sábado, 15 de octubre de 2011

Otrora

Otrora









Marvel Aguilera











La nostalgia de una noche perdida me apresaba; y mi espíritu, torturado, recorría miles de caminos sin encontrar huella alguna de ese recuerdo que parecía perdido; perdido, desvanecido, pero que sin embargo estaba. Lo sentía empequeñecido en el íntimo refugio de mi espíritu, tras el gris bastión que me guarnecía pero también acorralaba. Y los lobos blanquecinos, celadores, animales intrínsecos del caótico acontecer, aullaban en la colina desierta y empedrada, a un costado del camino, no a la luna, puesto que no había, sólo nos cubría una vasta extensión anaranjada y punzante, anhelosa de ceguedad; en el hiato que reproducían mis ojos grises harto cansados; esa dicotomía irremediable entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal.
Triste y desamparado me eché a descansar a un costado del camino, que parecía no conducir hacia ningún lado. Mis pasos habían sido penosamente en vano; esperaba la ejecución providencial, la que salvaguardara mi alma de aquellos hombres con fisonomía animal, porque sentía su raciocinio especulador traspasar la superficial bestialidad de sus rugidos, que me elevara hasta el confín más abstracto de mi totalidad, donde ya no recuerde que soy, ni siquiera recuerde, sólo este allí.
Pero el tiempo no transitaba, cíclicamente volvía  hacia mí, afligiendo todavía mas mi pesar por desconocer lo que era y lo que había perdido. Y ante las lágrimas secas que acaudalaban el océano desbordante de mi aflicción, caí en un especie de sopor, vaporoso y abrumante; una niebla seca y pavorosa que hacía irrespirable el poco oxígeno que se desprendía de los senderos rojos por los que había caminado sin cesar durante miles de años, aunque no eran años, eso ya no existía, únicamente una masa amorfa de algo que revoloteaba por sobre los circuitos de realidad, despedazando mi consciencia.
         Al despertar no me hallé, no había nada en donde estaba, creí perderme en ese vapor taciturno que me había estado revoloteando, sólo encontré el vestigio de lo que fui en un momento: las cenizas de mis amores, el polvo acumulado de mis errores, la sangre perdida en las batallas eternas de mi conciencia, desgastadas en actos perecederos. Me quedé petrificado, absorto, pero a su vez ahora recordaba, aunque no lograba comprender, porqué había buscado por tanto tiempo lo que ahora tenía tantas ganas de olvidar. Me levanté casi perplejo, y comencé a volver por el camino rojo, desde el que había llegado hasta allí. A lo lejos, la luna, que parecía un opaco sol, refugiada del tenebroso alcance humano, sonreía complacientemente. El calor hacia insoportable cualquier andar, no obstante, una fuerte sensación de frenesí recorría cada mínima porción de mis sentidos, como un impulso magnánimo que me alertaba. Entonces comencé a correr; corrí despavorido ante los rugidos apremiantes de las bestias que, desde lo alto, clavaban en mis entorpecidos pasos la señal de mi temor, pero yo sabía que no me atacarían, porque ya no estaba, porque me había ido, porque no se qué era aquello que corría consumadamente, hasta lograr hacerse uno con su sempiterno entorno.
 Agobiado por el olor de mi transpiración, que producía más mi miedo que el propio agotamiento, llegué a una vieja estancia de madera, desierta, como si  nadie nunca hubiera arado los suelos vírgenes. Al costado del refugio noté que había un obtuso árbol, un viejo manzano, pero que, por mayor edad que poseyera, aún ofrecía florecientes y brillantes frutos. Al acercarme paulatinamente al árbol, observé un poco más precisamente que, recostado en la parte inferior del mismo, había un anciano ecuánime, sus ojos estaban entrecerrados, pero su respiración, profunda y armoniosa, me hizo apaciguar el frenético nerviosismo por el que atravesaba.
         Me acerqué tímidamente hacia él, pero el anciano parecía no percibirme, no obstante, le pregunté su nombre; sin levantar su mirada ni realizar movimiento alguno, más que el de sus labios morados, me dijo que no lo recordaba, que posiblemente los ciclones del tiempo se lo habían robado hace cientos de años, pero que sí recordaba, por las marcas de su andamiaje, que un día había llegado como yo, buscando extenuado un sustento sublime y esencial para continuar adelante en su regreso, el que intentaba alcanzar desde que se vio arrojado en este sitio; pero lo cierto es que reflexivo, u obstinado, en no retornar a aquello de lo que una vez seguramente había renegado, prefirió quedarse sentado bajo el árbol, como castigo eterno de aquel pecado del cual no recordaba haber cometido, de seguro por la oscura naturaleza de su acción. Angustiado por mi situación le pregunté si había algo de malo en regresar, si merecía acaso semejante destino; me dijo que no lo había en absoluto, que lo malo había sido el escapar, el olvidar forzosamente, y no aquello, cualquiera sea el acto, que se haya cometido; posteriormente, tomó una manzana, ya sin brillo pero de una delicada forma, y me la obsequió agraciadamente, dijo que era mi llave; agregó que mi camino se haría al compás de mis pasos, y que mis recuerdos volverían a mí mientras tanto tenga deseos de seguir soñando, de ensalzar mi imaginación tanto como se apremiaba a la realidad. Comí el fruto del edén y retomé la marcha tras los rojizos caminos. Y cada paso era mayor aún que un mundo nuevo, me envolvía de pinturas y representaciones, de roces placenteros y lloriqueos, de armonías y disparos, de amaneceres y partos; mi corazón se detuvo por intensos segundos al momento que vi llegar, irreversiblemente, hacia mí, otro vendaval temporal.  Antes de confrontarlo, cerré mis ojos impúdicamente y me dejé llevar, ya confiado, hacia aquel lugar en que me aguardaba ese que se desprendiera en algún momento de mí.
Al abrir nuevamente mis ojos, lancé un suspiro de vida hacia el universo maldito, y arrojé el revolver que parecía haberse apoyado sobre mi sien, no desde hace dos minutos sino desde el principio de los siglos. Me levanté del suelo y noté mis suelas rojizas que ensuciaban el llano. La habitación estaba cubierta por recortes de periódico; observé de reojo hacia la ventana abierta de par en par, la luna perdía poco a poco su color.



Marvel aguilera
28 de Septiembre de 2010.

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