sábado, 26 de noviembre de 2011

Inciso


Inciso



Marvel Aguilera












Había llegado hacia unos pocos minutos atrás, algo sudado, puesto que el calor posterior a la tormenta, la que adoquinó los cielos durante toda la semana, suele ser un tanto más bruñida al resurgir. Me dijeron que pasara hacia el fondo, era una señora tímida y elegante, quien intentaba evidenciar un cordial gesto, superficial pero necesario, a la cual no logré elucidar al instante, pero que posteriormente rememoré en mi imaginario como la tía Elga, aquella que tenía una linda casita en Chapadmalad, la misma que llevaba a sus lanudos perros en un auto familiar para todos lados. Las ventanas del pasillo estaban abiertas por la mitad, en ese tránsito de retratos y espejos, ya podía, aunque espasmódicamente, oír el cotorreo embozado de voces femeninas, casi al borde del susurro; el tintineo de los gruesos vasos, puede que de blancas bebidas, comprendí que se estremecían casualmente; también las corridas abstraídas de los niños de los allí presentes. Tuve que saludar penosamente a la mayoría de los concurrentes, salvo a algunos extraños individuos que, apretados tensamente contra la columna que daba a un pasillo, parecían centrados en una reunión secreta, intentando evitar el escollo de estar en ese espacio exacto de la residencia. Me senté en una silla adyacente a una amplia ventana, el sol molestaba la visión, apoyé mi codo en su abertura mediana. Al lado mío reconocí al Grueso Ramírez, todavía se podía constatar la espesura de sus manos, la voz abatatada y el cuello de pavo, ahora disimulado por una ajustada corbata a rayas; me hablaba intermitentemente, como si pensara demasiado sus palabras: ¿Tu familia bien? El elevado percutor solar invitaba placidamente al goce del ego de territorios ocupados, quizás remediara su explayante soledad; los malvones de la señora Dora siempre dignos de encomio, sobre el blanco paredón, prestos espectadores del revolotear infantil; eran cuatro o cinco, creo que uno de ellos había ido al baño, su mamá lo llevaba de la mano a paso ligero. Lo cierto es que mientras el café se introducía hondamente en mi garganta, el decoro de sus enfervorizados alaridos parecía trasladarme de eternidad a eternidad, al inmenso patio de la tía Elga, en un verano de Chapadmalad del cual no recuerdo el año, donde Carola todavía estaba, niña y radiante melodía, donde sus ojos verdes se mimetizaban por el inaprensible follaje de los viejos árboles, iterativos pero no menos impresionantes, de la plaza de enfrente, donde su angelical expresión de luminosidad la acompañaba mientras nos escondíamos, como cotidianamente lo hacíamos, con Walter Arriola y La Carmencita; yo ya había cumplido los diez, de eso estaba seguro, sé que mi viejo me había complacido regalándome unos blue jeans por primera vez, ese verano apacible lo recuerdo con ellos, jactancioso; masticando la pasta flora de la tía Elga, ya entrada la tardecita, empujándola con el mate cocido que nunca mas volví a tomar; refugiado agazapante en el escondite que había estado elaborando desde hacia ya unos días, en una tasa de té de calesita, destruida y de boca abajo, abandona seguramente desde hacía tiempo, al lado de unos matorrales, aun cabía en ella, por mas que me considerara mayor para ese divertimento; lo cierto es que allí me atrincheraba, a esperar una vía libre, juiciosamente, hacia el lozano paredón de mi precoz libertad, sin embargo a ella no la veía, pensaba que de seguro buscaría primeramente a La Carmencita, puesto que no soportaba que ella ganara, posiblemente por celos de niñas, o porque presuponía, y puede no equivocadamente, que era la mas avispada de los tres.
¿Y el laburo... seguís en la empresa? Los hombres reunidos místicamente se habían disipado; alguien de los allí sentados había lanzado al aire la posibilidad de que sonara algo de música, no se si escucharon su pedido, calculo que no porque nadie se movió de su quehacer, pero igualmente me preguntaba qué podría sonar si así fuera, quizás Schubert fuera correspondiente al acontecer, aunque ella, con holgura, elegiría algo de Herbie Hancock, no de sus inicios funk que ya le irritaban, sino de su calido material mas reciente. Lo cierto es que en esas caras pálidas que desfilaban, como si ellos fueron protagonistas, manoteando aperitivos sin cuidado alguno, me vi hilvanando el recorrido emponzoñado de mis prontos pasos, al atravesar los arbustos que entorpecían la visión ajena, hacia mi manido pero certero ocultismo, pero en ese momento una pequeña y delicada mano, de uñas rosa y oscuro pelo que caía sobre sus hombros, despejó velozmente ese torpe ramaje adjunto, y me vio ahí sentado sobre mis rodillas en medio de la tierra seca, absorto y humillado, sin embargo ella me sonrío complacientemente, se acercó con ternura y me dijo que no iba a decir nada, que me quedara tranquilo, ya que prefería que ganara yo antes que La Carmencita; en esos segundos sentí sus labios contra los míos por primera y única vez, no se porqué lo hizo, nunca supe de una posible atracción, tan sólo me conformé con que fuera real, lo cierto es que después de ese beso, tibio y parco, quedé tieso y vacío, como si cualquier expectativa venidera fuera a burlarse de ese mágico acontecer, no se qué había sentido exactamente, era un beso de niños, pero era un beso al fin de cuentas, creo que sus labios tenían gusto a chicle de fruta, o eso quería pensar, pero quizás no hubiera gusto alguno sino como una pura inocencia toda arrojada contra mi ser, entre su agitada respiración; la impredecible palmoteada a un ingenuo chiquillo que daba cuenta de que todavía no era un hombre por tener puestos unos blue jeans.
“Estas cosas pasan, uno no las ve, no las conoce hasta que te tocan de cerca”. Me levanté bruscamente, disculpando la interrupción, dije que quería tomar un poco de aire, lo cierto es que no quería hablar ni escuchar nada en particular. Sentado en el sillón principal estaba el petulante Diego Chávez, pariente lejano o conocido de la familia, ya no lo recuerdo; fumaba un cigarrillo inclinado hacia atrás, con las piernas cruzadas, de seguro narraba historias nunca ocurridas, de miradas jamás encontradas, de senderos no recorridos. Aun no quería pasar hacia el fondo, prefería sumergirme en vaivenes nostálgicos, dichas atesoradas en el inconsciente, gastadas con premura y arrebato, quizás como alivio, aunque seguramente a un alto costo.
         Percibía muchos olores, el mejunje del ambiente hogareño y el humo, fragancias delicadas impregnadas en femeninos cuellos, el aliento insoportable a whisky sin hielo, algo de incienso sobre el aire, pero nada guardaba un cierto parecido a los tibios e infantes labios de Carola, ese gusto a chicle de fruta, o algo similar, el que aún respiraba intentando introducir mi labio hacia adentro de mi propia boca, como si quisiera ingerir el beso depositado en mi existencia esa tarde, refugiado en esa rotosa tasa de te; mientras La Carmencita llegaba a la pared para ganar las escondidas, como siempre solía hacerlo; pero el único ganador en esa tarde había sido yo, nadie nunca tendría ese premio, aunque sólo era eso, sólo un premio que nunca tuve el coraje de abrir; y el tiempo pasó: el movimiento de las familias, casi mecánico; las idas y vueltas de mis padres, mas por sus propios miedos que por mí; la casita de Chapadmalad quejumbrosa ante el cartel de ventas colgado en su frente, sucumbida por la infame hiperinflación; y la suavidad que se perdía, que se achicaba con los años, al tiempo que se refugiaba en labios rugosos y adultos, sensuales o deseosos, pero jamás ofrecidos con la plena ternura de Carola, de esa Carola que ya no era, o que no estaba.
         Prendí un cigarrillo en el umbral de la puerta, se hacía tarde y el calor se adormecía; al final sí salí a tomar aire, aunque no sólo del puro. El Grueso Ramírez se había levantado y se encaminaba hacia el baño, con su cuello de pavo, caminando como un pavo, hablando intermitentemente como un pavo, a picotazos. Y un auto reluciente que se detenía frente a la casa, llegaba todavía mas gente, y seguro seguirían llegando, apenada o ansiosa de mostrarse, de cumplir, me preguntaba ¿Con qué? Puede que con el apaciguamiento del veneno del rumor que tanto quema, de esas palabras peligrosas que ya iban y venían, buscando voces irascibles; de la señora Dora levantando unos platitos de sobras, como tantas veces lo había hecho, pero no, esta vez no era igual, esta vez no levantaba los platitos, esta vez no estaba, se había ausentado, y nadie le hablaba a ese cuerpo desconocido, porque ya estaba todo dicho, por lo menos lo que se tiene que decir, o al menos lo que se pretende que el otro escuche. Y un par de ancianos coquetos me saludaban, no me conocían ni yo a ellos pero ofrecí mi saludo fraternal, sentido, de seguro en algún punto sí los conocía. Diego Chávez seguía hablando y ahora parecía invitar a los recientes ingresados, que aún seguían saludando; yo estaba por encender otro cigarrillo, ese mismo que fumaba sosteniendo las “Noches Blancas” que acababa de comprar en el centro, esquivando la muchedumbre dolosa que encadenabase como cada día a las calles, adornadas con panfletos y banderas, pidiendo clemencia y dignidad, el regreso del pan vendido a los gringos, quienes ya tenían mucho pan pero preferían atracarse. Y la encontré entre tantos rostros, posiblemente porque la estaba buscando, aun si no estuviera; ya era una mujer, ni siquiera una adolescente, ahora usaba modernos lentes y el pelo recogido, el que ya no le caía por los hombros, pero que era igualmente bello, y la hacia bella, que me permitía concentrarme en sus verdes ojos tras los cristales, en sus labios que nunca mas poseería. Trabajaba en una perfumería y estudiaba abogacía, sus viejos habían perdido el empleo con las privatizaciones, sin embargo era la misma, era ella aunque protestara desencajada en busca de justicia, por más que compartiera un cigarrillo conmigo, desviándonos por entre las calles de Almagro, hasta sentarnos en un banquito, entre verde y piedras, frente a las vías, sólo los dos, Carola y yo, un trago de café al coñac de una petaca, y ese hondo silencio que provoca la expectativa permanente del tren que se avecina, que se apronta pero que también espera, aguarda que esas dos personas de una vez actúen, que se vean y recuperan esa magia que tenían hace diez años atrás, aunque fuese sólo un instante; pero eso no sucedió, no pasaría, por la diferencia de ideas, por la extrañeza de nuevas muecas, por la puta abogacía; y el tren pasó ante mis ojos cobardes, y yo ya iba en él, sentado y observando por la ventanilla, no estaba mas con ella, o puede que nunca hubiera estado realmente, quizás todavía siguiera tras esa tasa de té volcada, en esa placita de Chapadmalad, esperando a que ella volviera, pero no volvía porque buscaba a La Carmencita que se le escabullía hacia la pared, ante los gritos de Walter Arriola ya descubierto y fuera de juego.
         Un fuerte sentimiento de agonía atravesó mi pecho. Fungible, mi cigarrillo cayó al suelo en el umbral de la residencia. El tiempo se agotaba, y debía pasar hacia el fondo, aunque no quisiese; porque sería el final de mi lozana nostalgia, de la miscelánea disposición de imágenes entrelazadas en el abrir y cerrar de ojos, sin embargo caminé hasta allí por el pasillo, esquivando sutilmente a los elegantes ancianos, quienes anteriormente había saludado y que ahora aguardaban, con seguridad, la acogida de la señora Dora. La luz del ambiente parecía disminuir a medida que avanzaba y el silencio se estrechaba estrepitosamente contra mis pálidas mejillas; como la helada tan recurrente del ultimo invierno, en donde la vi salir de la clínica privada cerca de casa, desgarbada, con una bufanda blanca y un gorro de lana que cubría su calvicie; me miró, ya no con esos ojos verdes destellantes que me envolvían y me hacían sentir tan ínfimo, sino con una tibia timidez, bajo una sufrida pena y la impotencia de no poder seguir siendo la misma Carola, aunque fuese ella; Carola y yo y la irremediabilidad del tiempo, el cigarro que quiso tercamente prender mientras volvíamos por la ancha avenida Directorio, ante las pocas palabras que intercambiábamos; sus manos congeladas que buscaban afligidas a las mías, el embotellamiento que nos hizo deambular por entre los bocinazos de los vehículos; sus labios marchitos, quizás sin gusto a chicle de fruta, pero que me decían que tenias miedo, y yo que tuve mas miedo aun al escucharte, quedándome lastimosamente paralizado, intentando configurar señales conscientes de apoyo, sosteniéndome en el fulgor  de todo lo que habíamos vivenciados juntos.
Y terminé de abrir la puerta, ya entreabierta, posiblemente porque alguien había salido recientemente; el chirrido desesperante al cerrarse paulatinamente, y mis ojos inflexibles, abroquelados a la única señal de vida de ese oscuro cuarto, un signo de vida que no era mas que el de una joven fallecida; tendida boca arriba, esperando que yo la viera como lo hacía precisamente; sin embargo no estaba ahí, por mas que su cuerpo seco siguiera inerte, esperando el definitivo descenso a la naturaleza primera de donde hace siglos habíamos emergido, empero ella correteaba vivazmente, andaba en el inmortal encanto de perseguir la sombra de La Carmencita, sin embargo yo nunca salía de mi escondite, sólo la observaba tras las malezas, agazapado, así como la había visto, causalmente, en medio de esa muchedumbre ávida de reclamos: su puño enérgico al aire, el grito encontrado que estallaba contra las inmensas fachadas de decadentes instituciones, y que retumbaba una y otra vez; y yo, no obstante, prefería esperarla en esa inmunda tasa de té, como un cobarde, ansiando infantilmente esos labios suaves que, tiempo después, se fundirían en la boca del parlanchín de Diego Chávez, por mas que ella dijera que no era nada serio, era, y lo mío no, lo nuestro había sido en algún rincón perdido del espacio y el tiempo, sólo un instante, hasta puede que no significase nada para ella, aunque no lo supiese con certeza, y tampoco podía preguntárselo ya, por mas que lo hiciese mentalmente, mirando detenidamente sus parpados cerrados, aguardando que respondiese que sí, que ella había sentido lo mismo y que había temido no encontrar ese hondo sentir en mí; pero los caminos se bifurcaban nuevamente y envilecían el reposo prospero de nuestras almas, su frágil y desgarbada mano que se envolvía contra la mía, la cabeza apoyada dulcemente contra mi hombro mientras me contaba que tenía miedo, el cómo lloraba Dora por las noches, la carrera que no podrías ejercer, la lucha contra un enemigo que está en uno mismo. Y yo que al fin me animaba a salir de mi refugio, con mis blue jeans a cuestas, pero lo cierto es que ya no había nadie, la plaza estaba desolada, ni Carola, ni Walter Arriola ni La Carmencita; sólo el leve movimiento pronto a cesar de las hamacas a lo lejos. Pensaba que posiblemente se fueran porque los llamara la tía Elga para tomar el mate cocido con pasta flora, y después jugar al buraco; por la noche la copita de aniz que nos dejaba probar de a sorbitos y los cuentos de terror precariamente inventados por Walter, en compañía de risas y oscuridad. Pero cuando llegué hacia el fondo comprendí el final, el final de mi pequeño universo; era el disfrute de extraños personajes en la casita de Chapadmalad, la brutal represión contra el honesto avance popular, los discos funk de Herbie Hancock, la tasa de té olvidada, ida en el acoplado de algún transporte de chatarra; y el miedo que me congelaba, sus parpados cerrados que no se abrían y ya no lo harían mas; las palabras de amor deglutidas, la leucemia, la puta abogacía, sus manos que se apretaban lo mas fuerte que podían contra las mías, el tren que pasaba frente a nosotros, en algún lugar de Almagro; y quizás en su reflejo nos besáramos, mas apasionadamente que  aquel día en la placita de Chapadmalad, aunque ganara La Carmencita, por mas que su labios ya no sabiesen a chicle de fruta, a pesar de que fuera sólo un recorte aislado y atemporal de nuestras vidas.


Marvel Aguilera
24 de Septiembre de 2010.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Treguas

Treguas

I

Sensato como el abuelo contemplando la puesta del sol; de un atardecer embadurnado, del oleaje de ideas que vuelven y se van. Mi libros y el olor a tierra, salpicada por mares de playas vírgenes, por la fuerza de mis sobrinos  que sudan murmullos divinos: Nada hay fijo en la fugaz vida de este mundo ¡ni el dolor ni la alegría! (Schopenhauer). Las pestañas pesan como riscos; un etéreo suspiro, y el aroma santurrón de la pereza que retoza a mi lado, me palmea y me invita a soñar.

II

Tras los peñascos, el canto de las ninfas tensa mis cabellos. Camino en la estrechez de calles subsumidas por el hastío, espectros sin guía que trepan rascacielos: anhelando perdones, tragando trozos de su carne muerta. Despierto en el seco otoño; el café emparchando muecas, los acordes difusos de mi hermano mientras avivo mis manos por el vívido calor de mi aliento. Las eras se suceden en alternos universos y, morigerados por el tiempo, se estampan en páginas de manuales como retratos amarillos, como ecos de frases inentendibles.

III

Naufrago en las aguas caídas de tus ojos; el viento mece las imágenes de infancia que retengo tercamente, ¿El río sin orillas? (Saer). La ribera recibe mis viejos pecados: la gula por el júbilo, la ira del destierro, la soberbia de respirar un aire ajeno, extraño. La razón no es más que la pesadilla del soñador.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Novilunio

Novilunio
(Al costado de la ruta)











I

En vespertinas premeditaciones, Ignacio vuelve del trabajo agotado, como siempre, abrumado por el sofoque del transporte, por un atardecer que envejece a cada instante; entre los recuerdos de su padre vomitando hediondamente sobre el inodoro del baño, anteriormente a que su hígado colapsara. El invierno se empecinaba en ser él mismo. Ignacio, en su parca rebelión, compra una salchicha en la estación del ferrocarril Chacarita, espanta las palomas de algunos zapatazos al aire, ve que el tiempo no corre demasiado rápido como cuando disfruta de su actividad, puesto que es obtuso y caprichoso. Ignacio ha terminado de leer La muerte en Venecia de Thomas Mann, un obsecuente de Nietzsche, le resulto demasiado elitista y poco fáctico, una bella pero inevitable presunción. En su casa lo espera su esposa, quien sufre un inesperado esguince de tobillo debido a su quehacer gimnástico; Ignacio no desea verle su rostro insatisfecho, con sabor a poco, no soportaría fornicarla por compasión. Ignacio observa momentáneamente la televisión a través de los escaparates  de un comercio de la avenida principal: otra batalla sindical, otro mañana parecido al ayer. Entra a tomar una cerveza sobre la calle Juan B. Justo, come unas papas fritas algo secas mientras espera, tiene intensos deseos de acostarse con una puta, muy sucia, pero sabe que debe llegar a su hogar.
La cerveza no estaba bien fría; quizás de tantos vehículos que anduvieran a gran escala por allí, alguno pararía para hacerlo subir, y él haciendo burdamente dedo, tomara sus pequeñas pertenencias y emprendiera un viaje sin un destino fijo, aunque puede que lo llevasen hasta algún lugar como Córdoba, de seguro manejaría un panzón barbudo de expresión grotesca, rascándose constantemente los genitales, fumando con la ventanilla baja donde apoyara su codo izquierdo.
Desfilan las luces raudas en la soledad de una carretera sin nombre, en el inusitado parpadeo impreso por la velocidad del viento; el grotesco sujeto arrojaba por la ventanilla una colilla de cigarrillo que parecía quemarle ya los dedos, expeliendo un humo casi negro por sus gruesos y morados labios. La cerveza ya estaba caliente.
Nos detenemos a cargar gasolina, veo de pasada a una mujer en minifalda acompañada por un viejo desagradable de lentes oscuros. El hombre que atiende parece estar muerto, más aun por su carencia de dientes delanteros. Ignacio se dirige al baño de la estación de servicio, orina parado en una letrina amarillenta por el poco lavado, se acuerda de cuando se agarro a trompadas con el Turco Domínguez, de la sangre en su labio, del llanto en la esquina de la habitación de su hogar. El viejo de lentes le toca abruptamente una nalga a la mujer de falda, mientras el panzón de la camioneta me espera haciéndome unas extrañas señas en le medio de la ruta. El viento helado me acongojaba.
Es tarde y su esposa lo esta esperando, le ha dejado encargado medio kilo de helado de limón, de seguro para mezclarlo con alcohol. Ignacio se cierra la bragueta en el sucio baño, se mira fijamente al espejo y no se reconoce, parece mucho más canoso y con pronunciadas ojeras. La cerveza ya era imbebible. El viejo panzón acelera a ritmo definido, parece avanzar por el medio de la nada, sin embargo saca la cabeza hacia afuera y escupe amargamente desde lo mas profundo de su garganta. No hay árboles ni estrellas, solo una lumbre artificial generada por los reflectores de la camioneta y el cigarro a medio consumirse de la boca gruesa y morada de aquel sujeto. Ignacio pide medio kilo de helado de limón a una muchacha de ojos claros que le resulta muy atractiva.
La madrugada se eterniza, el sol no cae. Los ojos verdes de la vendedora le recuerdan a los de Melisa, su primera novia. Pararían en un pequeño burdel, de luces azules y fosforescentes en su frente; entrarían por una puerta ancha que los trasladaría a través de un oscuro pasillo, dócil al letargo. Ignacio seguiría al viejo panzón, a el fulgor de su cigarro, sin embargo ese humo parecía posesionar el efímero oxigeno aun vivo en ese acueducto. Ignacio sale  de la heladería. La noche lo ha acorralado.

II

La lluvia brota como erupción desde lo profundo del firmamento, choca percutiendo contra los ojos de huevo de Ignacio, de un verde indómito, reacio al pestañeo; se detiene unos instantes en la esquina de la Diagonal norte, se siente acorralado. Ignacio marca su camino a través del zapateo acuático de sus pasos al asomarse la tarde. No ha vuelto a su hogar, rememora en su cabeza las posibles situaciones que pudieran de haber provocado su ausencia: el pánico novelesco de su mujer, la displicencia de sus padres, amalgamando un resignado: esos amigotes que tiene le hacen perder la cabeza.
Ignacio saca un cigarro, un tanto húmedo y arrugado, lo enciende con dificultad, recupera un halo de calidez gratificante en su pecho; bordea caminos de truscos pavimentos en reparo, presunto proselitismo pre – electoral, y se achata como un bicho bajo un pequeño toldo verde perteneciente a una moderada, pero a su vez paqueta, panadería: Don marco reflejaba el frente del escaparate; y entre éste y su reflejo latente, los ojos de huevo de Ignacio, cansados, se cierran; pródigos vividores de un pernoctar ínfimo, del saboreo de unas cortas horas de hotel de pocos galardones: cama, espejo y una compacta televisión colocada en un soporte de la parte superior de la habitación; el final de una película de Cronenberg, y largos minutos de pornografía mecanicista, como el motor de una vieja locomotora que vira en un movimiento continuo.
Y allí me veía fornicando por el culo a esa trolita veinteañera, aunque dijera tener dieciocho, esa que el desagradable panzón me había señalado, como si tuviera mentalmente un inventario de la salubridad de las mujerzuelas, una intuición inmediata del panorama de ese rojizo recinto al costado de la ruta.
Ignacio aguarda turbado el cese del diluvio, se siente sucio y deshilachado, ha dormido y todavía tiene puesta la misma ropa con la que ha ido a trabajar el día anterior, su traje gris y los zapatos negros; percibe su aliento amargo y vahoso persuadido por la omnipotencia del tabaco de una marca norteamericana que por primera vez consume. Los diarios del puesto, que se encuentra en diagonal suya, advierten la posibilidad cercana de una segunda vuelta electoral, en una contienda política que nunca le había interesado lo suficiente. Ignacio es interpelado por una joven rubia de ojos oscuros, y cabello corto hasta la altura de sus hombros, aparentemente el estruendo de un efímero pero inoportuno relámpago no lo ha dejado escuchar su petición; observa como la joven sonríe tímidamente buscando complicidad, ¿Fuego me prestaría? Pareció escuchar ahora Ignacio, quien introduce nerviosamente la mano mojada en el bolsillo de su saco gris para ofrecerle un encendedor casi acabado, que sabe causará dificultades. Las chispas saltan, una y otra vez, el dedo insiste con mayor intensidad, al parecer lo logrará, su vista se ha clavado en la punta resplandeciente del cigarro, el amarillo se intensifica hasta tornarse dorado, y ante el suave sonido de absorción, sus labios rosados de bella actriz belga exhalan un humo subsumido por el verde, casi rojizo, de las pupilas de Ignacio.
 El golpe seco de nudillos en la puerta, seguido por una ronca voz que retumbaba en un ¡vamos!, la cual ha quebrado su somnolencia. Recoge sus pantalones del suelo, un matiz bordo recubre las baldosas frías de la habitación del burdel, en prontas horas estará en Córdoba, de la provincia de la que nunca debió irse, la que lo vio nacer, jugar a policías y ladrones con los hijos de la Tota, con quienes se había peleado por haber dicho que su hermana tenía “lindas tetitas”, de nada le sirvieron, hace tiempo dormida en el cementerio de Villa María. Doscientos pesos enrollados a los pies de la cama, demasiada guita para una trolita de la ruta, pero la realidad es que el concepto de valor flaqueaba desde hacía tiempo en su interior.

III

No es de tarde ni de noche, es algo intermedio que parece aproximarme a otros márgenes de realidad, a llanuras despobladas ávidas por las huellas de caminantes honestos, la música del río besando la orilla de tierra que mis pies cruzados demarcan,  el aire sincero que llenan mis pulmones y sosiega mis ideas.
El motor a punto de estallar intenta hacer un último esfuerzo en vistas a la cercanía de la meta, el viejo panzón ha amanecido sonriente, su semblante rojizo parece haber alcanzado cierto matiz anaranjado, un color cercano a la calidez. Ya no llueve ni lloverá, aunque mis zapatos se han estropeado, perdieron su brillo peculiar, se arrastran como orugas por veredas húmedas, que serpentean vasos de lata tintineando efímeros centavos, ladridos de canes amoldados a la finura de sus excéntricos amos. Ya atravieso la calle Salta, un busca de un orden de vida que quise perder, titulares televisivos anuncian el retiro de un candidato a la segunda vuelta, aunque no escuche más que el crepitar de las garrapiñadas a punto de despedazarse en la boca de un niño carioso. El portero me saluda sorprendido por mi aspecto desgarbado, mientras camino, sus ojos se detienen en mí, hasta perderlo al abrirse el ascensor.
Ignacio baja de la camioneta, su memoria parece haber recobrado ciertas piezas perdidas. En tanto el viejo panzón busca desenredarse los vellos púbicos sin disimulo alguno, al costado del camino, ya urbano; Ignacio observa hacia el cielo como intentando mirar el desenlace de un suceso que el inagotable celeste se niega a explicitar, es como un cielo familiar, cercano. Y aunque le desagrade un poco estrechar la mano de su compañero de ruta, quién le dice dónde encontrarlo (un bar llamado la Petisa); el ruido de la puerta del vehiculo al cerrarse lo alerta, Ignacio en medio de la gente que va y viene, su camisa arrugada hacia afuera, sus zapatos sin brillo.
Y la puerta del ascensor se abre, de frente al número 35. Busco la llave en mi pantalón impregnado de olor a genitales y humedad, pero no lo hallo, renuncio a un par de golpes en la puerta. Alguien se aproxima. Mi mujer abre la puerta, queda absorta sobre el marco de la entrada, negando de alguna manera mi recepción, parece analizar cada parte de mi ser en cuestión de segundos, ¿De dónde vengo’ ¿Qué hice? ¿A qué fui? Son preguntas que no voy a responder, son miradas que no pienso soportar, bofetadas que no basta con evitar. Y mis manos se terminan de desprender de su cuello inerte y colorado, no volverá a respirar.
Ignacio camina por las mismas calles resquebrajadas, el chirrido de la grasa al caer sobre el carbón, la radio sobre la oreja de un anciano sentado frente a una puerta, al parecer el árbitro era demasiado localista. Abre la pequeña traba de la reja cuyo pasillo lleva a su hogar. Ignacio ya puede escuchar a su hermana cantando Janis Joplin, el agua en borbotones de los ñoquis caseros, y su cuarto, plagado de fotos de escritores por todas las paredes, desde Kafka hasta Bioy, con su simpática mueca de elegante soñador.
Por contrario yo ya no sueño, atravieso un cúmulo de percepciones grisáceas y nauseabundas, de orina ardiente y humo de marihuana; entre rejas por un delito que no estoy seguro de haber cometido, quizás sólo me haya caído mal el helado de limón con alcohol y mi perturbada imaginación proyecte una ilusión al contemplar el fondo del inodoro, o puede que pronto despierte de la siesta en el sillón comedor, luego de los ñoquis, y mi hermana me zamarree para jugar al truco con los amigos del abuelo, con los zapatos sin brillo, sin mas trolitas de ruta, aun cuando no haya segunda vuelta y alguien en algún bunker levante la mano triunfante a un cielo inagotable.

Marvel Aguilera
28 de julio de 2011

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Sollozos

Sollozos

Llanto mesiánico, feroz humanismo.
Pavor tiránico, naufragio, caída;
Fluyen los mares, de incontables guarismos,
Y lloran los fieles la esperanza perdida.

Llanto femenino, virilidad homicida.
El árbol madre con sus brazos cubre el camino;
Y en el vientre el fruto de la tierra: la vida,
Que en desnuda soledad es cubierta por ropas de lino.

Llanto de infante, ¿Nacer un castigo?
Incomprensión galopante, imaginar: un mundo aparte;
De juguetes, de trabajo, de mocos, de frío;
La sonrisa y sus ojos grisáceos su obra de arte.

Llanto de muertes, de negros vestidos.
Los tiempos sin suerte, inevitable mañana del amor unívoco,
Insomnio e histeria, licores bebidos;
Rezan y esperan que sea el presente un equívoco.

Marvel Aguilera
02 de noviembre de 2011

martes, 1 de noviembre de 2011

El Jaque

El Jaque

Renegrido el ideal, cuadriculado estandarte;
La poesía lúdica intima la moción sin aliento,
Sangre de alfil derramada, frágil el peón es barrido por el viento;
Amas en silencio, ¿Y acaso la lógica es tu arte?
Si pecar es sincerarte, el enfoque como anhelo: mi último solvento.

Rumbos sinuosos, raídos senderos andados,
Galopan potros saltando rostros, figuras y pozos;
Altas torres de esclavos callados, el deseo de libertad su grito sagrado;
Cesan las armas, la piel sudada, el reino es un retrato olvidado;
Las lagrimas moradas que el rey ha emanado, ¿La última jugada es la muerte celebrada?

El fango del presente, el triunfo de lo pensado;
El cadáver frío del rey el resultado del eterno mismo acontecer;
La guerra matemática no tiene tiempo, memoria ni pasado,
Son dos ancianos sentados, el destrozo de un niño enfadado;
Es candor, es alma, pero ¿Es cruel el saber?
A lo lejos tu paso cansino, mañana: el deseo recobrado.


Marvel Aguilera

domingo, 16 de octubre de 2011

Costas perdidas

Costas perdidas


Sol poniente, iracundo destello encallado,
Vapor inclemente, lustre rumor: destino olvidado
Insincero adiós el de los mares bordeados,
Por el oro en la planta de los pies, por la sal de los labios de mañana y ayer.

Un eclíptico universo nos ha encontrado,
El verde de las rocas, el olor de tus rizos mojados;
Mercaderes pululan, niños y grandes, diferencias de lado;
Germinan las huellas pintadas, de castillos y torres,
¿El laberinto que los cubre nos habrá alejado?

Robustece el mañana, el calor ha templado,
La sombra acaece en un oleaje frustrado;
Respiro el aliento de tus palabras, ¿El otoño las ha secado?
Las luces que viven y el sol: derrotado, comentan tu ida, mientras el agua cosquillea mis pies a la deriva.

Marvel Aguilera 16 de octubre de 2011

sábado, 15 de octubre de 2011

Hipogeo



Hipogeo




Marvel Aguilera












         Modorra. Mis parpados se habían cerrado exánimemente; el alivio menguante de la falta de un, siempre circunstancial, entorno; de un mundo arremolinado, terrenal, en el cual debía brotar, prodigo o muleto. Estaba solo y existente, aventurado en minúsculos destellos de vida de un apremisible despertador, y su luz roja y enfática, en la insulsa y hogareña costumbre de escuchar el estridente ruido de los motores de los vehículos andantes que, en el libre albedrío de madrugadas sagaces, lograban hacerme imaginar puerilmente sus fachadas gravosas y sus escudos frontales. No se si realmente me acurrucaba tomando bajo mi brazo la última extensión de mi frazada o si es que un palo largo, indócil y flagrante amenazaba mi frágil humanidad desnuda, sobre un llano incoloro; fétida carne pronta a ser molida; huesos congelados sin el compás del alma, alarmantes del inminente impío zarpazo propulsado por un sujeto impasible, con insignias de batallas que quién sabe dónde ocurrieron, en qué páginas fueron narradas. El infrangible bigotón y mocetudo, ya había apaleado licenciosamente a varias pero singulares sombras, las cuales yacían laxas en esquinas paralelas, inhóspitas; posiblemente bañados entre sangre y lágrimas, abroquelados contra la misma mierda que ellos habían defecado, la que quizás le hicieran comer para que la volvieran a excretar. Ya no recordaba qué hacia allí, ni por qué causa, si es que la había; puede que tal vez creyeran que hacia algo ¿Algo? Si, algo. Por ahí había pensado de más, ya no lo sabía, ni me interesaba, sólo recordaba el presente lóbrego y estancado, ese ahora oscuro y demencial, los ojos blancos del verde opresor, iluminados por el claro de las rendijas de los barrotes de la única puerta que había; mis uñas carcomidas y coaguladas; el tibio vomito volcado hace unos instantes en mi pierna, de algo aun mas podrido que lo que había ingerido.
         Recuerdo que salía de la facultad, advenida la tarde, estaba algo más atrasado de lo normal, y la cuestión es que debía encontrarme con Vanesa en prontos minutos, con seguridad a tiempo no llegaría, pero no era mi culpa, el viejo Antonioni habíase extendido demasiado en su monólogo, hablaba del “ahí del ser como develacion del ser en el cuidado”, no se bien que quería decir con eso, de seguro pura presuntuosidad del facho alemán; prefería ya estar en casa, arrojado, no sobre el mundo, sino sobre el sofá cama, viendo como las ventanas se empañaban, y mi hermana hacia garabatos en ellas, y yo de seguro oyendo el chirrido de la pava en ebullición, ansiosa de ofrecerme otro café; los grillos del atardecer que pululaban por el pequeño jardín, aunque yo seguiría abstraído de esas banales ninfas, relativamente existentes, sumergido en vastas extensiones del “Our man in Paris” de Dexter Gordon, ese negro yanqui sí que era un monstruo con los vientos. “Animal”, me decía el bigotón mocetudo mientras me taladraba la nuca a palazos, y mientras más me cubría más intensos eran, “¿Vas a hablar putito? ¿Vas a abrir el pico o querés que te coja?”. Hacia frío, quedaba un día de necesario pragmatismo, hacia mucho frío, y era jueves; el millonario jugaba en unas horas, por la copa, contra los colombianos, tenia ganas de ver unos minutos al zurdito de las inferiores. Pero no se si lo podría ver, porque en a casa de Vanesa no miraban fútbol, ni siquiera su hermano Juancho, preferían ir a pescar a Chascomus o a Entre Ríos; nunca supe la gracia de congelarme durante mas de cinco horas al borde del río para perpetrar un pelagico inmundo e incomible. La llovizna empezaba a mojarme el rostro, se tornaba todavía más molesta que el brusco chaparrón, su imperceptibilidad irritaba, y yo sin mi piloto ni mi paraguas. Sonriente se sacudía los genitales para seguir salpicándome su orina, “Ya me la voy a cobrar putito”. Allí estaba, encogido, era todo un ser develado, un ser ahí; ahí en la mierda, meado y desnudo, mordiéndome la lengua para evitar el grito desencajado, ya sin rendijas de luz, las que me hicieran ver que no era parte de la oscuridad toda; oyendo unos llantos contenidos sobre el cemento, el golpe de cabezas contra las paredes; el fluir de la sangre como un domino por las grietas del suelo. Y yo cruzaba una Alberdi casi sin transeúntes, púdica; herida en su orgullo y refugiada en un solipsismo insulso, impropiamente argentino, nacido de la perceptible virulencia que emanaba el canibalismo del poder ilegítimo. Apretando bien los parpados parecía aún sentir el humo entrando por mi alcoba, del asado del abuelo Héctor en el patio trasero; el brit pop jactancioso que hacia sonar mi hermana mientras jugaba al solitario sobre la mesita del living; el “Canto a mi mismo” que bostezaba al lado de mi almohada, aun podía recordar:

“Soy del viejo y del joven,
Del necio y del sabio,
Indiferente y atento,
Maternal y paternal...”

Una luz ofuscante cegaba ya mi nítida negrura visual, posterior al marcaje caliente sobre mi piel, sólo bastaba apretar bien los dientes y anhelar que el gatillazo fuese certero y fulminante; “¿Darío Segovia es usted?”, yo ya no lo recordaba, mis pavorosos recuerdos de ser pensados, estaban subyugados a un exceso de realidad vivencial, alienado de cualquier signo de humanidad, pero el inconsciente deseo de partir fuera de esa perrera, de volver a ser, hizo que levantará temblorosamente mi mano derecha, tímidamente de mi posición fetal, “Soy yo” creo haber dicho. “Vístase rápido mierda... te salvaste putito”. Use mis ropas para secarme algo de la impregnada fetidez, y sin levantarme del suelo comencé a pasar la pierna por uno de los agujeros del pantalón, ya no recordaba como vivir.
Alguien diría que Buenos Aires lloraba, lo cierto es que los cafés estaban parcamente habitados, solo adornados por burgueses de bolsillo, besando el néctar de la indiferencia. Mis medias se habían mojado tras algunas baldosas sueltas. No quería llegar empapado a la casa de Vanesa, de seguro estarían todos en el living, mirando revistas de espectáculos, hablando de la próxima salida de pesca, quizás a Chascomus. Lo cierto es que no lo vi llegar, sólo se paró ante mí, como esperando a  que subiera; me pidieron identificación, la tenia, pero no les interesaba siquiera verla; sólo me metieron adentro como un cordero, mirando al suelo cubierto por una frazada; de seguro Vanesa se impacientaría y llamaría a mi casa, pero nadie le atendería al momento, puesto que mi vieja andaba con un poco de miedo y lo dejaba sonar unas cuantas veces, pero en el insistir levantaría el tubo suspirando, le diría que yo no había llegado todavía, que debería haberme retrasado en la facultad; allí donde el viejo Antonioni, recio y sin preámbulos, ponía de un golpe seco sobre la mesa la expresión del Dasein. En ese andar vertiginoso hacia la alienación de lo que era, escuchaba vagamente entre el respirar envolvente de los extraños opresores, los ruidos de motores de autos que iban y venían, quizás alguno fuera a encontrarse con su Vanesa, otros se tirarían a un sofá a fumar un pucho escuchando “Our man in Paris”, puede que supieran lo que pasara, por eso pisaban con ahínco el acelerador; lo que no sabían era que no importaba donde fueran, alguien de seguro los encontraría.
No quise retener mas mis parpados, la luz roja del despertador agraciadamente me molestaba; me levanté descalzo, pisando con los talones, y coloqué un pañuelo sobre el mismo; aunque antes de volver a acostarme observé por mi ventana, no había muchas luces, ni de postes ni de estrellas, pero el canto de los grillos me reconfortó.

10 de Septiembre de 2010
Marvel Aguilera.