicista, como el motor de una vieja locomotora que vira en un movimiento continuo.
Y allí me veía fornicando por el culo a esa trolita veinteañera, aunque dijera tener dieciocho, esa que el desagradable panzón me había señalado, como si tuviera mentalmente un inventario de la salubridad de las mujerzuelas, una intuición inmediata del panorama de ese rojizo recinto al costado de la ruta.
Ignacio aguarda turbado el cese del diluvio, se siente sucio y deshilachado, ha dormido y todavía tiene puesta la misma ropa con la que ha ido a trabajar el día anterior, su traje gris y los zapatos negros; percibe su aliento amargo y vahoso persuadido por la omnipotencia del tabaco de una marca norteamericana que por primera vez consume. Los diarios del puesto, que se encuentra en diagonal suya, advierten la posibilidad cercana de una segunda vuelta electoral, en una contienda política que nunca le había interesado lo suficiente. Ignacio es interpelado por una joven rubia de ojos oscuros, y cabello corto hasta la altura de sus hombros, aparentemente el estruendo de un efímero pero inoportuno relámpago no lo ha dejado escuchar su petición; observa como la joven sonríe tímidamente buscando complicidad, ¿Fuego me prestaría? Pareció escuchar ahora Ignacio, quien introduce nerviosamente la mano mojada en el bolsillo de su saco gris para ofrecerle un encendedor casi acabado, que sabe causará dificultades. Las chispas saltan, una y otra vez, el dedo insiste con mayor intensidad, al parecer lo logrará, su vista se ha clavado en la punta resplandeciente del cigarro, el amarillo se intensifica hasta tornarse dorado, y ante el suave sonido de absorción, sus labios rosados de bella actriz belga exhalan un humo subsumido por el verde, casi rojizo, de las pupilas de Ignacio.
 El golpe seco de nudillos en la puerta, seguido por una ronca voz que retumbaba en un ¡vamos!, la cual ha quebrado su somnolencia. Recoge sus pantalones del suelo, un matiz bordo recubre las baldosas frías de la habitación del burdel, en prontas horas estará en Córdoba, de la provincia de la que nunca debió irse, la que lo vio nacer, jugar a policías y ladrones con los hijos de la Tota, con quienes se había peleado por haber dicho que su hermana tenía “lindas tetitas”, de nada le sirvieron, hace tiempo dormida en el cementerio de Villa María. Doscientos pesos enrollados a los pies de la cama, demasiada guita para una trolita de la ruta, pero la realidad es que el concepto de valor flaqueaba desde hacía tiempo en su interior.

III

No es de tarde ni de noche, es algo intermedio que parece aproximarme a otros márgenes de realidad, a llanuras despobladas ávidas por las huellas de caminantes honestos, la música del río besando la orilla de tierra que mis pies cruzados demarcan,  el aire sincero que llenan mis pulmones y sosiega mis ideas.
El motor a punto de estallar intenta hacer un último esfuerzo en vistas a la cercanía de la meta, el viejo panzón ha amanecido sonriente, su semblante rojizo parece haber alcanzado cierto matiz anaranjado, un color cercano a la calidez. Ya no llueve ni lloverá, aunque mis zapatos se han estropeado, perdieron su brillo peculiar, se arrastran como orugas por veredas húmedas, que serpentean vasos de lata tintineando efímeros centavos, ladridos de canes amoldados a la finura de sus excéntricos amos. Ya atravieso la calle Salta, un busca de un orden de vida que quise perder, titulares televisivos anuncian el retiro de un candidato a la segunda vuelta, aunque no escuche más que el crepitar de las garrapiñadas a punto de despedazarse en la boca de un niño carioso. El portero me saluda sorprendido por mi aspecto desgarbado, mientras camino, sus ojos se detienen en mí, hasta perderlo al abrirse el ascensor.
Ignacio baja de la camioneta, su memoria parece haber recobrado ciertas piezas perdidas. En tanto el viejo panzón busca desenredarse los vellos púbicos sin disimulo alguno, al costado del camino, ya urbano; Ignacio observa hacia el cielo como intentando mirar el desenlace de un suceso que el inagotable celeste se niega a explicitar, es como un cielo familiar, cercano. Y aunque le desagrade un poco estrechar la mano de su compañero de ruta, quién le dice dónde encontrarlo (un bar llamado la Petisa); el ruido de la puerta del vehiculo al cerrarse lo alerta, Ignacio en medio de la gente que va y viene, su camisa arrugada hacia afuera, sus zapatos sin brillo.
Y la puerta del ascensor se abre, de frente al número 35. Busco la llave en mi pantalón impregnado de olor a genitales y humedad, pero no lo hallo, renuncio a un par de golpes en la puerta. Alguien se aproxima. Mi mujer abre la puerta, queda absorta sobre el marco de la entrada, negando de alguna manera mi recepción, parece analizar cada parte de mi ser en cuestión de segundos, ¿De dónde vengo’ ¿Qué hice? ¿A qué fui? Son preguntas que no voy a responder, son miradas que no pienso soportar, bofetadas que no basta con evitar. Y mis manos se terminan de desprender de su cuello inerte y colorado, no volverá a respirar.
Ignacio camina por las mismas calles resquebrajadas, el chirrido de la grasa al caer sobre el carbón, la radio sobre la oreja de un anciano sentado frente a una puerta, al parecer el árbitro era demasiado localista. Abre la pequeña traba de la reja cuyo pasillo lleva a su hogar. Ignacio ya puede escuchar a su hermana cantando Janis Joplin, el agua en borbotones de los ñoquis caseros, y su cuarto, plagado de fotos de escritores por todas las paredes, desde Kafka hasta Bioy, con su simpática mueca de elegante soñador.
Por contrario yo ya no sueño, atravieso un cúmulo de percepciones grisáceas y nauseabundas, de orina ardiente y humo de marihuana; entre rejas por un delito que no estoy seguro de haber cometido, quizás sólo me haya caído mal el helado de limón con alcohol y mi perturbada imaginación proyecte una ilusión al contemplar el fondo del inodoro, o puede que pronto despierte de la siesta en el sillón comedor, luego de los ñoquis, y mi hermana me zamarree para jugar al truco con los amigos del abuelo, con los zapatos sin brillo, sin mas trolitas de ruta, aun cuando no haya segunda vuelta y alguien en algún bunker levante la mano triunfante a un cielo inagotable.

Marvel Aguilera
28 de julio de 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario