Hipogeo
Marvel Aguilera
Modorra. Mis parpados se habían cerrado exánimemente; el alivio menguante de la falta de un, siempre circunstancial, entorno; de un mundo arremolinado, terrenal, en el cual debía brotar, prodigo o muleto. Estaba solo y existente, aventurado en minúsculos destellos de vida de un apremisible despertador, y su luz roja y enfática, en la insulsa y hogareña costumbre de escuchar el estridente ruido de los motores de los vehículos andantes que, en el libre albedrío de madrugadas sagaces, lograban hacerme imaginar puerilmente sus fachadas gravosas y sus escudos frontales. No se si realmente me acurrucaba tomando bajo mi brazo la última extensión de mi frazada o si es que un palo largo, indócil y flagrante amenazaba mi frágil humanidad desnuda, sobre un llano incoloro; fétida carne pronta a ser molida; huesos congelados sin el compás del alma, alarmantes del inminente impío zarpazo propulsado por un sujeto impasible, con insignias de batallas que quién sabe dónde ocurrieron, en qué páginas fueron narradas. El infrangible bigotón y mocetudo, ya había apaleado licenciosamente a varias pero singulares sombras, las cuales yacían laxas en esquinas paralelas, inhóspitas; posiblemente bañados entre sangre y lágrimas, abroquelados contra la misma mierda que ellos habían defecado, la que quizás le hicieran comer para que la volvieran a excretar. Ya no recordaba qué hacia allí, ni por qué causa, si es que la había; puede que tal vez creyeran que hacia algo ¿Algo? Si, algo. Por ahí había pensado de más, ya no lo sabía, ni me interesaba, sólo recordaba el presente lóbrego y estancado, ese ahora oscuro y demencial, los ojos blancos del verde opresor, iluminados por el claro de las rendijas de los barrotes de la única puerta que había; mis uñas carcomidas y coaguladas; el tibio vomito volcado hace unos instantes en mi pierna, de algo aun mas podrido que lo que había ingerido.
Recuerdo que salía de la facultad, advenida la tarde, estaba algo más atrasado de lo normal, y la cuestión es que debía encontrarme con Vanesa en prontos minutos, con seguridad a tiempo no llegaría, pero no era mi culpa, el viejo Antonioni habíase extendido demasiado en su monólogo, hablaba del “ahí del ser como develacion del ser en el cuidado”, no se bien que quería decir con eso, de seguro pura presuntuosidad del facho alemán; prefería ya estar en casa, arrojado, no sobre el mundo, sino sobre el sofá cama, viendo como las ventanas se empañaban, y mi hermana hacia garabatos en ellas, y yo de seguro oyendo el chirrido de la pava en ebullición, ansiosa de ofrecerme otro café; los grillos del atardecer que pululaban por el pequeño jardín, aunque yo seguiría abstraído de esas banales ninfas, relativamente existentes, sumergido en vastas extensiones del “Our man in Paris” de Dexter Gordon, ese negro yanqui sí que era un monstruo con los vientos. “Animal”, me decía el bigotón mocetudo mientras me taladraba la nuca a palazos, y mientras más me cubría más intensos eran, “¿Vas a hablar putito? ¿Vas a abrir el pico o querés que te coja?”. Hacia frío, quedaba un día de necesario pragmatismo, hacia mucho frío, y era jueves; el millonario jugaba en unas horas, por la copa, contra los colombianos, tenia ganas de ver unos minutos al zurdito de las inferiores. Pero no se si lo podría ver, porque en a casa de Vanesa no miraban fútbol, ni siquiera su hermano Juancho, preferían ir a pescar a Chascomus o a Entre Ríos; nunca supe la gracia de congelarme durante mas de cinco horas al borde del río para perpetrar un pelagico inmundo e incomible. La llovizna empezaba a mojarme el rostro, se tornaba todavía más molesta que el brusco chaparrón, su imperceptibilidad irritaba, y yo sin mi piloto ni mi paraguas. Sonriente se sacudía los genitales para seguir salpicándome su orina, “Ya me la voy a cobrar putito”. Allí estaba, encogido, era todo un ser develado, un ser ahí; ahí en la mierda, meado y desnudo, mordiéndome la lengua para evitar el grito desencajado, ya sin rendijas de luz, las que me hicieran ver que no era parte de la oscuridad toda; oyendo unos llantos contenidos sobre el cemento, el golpe de cabezas contra las paredes; el fluir de la sangre como un domino por las grietas del suelo. Y yo cruzaba una Alberdi casi sin transeúntes, púdica; herida en su orgullo y refugiada en un solipsismo insulso, impropiamente argentino, nacido de la perceptible virulencia que emanaba el canibalismo del poder ilegítimo. Apretando bien los parpados parecía aún sentir el humo entrando por mi alcoba, del asado del abuelo Héctor en el patio trasero; el brit pop jactancioso que hacia sonar mi hermana mientras jugaba al solitario sobre la mesita del living; el “Canto a mi mismo” que bostezaba al lado de mi almohada, aun podía recordar:
“Soy del viejo y del joven,
Del necio y del sabio,
Indiferente y atento,
Maternal y paternal...”
Una luz ofuscante cegaba ya mi nítida negrura visual, posterior al marcaje caliente sobre mi piel, sólo bastaba apretar bien los dientes y anhelar que el gatillazo fuese certero y fulminante; “¿Darío Segovia es usted?”, yo ya no lo recordaba, mis pavorosos recuerdos de ser pensados, estaban subyugados a un exceso de realidad vivencial, alienado de cualquier signo de humanidad, pero el inconsciente deseo de partir fuera de esa perrera, de volver a ser, hizo que levantará temblorosamente mi mano derecha, tímidamente de mi posición fetal, “Soy yo” creo haber dicho. “Vístase rápido mierda... te salvaste putito”. Use mis ropas para secarme algo de la impregnada fetidez, y sin levantarme del suelo comencé a pasar la pierna por uno de los agujeros del pantalón, ya no recordaba como vivir.
Alguien diría que Buenos Aires lloraba, lo cierto es que los cafés estaban parcamente habitados, solo adornados por burgueses de bolsillo, besando el néctar de la indiferencia. Mis medias se habían mojado tras algunas baldosas sueltas. No quería llegar empapado a la casa de Vanesa, de seguro estarían todos en el living, mirando revistas de espectáculos, hablando de la próxima salida de pesca, quizás a Chascomus. Lo cierto es que no lo vi llegar, sólo se paró ante mí, como esperando a que subiera; me pidieron identificación, la tenia, pero no les interesaba siquiera verla; sólo me metieron adentro como un cordero, mirando al suelo cubierto por una frazada; de seguro Vanesa se impacientaría y llamaría a mi casa, pero nadie le atendería al momento, puesto que mi vieja andaba con un poco de miedo y lo dejaba sonar unas cuantas veces, pero en el insistir levantaría el tubo suspirando, le diría que yo no había llegado todavía, que debería haberme retrasado en la facultad; allí donde el viejo Antonioni, recio y sin preámbulos, ponía de un golpe seco sobre la mesa la expresión del Dasein. En ese andar vertiginoso hacia la alienación de lo que era, escuchaba vagamente entre el respirar envolvente de los extraños opresores, los ruidos de motores de autos que iban y venían, quizás alguno fuera a encontrarse con su Vanesa, otros se tirarían a un sofá a fumar un pucho escuchando “Our man in Paris”, puede que supieran lo que pasara, por eso pisaban con ahínco el acelerador; lo que no sabían era que no importaba donde fueran, alguien de seguro los encontraría.
No quise retener mas mis parpados, la luz roja del despertador agraciadamente me molestaba; me levanté descalzo, pisando con los talones, y coloqué un pañuelo sobre el mismo; aunque antes de volver a acostarme observé por mi ventana, no había muchas luces, ni de postes ni de estrellas, pero el canto de los grillos me reconfortó.
10 de Septiembre de 2010
Marvel Aguilera.
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