sábado, 15 de octubre de 2011

LOCOMOTION







LOCOMOTION














“Uno quiere estar con el otro, pero se asusta de abarcarlo tal como es. Y entonces escapa. El viaje a otro yo-mundo entretiene...”

Maria Angelica Bosco


UNO


(Introducción)


El día en que finalizaba mis estudios secundarios en la antigua escuela de San Antonio de Padua, creía haber terminado un ciclo o etapa, pero a la misma vez, empezar a interiorizarme con uno nuevo y anhelador. Sin saber aún cuando realmente comenzó, si tratabase de ese momento exacto o si, a medida que transcurría el tiempo, se habrían nuevos caminos, mostrándome ciertas cosas que, en un tiempo pasado, jamás podría haber imaginado. Lo que sabía era que mi cuerpo y mente reclamaban “algo” más,. No era gran preocupación tener que iniciar un trabajo o expandir mis estudios a un nivel superior, la preocupación era mi cabeza. Tener que estar confinado a cientos de preguntas irrespondibles, confusiones; actividades que atemorizaban, y en algunos casos, irritaban mi paciencia.
Debía estar tranquilo conmigo mismo y también con mi contexto, mi ambiente. Ya  no quería estar sujeto a aplicaciones o reglas morales, solo actuar por instinto; como los animales salvajes que defienden su presencia ante una temible alerta de ataque. Quizas no fuese la mejor de las soluciones a pensar, es verdad que no tuve persona alguna que supiera aconsejarme un poco más acerca de los nuevos acontecimientos que iba a afrontar. En mi caso aleje mis preocupaciones por soluciones a largo plazo, yo me conformaba con viajar.

Dia 0 (Lunes)

Conseguí luego de unas semanas, crueles tiempos de angustia, un pequeño trabajo(en todo sentido) de limpieza en una clínica perteneciente a cierto sindicato. El horario era matinal, y finalizaba por el morir del mediodía. No era de lo más beneficioso en el terreno económico pero bastaba para solventar mis gastos y preocupaciones diarias. Claro era que mis ansias y mayores ganas estaban depositadas sobre mis futuros viajes, que ya había planeado hacer nocturnamente con la excepción de los domingos, días sagrados de descanso, por lo menos en mi historial. El lugar: el oeste del Gran Buenos Aires, en primer termino; claro era que aquello podría variar a medida que surgeran nuevas ideas.

DOS


Día 1 (Martes)

Una pequeña niebla color sepia daban cierto clima somnoliento y soñador, lleno de fuertes vientos, temibles, que acarreaban secas hojas, manchando la pureza de todo frío invierno tiñiendolo otoñal. Las ciudades que temporalmente visité estaban inundadas de melancolía, una cierta hostilidad que provocaba la misma sensación tanto en la presencia como en la ausencia. Ínfimas miradas, transeúntes perdidos en mundos de individuación, exteriorizados de la realidad actual.Qué es lo que pretendía buscar? Aún no lo sabía, pero era menester seguir creyendo en que todos mis recorridos tenían un justificable sentido, ya sea de bienestar o incluso de tranqulidad interna.
Caminando por las veredas de estas simples localidades, conseguí soltar un poco más mis pensamientos, exaltar mis ideas a una dimensión mayormente realista, dejando de lado, por lo consiguiente, lo atribuido a una creciente sistematización de mis días, la temible rutina que el tiempo liberaba para apoderarse vilmente de mis más profundas creencias  e ideologias liberales, y en mi opinión imprescindibles para llevar conmigo a mi adultez, y significativas en la aplicación de mis actitudes o mis acciones futuras.
Caras tristes, sentimientos de impotencia y bajeza que hundían ligeramente aquella confianza en la cual había comenzado este pequeño emprendimiento. A pesar de esta pobreza emocional, tenía conciencia de que tan solo era el inicio de un proyecto personal que abarcaría demasiados conceptos como para poderse evaluar en un simple día.
Esperé un instante la linea de colectivo que me llevaría nuevamente a mi hogar, la hora: tres de la madrugada; mi conclusión: el inicio de algo importante, por suerte el colectivo llegó más rapido de lo previsto. Subí y regresé a mi hogar.

Dia 2 (Miercoles)

Terminadas ya mis labores de limpieza en la clínica, emprendí el rumbo que me llevaría a casa. Necesitaba descansar un poco antes de proseguir con los viajes que comenzase el día pasado. Sin embargo, el cansancio y la ansiedad me convencieron en entrar a un pequeño restaurante familiar, que a su vez no había tenido la posibilidad anteriormente de concurrir, y quizas eso me terminara de convencer para ingresar. Mientras atravesaba el período de espera continua que se da permanentemente en estos lugares (especialmente a esas horas), observé la falta de individualidad que se manifestaba en la gente que me rodeaba, siempre un acompañante, algún amigo, tal vez un amante o lo que fuese. Recordé como la noche pasada pude observar la creciente soledad en la que se encerraba automaticamente la sociedad, en ese caso “sociedad nocturna”. Por qué sería tan cambiante esta actitud? Sería que el animal, en este caso llamado “hombre”, necesitara del acompañamiento constante durante las clasicas horas del día, mostrando una faceta común, terrenal, familiar, sentimental y armoniosa; y que por las noches, fieles a su instinto, buscaran ese augurio, ese espiritu característico del hombre primitivo. Manejados por la ira y por un fuerte instinto  de soledad y busqueda de sus ideales personales, apasionados por el encuentro consigo mismos. Estaría la luna en complicidad con los seres? Iluminando a  sus extrañas maneras y señalando los movimientos, inclusive gesticulaciones. Esto bordeaba entre aparentoso e irreal pero supo provocar profundos razonamientos en mí. En ese mismo instante la mesera, joven morocha y altiva, sonreía pero no naturalmente sino como oficio y estrategia comercial, observándome con sus cálidos ojos marrones, se retiró de la mesa antes dejandome la carta del establecimiento. Sin saber habíame quedado, el surgir de esa nueva sensación o aquella emoción que hace tiempo no ocurría en mi interior, tal vez fuese como consecuencia de mis planteos ideológicos recientes, lo importante es que sentí repentinamente un intenso impulso por besar a la joven.
Ese día había decidido no salir a continuar con los viajes, sintiendo internos miedos por mi reacción. Tan sólo me recosté esperando el mañana, esperándolo con la imagen de aquella mujer poco sensual, sin una belleza extrema pero que hubo de deleitarme con su simpleza y amabilidad, de su figura femenina.

Dia 3 (jueves)

Anodadado de idas y vueltas, merodeando sobre un interminable recuerdo de aquella joven mesera que supo cautivar en lo más profundo de mis sentimientos, sentimientos ocultos e intransigentes, guardados por un sombrío pudor de enfrentar una clara y sincera realidad. Mi vida desde ese día había tomado un vuelco importante, lo preciso y necesario era averiguar si aquello traería beneficios o crearía más dudas y conflictos a un alma superabastecida de fracasos y derrotas. Sin más planteos de indole psicológico, emprendí un nuevo viaje hacia el corazón del oeste. Mis pasos retrataban la intranquilidad de mis emociones, aun acorraladas por las imágenes del día pasado.
Ingresé a un pequeño bar de la zona, caracterizado por el avance meticuloso de cierta modernidad, pensaba... donde agonizarán aquellos antiguos bares, tradicionales antros de intercambio de ideologías, pensamientos y debates acerca de nuestros aspectos y políticas de turno, claro todo esto acompañado de cientos de rondas de grapa y demás. Un vaso plástico llenado con ginebra me otorgaba un poco de sustento. Algunas parejas (según mi intuición) parecían adornar un poco el solitario bar, era un típico coctel sentimental el producido por el alcohol y la nostalgia. Ya no solo se trataba de aquella mesera, sino en la cantidad de mujeres que habían atravesado cierta parte importante de mi ser, algunas más valiosas, otras pasajeras pero todas llenaban un poco de ese vacio peculiar, un agujero infinito de tristeza y melancolía. Mi vida estaba al caer.
Tomando un sorbo más sobre el lateral derecho de la barra, vislumbré una singular y frágil figura. Un hombre maduro aunque avejentado por cierta negligencia física, había entrado en el bar. Y apoyando su humanidad en el frente de la barra, bajó su mirada en resignación.

Dia 4 (viernes)

El pasar de mis horas laborales acarreaba toneladas de cansancio y pesadez, aunque mis sentidos trataran de ocultar mis nocturnas salidas. La evidencia física es algo inconstrastable e irremediable. Mi vergüenza sobresalía de mi cuerpo y necesitaba nacer, ahí comienza la interminable lucha propia por dominar las reacciones corporales, creando o encontrando energías que parecen dificiles de reconocer como de uno mismo, más con la noche pasada sobre tus hombros.
Ayer había ofrecido mi tiempo (valorativo o no) a aquel señor abrumado y solitario que  ocupó un lugar en la aletargada barra del bar, o mejor dicho ese moderno bar. El hombre carecía de animos y brillos siquiera para observar mis ojos, y con la mirada fijada sobre la fachada del moribundo pisar humano, ocupaba su espacio de vida. Con el pasar de las horas y los tragos, sin embargo, expulsó (aunque efimeramente), con su frágil y aquebrentada voz, su penar arraigado y la angustia que caía sobre su cuerpo y amedrentaba la circulación de la sangre, que él mismo sentía negra e inerte en su interior. Se trataba de un viudo prematuro, con ésto quiero decir que el matrimonio para él era el circulo sentimental y social más elevado e importante al que estaba unido. Eso me alegró aún en el triste contexto ya que mis padres, ahora divorciados, me lo recordaban como el acto equívoco e irremediable que tiene que sobrellevar el ser humano ante el precoz e inmaduro enamoramiento.
También logré o creí haber comprendido que tiene una hija, aunque desconozco si fuese también de la fallecida mujer. No es que fuera un interrogatorio, le he contado mucho de mi persona, de mis días, de mis noches, mis rumbos y horizontes (pareciendo una agradable copla), pero no era tan significativo en comparación a la angustia que me generaba su presencia, ya no sólo física sino espiritual, como si quisiera darme a entender algo más allá de lo que mis dilatadas pupilas podían o querían observar. Y entre esa tenue sensación, y el decaer de mis musculos, murió una noche más. Aunque yo mismo supiera que no era nada mas que eso. Había o habría que atravesar cientos de sensaciones y premoniciones antes de enfrentar el miedo mas índocil e indomable con que me ha tocado confrontar, la vida misma. Supo dejarme su dirección teniendo en cuenta un próximo reencuentro, hoy no lo sabía, pero quizas pueda visitarlo en alguna oportunidad. El reloj marcaba las dos, mi turno había concluido. Resoplé

TRES


Día 5 (sabado)

Comenzando el fin de semana, el primero desde que trabajara, y entre mis angustias anhelantes de prosperidad, pensaba internamente en contactar a mis amistades; aquellos amigos que habia olvidado en el tiempo al comenzar mis nuevos emprendimiéntos. Compartir una charla, una comida, y aunque ya estuviera harto del ir y venir, una salida. Pero mi acreciente pesimismo sumaba fuerzas en mis convicciones, y si no se acordaran de mí? Quizas ahora tendrían otros amigos? Sentiría una irremediable molestia, un completo inducir al fantasma social en busca de piedad, de un poco de calidez humana entre tanta frivolidad latente, y en el intransigente dirimir de la ambigüedad pensativa, mis gastadas manos, por el usar constante de los articulos de limpieza, no osaron, ni supieron encontrar la manera de llamarlos, estaba sólo pero dentro de mi ser queria estarlo.
La noche fue ardua e insolente con mi sensibilidad, pase el resto del tiempo en un “luminoso” y atrayente boliche. Altamente recurrido por la adolescencia y la inmadurez efusiva, a la que detestaba, mas que por su presencia, por la falta que hacían en mi persona. El andar jubiloso y sin atender a valores morales realmente significativos, que tan aferrados me pesaban. Esa misma noche continué imaginando, el andar del triste hombre con el que intercambié pensamientos, qué habría hecho con su melancolía cuasi irreparable? Cómo sería su hija, acaso viviría con la misma depresión que su progenitor? Dudé en visitarlo, pero entendi que era un capítulo aparte en el que por el momento no era conveniente tomar participación.

Dia 7 (lunes)

Revuelto de andares y llegares, inquieto por el misterio de iniciar otra semana, aletargado de confusas situaciones que planteaba mi cabeza, e ininterrumpido en la cotidiana labor de cada día. Arremetía mi ser contra el incierto horizonte de mis tiempos. Atravesé otro día sin saber acerca de Rogelio, el penoso hombre que encontrara el jueves pasado.

Dia 8 (martes)

Consternado desperté. En el abrir de mis crispados ojos me creí encerrado en un calabozo social, aislada y empobrecida mi alma transitaba las pautas del endémico penar; sucio y manchado por la agitación cíclica que generaba la moción; el cruel movimiento del vivir, y en estos tiempos el subsistir. En el trabajo hoy sucedió algo cambiante para mis rumbos, y en el diagrama de mis afectos obvió la necesidad de inmiscuir mi presencia, darme a conocer a través de la demostración propia, del estar y acompañar. Se ha incorporado a la administración una joven empleada, rubia y esbelta, de rasgos definidos, sonrisa picarona y gestos articulados que se equlibran en armonía. Sus labios merodeaban lo sencillo y vulgar pero tenían a su vez, cierto aire perturbador e inquietante. El brillo de sus lacios cabellos había amedrentado y solventaba las ansias de mi sonreír. Su nombre era Graciela Spencer.

Esa misma noche reinicié las peripecias viajeras que había dejado de lado desde el posterior día a aquel momento en el cual encontré al viejo Rogelio. Atolondrado y a su vez enardecido por recomenzar nuevas andanzas, aunque mi fiel estigma a la muerte continuaba jugando sus cartas a la perversa severidad de anhelantes hechos, Cuál es la consecuencia de resurgir del abismo antisocial?¿Qué esperaré más allá del inexplicable duelo entre la vida y el tiempo? Y en el contexto confuso del recordar y olvidar, encontraba más lugares en donde desarrollar mi frágil humanidad. Y el pueril recuerdo del tierno saludo con la joven Graciela, en el exácto minuto que sus tibios ojos rozaban el mirar de mi presencia, mientras mi espiritu de infante chapoteaba en los charcos que se juntaban en la vieja plaza de Alberdi y Martinez. Mi adultez (o aproximación a ella) reinaba soberanamente explayando su fulgor, y ruborizando las mejillas de la celestial joven con rasgos escandinavos.
Dónde estaba? No lo sabía, supongo que perdí mi conciencia de tanto remordimiento pensativo, una terrible conglomeración de ideas que asfixiaban mi lucidez, calculando una retrospectiva vislumbré conocidas calles del Este de Morón, y la casualidad de la vida social me encontró en la parada de algún colectivo. No alcanzé a determinarlo solo hasta que lo observé llegar. De la linea “1” se trataba, mi objetivo era el centro de Morón, buscando cierto bar que prosperara mis angustias hasta explotarlas o anularlas.

Subí con cierto desdén de confusión, dando la impresión de que se trataba de la primera vez que lo hacía. No dije palabra alguna ni támpoco el chofer intentó sacarmelas, tan solo oprimió el botón que marcó el importe. Pagué con cautela y con cierta imprecisión.
Con una amplia y seca mirada noté la escasez de gente, pero luego recordé la hora y me pareció correcto, ya que en general los que trabajan por estos ámbitos no justamente tienen que residir en el mismo. En los asientos dobles, casi en la mitad del vehículo, había una joven pareja, amorosa tal vez? Bastante admirados el uno por el otro, creo que ni siquiera notaron mi aparición, también llamaba la atención el maduro y nervioso hombre que ocupaba uno de los asientos individuales, parecía inquieto como si no pudiera esperar más, quizás un compromiso al que llegara tarde? Sus ojos grises y opacos me recordaron nuevamente a Rogelio, seguí mi camino y me senté unos asientos tras él.
Quisiendo cerrar mis fieles pensamientos que se entreveraban en la angustia de Rogelio y la celestialidad que emanaba Graciela, mientras mis ojos querían focalizarse en el pasar de las ciudades, y las luces que alumbraban miles de hogares y comercios, cuantas cuestiones y situaciones surgirían en cada hogar? Toda familia sería causa del conflicto y la inminente separación de afectos? Mi rostro se obnubilaba. En ese instante llamó mi atención, acurrucada contra el último reposar de los asientos en la fila doble. El llanto de una juvenil muchacha, cuyo pelo y constante manoseo del rostro querían ocultar creciente malestar y tristeza. Mi corazón latió cada momento más rapido, que podía hacer?¿Estaba bien que yo me quedara en mi lugar escuchando los sollozos de esa mujer? Pero y si le hablaba... por ahí pensaría que me quiero aprovechar de su situación, y justamente me parece que ya tiene bastante de temores y angustias, o no? Era el momento para hacer algo significativo, la vida me estaba dando la señal de intentar cambiar algo; y yo que me quedaba inerte, sin reacción ante semejante símbolo. Busqué lo más ágil que pude un pañuelo de carilina que llevaba en mi mochila y me acerqué sentandome temerosamente, como no quisiendo apoyar mi humanidad, y con la voz aturdida casi sin poder salir, le acerqué el pañuelo con la vista baja, y le dije titubeando- disculpa,  necesitas alguna ayuda?- la muchacha limpiandose los ojos llorosos con los puños, me miró con fragilidad y tomó el pañuelo, gracias –me dijo timidamente-.


CUATRO

Secose sus descendentes lagrimas de dolor, además sonanando suavemente su nariz; luego que ella se incorporara a la realidad, intenté quitarle algunas palabras de su crispada boca. Parecía no querer tomar partido en una conversación. Mientras el nervioso hombre, apretando su pequeño bolso negro entre sus piernas, inmediatamente se incorporara para luego descender con veloz paso a cierta esquina moribunda con poca luminidad. Mi incomodidad y la falta de respuesta me sobrepasaron. Levante mi cuerpo para reincorporarme a mi anterior lugar, y fue en ese mismo instante (el cual nunca pude olvidar) que ella tomó sorpresivamente mi brazo derecho, apretando mi camisa celeste con sus delgadas manos, y con vos temblorosa y pasiva me decia-quedate por favor-.

Continué a su lado, inquieto pero sabiendo que era necesario. El colectivo, en ese lapso, había llegado a la terminal, bajé tras ella. Ante sus pocas palabras, la invité a tomar algo caliente en un discreto bar de la zona central, en cuyo frente se encontraba un divertido anuncio de un whisky vestido con aspecto de millonario. Fuimos a uno de las mesas más alejadas con referencia a la entrada. Y en el esperar la atención, le comenté quien era, de donde, y porque me interesaba en ayudarla, aunque sinceramente en mi interior no me sentía con plena seguridad de lo que hacía. Comprendí una leve sensación de alivio después de mis palabras, me habló con franquedad pero queriendo evitar su reciente penar, y yo lo había comprendido es por eso que no busqué retraérselo. Lorena se llamaba, y vivía en la cercanía, no me pareció prudente el preguntar de donde venía entonces. Estudiaba mecanografía en un instituto de Flores, cuya cuota le pagaba el padre mensualmente. Ella vivía con su madre y la pareja de la misma. Sus gesticulaciones y palabras reflejaban relajación venidera de su alma, descubrí que era más abierta de lo que creí; y me brindó su confianza como nunca la había podido recibir. La charla era agradable en demasía. Incomparable con aquella que tuviera con el viejo Rogelio, lleno de sollozos y un clima áspero de angustia, en cambio, todo lo que vivía el día de hoy parecía estar predestinado a salvaguardar las sonrisas sinceras, la calidez de los cuerpos que emanaban bondad, y por sobre todo profundidad. Por que supo introducirse inexplicablemente en mi ser. Terminamos nuestras calidas bebidas, y en el pensar de una despedida eterna, salimos del bar. No observé la hora en ese momento, pero supongo que eran alrededor de las 3; sus pasos denotaban franquedad, y el fluir de su castaño cabello ondulaba pequeñas cavilaciones de reconfortabilidad, aliviando mi neurosis. Dejando a un lado el inminente explotar del mundo, hasta que sus ojos reposaron tristemente en los mios, y la suavidad de sus tiernos labios me invitaban a su casa. Acepté.
Llegamos a una moderada casa color crema, al costado de la Av. Yrigoyen. Nos dirigimos a una efímera escalera externa al interior de la casa, que desembocaba en un pequeño ambiente, aunque austero, y al parecer, sereno. Cerró la puerta tras de mí, con cautela para no llamar la posible atención, y antes de que formulara la inevitable pregunta referida al beber “algo”, tomé tierna pero seguramente los costados de su rostro, y la besé como nunca creí que lo haría en mi vida, expresando un gesto de protección, pero a su vez, agradecimiento de volver a enderezarme o volverme a colocar en la doctrina de vivir la vida.

Dia 15 (lunes)

No podia atravesar minusculo tiempo sin pensar en aquella noche al lado de Lorena. Vivaz, pasional aunque angelical por momentos, momentos en los cuales me sentia renacer, expirar lejanemente mis males que nunca jamas volverian, porque ese dia era unico. El trabajo era cotidiano pero soluble, ya los esfuerzos eran parte del ir y venir diario. Ese mismo dia seria mi esperado encuentro con la joven Lorena. Mé temía que no fuera igual de encantador, Y si ya no fluyera la misma energía entre nuestros cuerpos?¿Seríamos uno nuevamente? Mientras Graciela se encontraba irritada, como queriendo retornar a un lugar desaparecido en la memoria de ella. Me acerque a su lado para consultarla pero lo único que conseguí fue una evasión constante, derivando la conversación hacia otros senderos inocuos. Mé exasperé pero del mismo modo necesitaba concentrarme en el presente, que pasaría por la vida de Graciela? Por el momento no era capaz de averiguarlo y eso no me paraba de la mejor manera. Mi moral decaía, sin embargo, no podía faltar, a quizas, el momento o encuentro más importante del transcurso de mis días. Nos citamos en la esquina de un viejo almacen de las afueras de Padua. El reloj marcaba la hora, esperé un minuto más, hasta que logré vislumbrar una joven figura, cuya hermosura resoplaba espiritualidad y el aire que la rodeaba nos envolvía en un paraíso sin fín; de caballos galopando por el andar de sus instintos, en el que los sauces vitoreaban su expresión de legitimidad y resonancia, y en el que cada ser humano prestaba todo su fulgor y animosidad, desinteresadamente, sin esperar nada de la vida, sino que adelantandose a tomar todo el brillo de la misma.

Día 20 (sabado)

Era quizás poco el tiempo que nos veíamos, pero demasiado en referencia al tiempo que nos conocíamos. Y en ese transcurso logré atravesar varios obstaculos morales, espirituales y humanos; al punto de recuperar un poco más de mi ser perdido. Abrazando al realismo del aire que respiramos, al morir de la muerte que esperamos, al creer de las verdades que mentimos.
Y ella rebozaba contención, apacibilidad y ternura, pero bajo un manto enigmatico de sospecha permanente, un esfuerzo excesivo por mantenerme comodo con sus actos y sus dichos, retrayendome a una realidad fantástica, que era bien recibida por mí pero no tolerada por la vida. Lamenté mis nostalgias, mientras, recostado sobre la pared que daba al lateral de mi cama. Llené mis recuerdos de pasiones vividas, de amor y angustia, de cielo y tierra, de la fragilidad de Graciela Spencer, del inestable andar de Rogelio, y hasta de mi padre, el cual hace dos años no veía, el cual hace dos años no sentía, el cual hoy recordaba que extrañaba.

Dia 23 (Martes)

Nada que pudiera hacer modificaba la escena establecida que representaba la relación entre Lorena y yo; incomodidad, decepción o quizás temor eran las sensaciones que atravesaban mis crudos pensamientos. Pero ese día, Martes, había empezado a conocerla, me refiero a aquella muchacha que se esconde tras la figura sensible y angelical que representaban sus ojos y su sonrisa.
Ella marchó a bañarse antes de que saliesemos a cenar. El frío flagelaba mi cuerpo en la pequeña habitación de madera. Son esos momentos en que uno se admira por la más simple pequeñez que lo rodea, ya sea por novedad, curiosidad o nerviosismo. Mientras el ruido intenso de la ducha explotaba sobre el piso del baño a trasfondo de mis oídos, su celular comenzó a sonar, y ella al escucharlo me pidió que lo atendiese, ora por mi torpeza ora por el apuro, abrí un cierre equivocado de su cartera. Antidepresivos, tranqulizantes, y por su fuera poco, varios rastros de cocaína o algo parecido(no me atreví a probar). Mi cuerpo inerte se mantuvo como esperando despertar de aquella ilusión, de la fantasía que obstaculizaba mi pensar, que acarreaba años luz de inquietudes. El celular dejó de sonar. Yo salí bruscamente por la misma puerta grisacea que me había ofrecido felicidad y deseo la primer noche que estuve con Lorena, arrebatándome hoy la belleza pasada para transformarla en la misma melancolía y angustia que reinaba en mi corazón desde hace tiempo¿Qué demonios hice de mi vida?¿Por qué siempre tropezaba antes de llegar?¿Quién era verdaderamente? Me sentí egoista en el transcurso de mi caminata vuelta a casa, apagué mi teléfono y regresé a mi sitio. Apoyando mi humanidad en el sofá, y reflexionando sobre adonde quería ir...

Dia 26 (viernes)

Tres días de pena habían sucedido, tres días de miedo. Aunque mi cabeza lo recordase como si hubiera pasado recientemente. Mi trabajo pasaba inadvertido. El círculo que rodeaba mis ideas se centraba en la determinada decisión a tomar, como aquella ocasión en el colectivo cuando le presté mi ayuda a Lorena. Era el momento de afrontar al tiempo y la vida, no podía dejar pasar mas horas a una situación que llevara tan solo minutos. Temor.
Debía elegir entre introducirme a un contexto conflictivo, problemático; ella seguramente posea una historia cruda e hiriente, ajetreada de obstaculos valederos en una sociedad que deja cada vez más constantes vacios, vacios que se han de llenar con la misera “suciedad” humana, inundada de vicios frecuentes y frenéticos, convirtiendo toda apacible realidad en un vulgar y común sueño, y aquellos bellos sueños cuasi utópicos, en terribles pesadillas capaces de frenar nuestros valores, y hasta nuestro honor. Y elegir entre escapar nuevamente a la vida. Solemne actualidad. Recordando el tímido e insípido accionar propio, al momento que mi padre se alejara¿Cómo había podido llegar a semejante negligencia? Ya no recordaba el ser “yo”. Si mi “yo” fuese aquel que reinara de algarabía, de disfrute por el vivir, el que sabiendo los miles de problemas que flotaban en el aire, no le importaba, mas, no por huir al caos si no por liberación, era libre; vivaz extensión del viento, del aire, inclusive del mundo. Sin reconocer cadenas morales que atasen mis frágiles pasos, joven transeúnte del espacio cósmico, y renovando mi andar, galvanizaba mis introvertidas lágrimas en señales netas de acero, pisando con ligereza y serenos pasos de esperanza. Tenía fe¿Dónde lo podría volver a encontrar?¿En donde lo había dejado?
Puede que el quiebre se haya desatado con la separación de mis padres, o mejor dicho, el alejamiento de mi padre de nuestro hogar, impulsado por sus sentimientos, jugando sus netas fichas en busca de un nuevo horizonte. Y yo en todo ésto jamás había podido comprender, o tal vez no hube querido comprenderlo, por resentimiento, por bronca, no solo por la desintegración familiar si no también por romper el eje de equilibrio en mi vida, despojarme de mis alas arrancandome mis pasos espereranzadores y de prosperidad. Encerrando mi eterna presencia en una jaula social, cuyos protectores regañaban y denigraban noche y día, en la cual el universo entero me quitaba las fuerzas, entregandome a los brazos del fiel escepticismo.
Son esos momentos culminantes en que toda tu vida se reúne (no porque estuviera desintegrada) en busca de soluciones, o simplemente para atestiguar el todo como un verdadero todo. Desde aquellos años alegres junto a mis seres queridos e incluso a los no tan queridos. Mis tardes en el estudio jurídico de mi padre, en realidad, el estar con mi padre cualquiera fuese el lugar. Los ultimos meses del secundario, el gordo Novoa, Matias Caldemiro, Diego “el buda”(por su resplandeciente calvicie), y mi querida amiga Lidia. Hasta los tiempos posteriores, quizás con más angustia, nencontrando un escape con los viajes a ningún lugar; la plática con Rogelio, mi creciente soledad, y el encuentro con Lorena.Todo se revolvía a favor de una determinación única que sería dificil pero marcaría, tanto mi personalidad de hoy en adelante, como mis objetivos y valores humanos.
¿Pero si no causara ninguna ayuda en su favor?¿Si yo tan angustiado y descreído era, como podía inspirar esperanza a otra persona?¿Por qué ayudar a alguien que recien conocía, aunque sintiera mucho afecto, mientras que los que me rodearon desde siempre nunca hubieron tendido mano alguna?¿Por qué y para que debía ser distinto a ellos? Eran las ocho de la noche, y sabiendo que ella salía de la facultad, es decir, de su carrera cursada. Esperé unos minutos más. Tomando el teléfono marqué su número de celular, para mi surgente inquietud y nerviosismo nadie respondía del otro lado, no pudiendo comunicarme me eché hacia atrás en el sofá, suspirando y esperando una respuesta que no iba a llegar.



Dia 28 (Domingo)

El torrente de penas aumentaba a cada instante, mientras mis recuerdos se inmortalizaban en el tono ocupado del telefono de Lorena, mi cuerpo se mantenía inerte, echado sobre el mismo sofá color ocre que daba a la ventana de mi muda habitación. Sería yo el causante de tantas desgracias? No podía entender porque todo aquello que tenía algún tipo de relación con mi persona, irremediablemente sucumbía, denotaba bajeza y llenaba nuestro aire de un malestar latente¿Por qué comenze a salir?¡Otra vez aquí sólo con las mismas preguntas de siempre1Era domingo. Ya no había en mí una misera empatía por seguir trabajando, no por mi labor en sí, sino por darme cuenta de que mi camino no era tan simple. Que las cosas no vienen atrás de uno, hay que reinventar cada día nuestros objetivos, dejando morir lo que nos arrastra a la pereza e inutilidad, dejandose llevar por la corriente del saber, por aquello que siempre creímos que pertenecía a el mismo círculo de siempre, las mismas personas afortunadas y “dotadas” por el mágico pincel providencial, pero que en realidad siempre fueron adyacentes. Estando adelante nuestro¡Tomádlo si lo ves! Era la oportunidad de girar mi rumbo de una vez por todas, no podía seguir a la merced de la facilidad. Tomé mi abrigo y salí a caminar en las cercanías de casa, no llevaba reloj alguno pero mi instinto y el brillante sol me hacían creer en una aproximación a las cuatro o cinco de la tarde. Se observaba poca gente...¡Cuando será el día que los domingos vuelvan a unir a las familias! A dos cuadras de casa, por la calle paralela, presencié un altercado entre un bonito coche y un joven arriba de  un pequeño ciclomotor rojo, eso me distrajo unos minutos.
El aire, aunque no demasiado agradable, llenaba mis pulmones de un poco de liviandad. Fueron esos instantes en que lo simple se torna admirable, en que los árboles bríndan su baile, invitados por el gentil viento. En donde las sombras huyen, riendo ingenuamente, en la busqueda de un pequeño escondite del intrasigente sol.
Siempre había querido ser medico, una profesión sumamente de interes pero que a secas palabras mías sonaba inocente e insípido porvenir¿Por qué demonios me empecinaba en un empleo que no me llevaba hacia ningún lado? Retornando a mi morada pensé...
Que nunca es tarde para llamar a un auxilio, que nuestros días son noches cuando la esperanza decae moribunda. Fruncida encontrabase mi expresión al momento de entrar. Mi madre cosía sin detenerse, cierta pollera color oscuro, me observó brevemente y retomando sus quehaceres, prosiguió. Otra vez extenuado en mi habitación. Ya nada quedaba por hacer, tan solo ceder al comienzo automático de un nuevo día, de una nueva semana, o en un sentido ampliado, de una nueva vida. Mañana presentaría mi renuncia. Pero mi orgullo no podría evitar el arrebatamiento de mi paciencia, chocando con mi deleble y afligida tranquilidad, debía llamar a mi padre, pero en esta oportunidad no se trataba de unificar, no había razón alguna para retrospectivas ni recuerdos nostálgicos. Era por mí. Expresar, brindar y descargar tantas emociones, tanto arrepentimiento previo, tanto día y noche mortificando mis pensamientos. Mis palabras se ahogaban y pedían liberarse. Determinado fuí, sin embargo, el contestador aguardaba otorgarme un breve mensaje. Marqué el botón, y una cálida, segura y sentimental voz se explayaba, decía algo así: ”Hola Ivan, disculpa si soy una irrupción pero mis sentidos me invadían y pedían a gritos estar a tu lado, aunque sea por ultima vez. Lamento el que te enteraras de mi problema en sí, y de esa manera, lo reconozco y también reconozco que no soy la misma desde que apareciste en mi vida, porque has cautivado lo más profundo de mi querer. Y he llegado a comprender, en varios espacios de mi tiempo, lo que significa la felicidad. Imagino la confusión que rodeara seguramente tus ideas y ojalá tus sentimientos, por eso, mañana te esperaré en la plaza principal a la salida de tu trabajo. Si no llegaras a ir lo comprenderé, y te agradeceré el haber compartido este pequeño tiempo, con esta pequeña y frágil mujer que combate sus miedos a través de los vicios humanos, pero que te necesita no como sostén si no como alma y corazón. Hasta siempre”. No llamé a mi padre, solo cedí a recostarme.

 CINCO

Un ruido estrepitoso y alarmante interrumpió mi descansar. Me había quedado sumamente dormido, cesando mis ojos ante la tentación de olvidar. Era el teléfono, lo contesté. Del otro lado supe conocer o reconocer la peculiar voz, un poco angustiada y nerviosa, de Ana Dimetria, la encargada de la Clínica. Recordé que hace tiempo había olvidado el rumbo del calendario, y por ende, descuidado horarios y pautas de trabajo, sin embargo, aun era temprano, quizás más temprano de lo que acostumbraba levantarme diariamente antes de aprontarme en dirección al trabajo. Era dificultoso comprenderla, no sólo por su afligida voz, también por la oscuridad de mis ideas tanto para realmente despertar como para interpretar. Finalmente me contó lo sucedido. Había ocurrido una tragedia (que en primer momento llamó “accidente”) con uno de los empleados de la clínica. Imaginé que sería el veterano señor Tito, que oscilaba los setenta años y sufría constantes problemas reumáticos y de articulaciones, era amable y solidario pero sumamente riguroso, minucioso y ávido del trabajo, un verdadero ejémplo (pensaba). Mis sentidos se estremecieron al momento en que me dijo que la perjudica era la joven y reciente incorporada, la hábil y sociable recepcionista, Graciela, Graciela Spencer. Un delirio permanente retornaba a mis pensamientos, constrastando la repentina tranquilidad adquirida horas atrás en el mensaje de Lorena. Presentía y recordaba su tristeza, su anormalidad (si cabe decir) emocional, aquella muchacha esbelta, brillante y contagiadora de sonrisas, a través de los días comenzaba a apagarse, apartarse y marginarse en los rincones sombríos del mundo, queriendo dejar atrás los tormentos por los que tiene, irremediablemente, atravesar el ser humano para constituirse y ganarse el titulo de persona de ”bien”; soportando prejuicios, burlas y obstaculos morales, tan solo por querer ser lo que la vida no ha planeado o pronosticado. Juventud, belleza, inteligencia... que eran esas cosas sin felicidad?¡Madre de Dios! Ya no hay lugar para aquellos que afrontan el destino, todo se reduce entonces a la dádiva del más rico? Al desprecio de seres diferentes que buscan amoldarse en ámbitos ya establecidos para grupos sistemáticos que proyectan un modelo de cómo: nacer, crecer, amar, reproducir, odiar y abandonar, sucesivamente¿Pero qué somos? Y por qué?...Si tan solo hubiera sabido algo...un indicio que me diera la certeza de que no sa trataba de una simple depresión, sino un estado angustiante de repulsión sobre la vida, sobre el sistema en que estamos inmersos, sobre el tener que hacer para sobrevivir. Y a su vez otros vivan mejor que uno.
Sus ojos se ocultaban, se transferían de sitio, encerrando el odio dentro de sus pensamientos, amores, terrores y deseos. Vivimos para morir? O morimos para vivir? Mi cuerpo no soportaba ser parte de un todo, ser parte de “algo”; quería liberarme, expandir mis miedos y valores a una superficie inentendible, fuera del alcance humano, fuera de todo ímpetu colectivo; fuera de las clases para sí, y de las clases en sí.
No sé si fue el inconciente o que una parte de mis neuronas mantuvose activa, pero sé que seguí la conversación, anotando una dirección detrás de un recibo de sueldo apoyado sobre el mostrador. Cambié apresuradamente mi vestuario, luego de colgar el teléfono, y tomando un abrigo que reposaba en cierta silla, salí. Tenía la dirección (resultándome conocida) y tenía miedo.

En el afuera, la humedad me enajenaba, hería aun más mis percepciones. No cabía duda de que algo flotaba sobre el ambiente, algo turbio y sombrío; era una sensación pocamente descriptible con palabras, pero que uno comprende en su totalidad al respirarla. La pobre Graciela había sido presa del intrinseco salvajismo humano, ese hambre que sienten las personas fuera de todo sí, con  la pura pero agresiva necesidad de alimentar su orgullo a costa del sufrimiento ajeno. Era seguro que Graciela sufría hace tiempo un problema bastante significativo, pero... De qué trataría?¿Su familia?¿El amor? En las semanas que compartimos no había podido precisar su quiebre interno¿Era tan fuerte como para ocultar sus verdaderos dolores? Presentía el rechazo que emanaban sus ojos verdes pero no eran aquellos mismos que se ven con la desdicha amorosa, por lo menos no era tan simple como eso, era algo más... un cambio tal vez. El tiempo corría sin cesar y yo en medio del despertar humano no encontraba solución ni pensamiento a seguir¿Qué demonios hacía en medio de la calle?¡A donde iba! Divisé un taxi (bastante cuidado al parecer) y subí con apuro.

Me dirigió la palabra un hombre robusto de mediana edad, con voz resonante y sacando del bolsillo trasero la dirección, se la dicte al hombre, que sin inmutarse freno ante el semáforo en rojo. De pronto mis ideas se encontraron, no entendía que ocurría... el papel que había leído al taxista no era el mismo que anotara la dirección al momento de hablar con Ana Dimetria. Estuve a punto de interrumpir la paciencia del hombre para hacer notar mi torpeza o equivocación, sin embargo, al comparar con lo anotado detrás del recibo de sueldo, observé las mismas palabras. La dirección era identica. El chofer, gran observador, notó mi perturbación y preguntó acerca del lugar establecido, como si supiera que había confundido el destino. Le confirmé el lugar aunque con cierta duda interna. Rapidamente reconocí el otro papel, era un volante acerca de un local de compra y venta de oro, eso era lo de menos, lo importante era deducir como llegaría esa dirección allí. Tantas noches viví, contagiado por el hervor social que me encierra en su circulo vicioso; en sus bebidas, con sus mujeres, con sus trifulcas y excitaciones pasajeras¿Cómo podría recordar algo tan especifico? Después de noches alborotadas de melancolía, en las cuales se exacerbaban mis miedos y dolores, noches que dictaban rigurosamente las leyes del libertinaje y desenfreno, noches de locura, noches de muerte. Observé una vez más el papel publicitario, queriendo recordar algo abrúptamente, nada salió.

Mientras las calles al pasar se hacían mundos, mi cabeza había quedado desierta de toda coherencia y estipulación valedera. Comenzé a sentir nauseas y mareos repentinos. Desde hace un día que no comía normalmente (cena o almuerzo) y mi estomago me lo recordaba drasticamente. Ya habían pasado cuarenta y cinco minutos, y la inquietud aún crecía.
Ya no toleraba mi estado, hubiera querido despertar y ser un pequeño niño de cinco años, el cual se levanta con la plena sonrisa, con la simple obligación de jugar, de divertirse naturalmente, y poder recrear historias fantásticas y absolutas, de castillos inmensos, de tropas esperando un ataque repentino, y de un joven guerrero capáz de avasallar con todo lo que se le cruce por el camino. En ese mismo lapso, el taxista, dirigía miradas constantes al asiento trasero que yo ocupaba, con el objetivo de encontrar mis ojos y darme una señal, al parecer su tranquilidad se agotó, ya que con tono seco me dijo que estabamos llegando al sitio, y que estuviera atento a la numeración- no era necesario al parecer, teniendo en cuenta la cantidad de personas reunidas en los alrededores del inmueble-. De pronto lo recordé, ¡Era Rogelio!

Bajé luego de pagarle al hombre (alejado de la casa debido al bloqueo humano). Las luces y sirenas que se constrastaban en simultaneo le formulaban un contexto novelezco al sitio. Caminando ligero me abrí paso entre la multitud, que observaban mi llegada como la de un fenómeno ¡Malditos cuervos! – pensé mentalmente - solo quería ver con mis propias pupilas lo que mis neuronas dedujeran recientemente¿Qué vínculo hay entre Graciela y Rogelio?¡Diablos, nunca pregunte el apellido al viejo! Las ballas policiales frenaron mi prolongado acercamiento, estaba harto de pensar, necesitaba ver... sentir! Mientras el eco de las voces parloteando demolía mis oídos.
Una señora robusta de anteojos, que oscilaba entre los 40 años, empezó a relatarle los sucesos ocurridos a una anciana (jubilada aparentemente) que acababa de llegar, según creo vecinos ambos o simples curiosos. La señora hablaba con voz rigida pero demasiado rápido, como si escupiera en el movimiento de labios; lo que pude escuchar es algo asi como que el hombre se había enfermado gravemente pero no por endemia ni virus alguno, sino que a causa de la gran depresión que le ocasionase la pérdida de su ya difunta  esposa (no sé si dijo Norma o Irma), y que a causa de ello, él había enloquecido, y en su ceguez habría querido llevarse a su joven hija al otro mundo -al infierno- había acotado la anciana. Mi pecho se oprimió, y dejé de prestar atención a sus palabras. Luego la ambulancia abrió sus puertas esperando las tan temibles camillas de los cuerpos...

Varios hombres trasladaban los cuerpos desde el interior de la casa hacia el vehículo, y ante la atropellada de la gente por saciar su morbosidad, logré ver el rostro del primer fallecido, era el viejo Rogelio (tal como lo había supuesto)¡Dios mio! El mismo hombre con el cual había platicado semanas antes, compartiendo tantas anécdotas y sentimientos de la vida que se encontraban en sintonía una tras otra de manera tan circular. Cuando creía haber realizado algo en cierta forma correcta, la realidad siempre me mostraba su oscuridad, alejando su fría pero anhelante mejilla para brindarme un crudo espaldarazo. No cabía la posibilidad de reveer algo, aunque sea efimero... nó, la muerte jamás se arrepiente de sus actos. Y su rostro era lúgubre, el mismo aquel que se me presentara en el bar, el mismo que supo relatarme y hacerme vivir su propio dolor interno, por su esposa, por su hija, por el cierre de su vida. Nunca imaginé que llegaría tan lejos... ¿Por qué no lo ayude?¿Por qué no lo había visitado aunque sea una vez más? Tantas horas perdidas con imberbes muchachos agitados por la juventud, que contagia machismo, incredulidad y estupidez ¡Cuánto tiempo perdido en nada! Y ni siquiera le había brindado un minuto más al viejo Rogelio, quien pedía a gritos un socorro; su alma se expandía a través de sus palabras, las que me invitaban a acompañarlo en el cruel estado de soledad, por el que he pasado... pero nunca padecí de aquella manera.

En un primer momento cuando emprendí mis nuevas labores y ocupaciones, hube de creer verdaderamente en una segunda vida, que se alejara de tantos males que pesaban en mi conciencia, de ese sufrimiento irreversible que debe superar el adolescente para alcanzar su madurez y comprender la existencia como una totalidad constante, la cual debe de ser aprovechada para el respeto con uno mismo. Mis innumerables fracasos, que acarreaba en la busqueda del destape chabacano para perseguir la virtuosidad. Sin poder olvidar, ni tampoco querer hacerlo. La emblemática figura paterna cuyas raíces se marchitaban por el frenesí de mis llantos nocturnos ¡Estaba harto de ser Ivan! Y rotulé la situación como una continuación de tiempo que no era más de la misma cuestión. Claro que en este preciso momento presentía el cambio, o más bien dicho, lo sentía.
El segundo cuerpo estaba oculto o cubierto con una clasica bolsa de residuos negra. Y mi dolor espantaba tanto mis sentidos que ahogaba mis lagrimas evitando su salida, latente y tibia.

Seguían los vecinos alrededor alarmandose y espantándose de algo que ellos mismos quisieron ver con tanto énfasis, sabían que era así pero igualmente gozaban el lamentarse, disfrutaban con el horror, ese horror que ellos decían: “pasa, pero uno no lo ve todos los días”, y continuaban delirando: “¡Es un asesino!”, “Lo que pasa es que estaba enfermo desde hace tiempo”, “pero miren que la muchacha no era ninguna santa”, “Seguramente así lo quizo Dios”.
Mi intolerancia cegó mis actos, invadiendo una repentina pero esperada ira. Quería largarme de ese horripilante sitio de una vez ¿Quién me había mandado a ingresar a ese maldito trabajo? Quería mi vida anterior. Entre mi locura latente y la agitación de la masa de gente, algo se adhirió en mí, cierta figura que no logré establecer durante su accionar, pero que me abrazó e introdujo nuevamente a la realidad. Volví a sentirme vivo. Era Ana Dimetria, que lloraba en mi hombro derecho. La abrazé timidamente, mientras mis pensamientos repetían incesantemente, sin querer ser expresadas por mi boca: “Yo los mate”, “yo soy el asesino”, “yo los mate”, “yo soy el asesino”, yo lo mate”...

EPILOGO


Después de atravesar la muchedumbre enardecida con las miserias humanas, y soportar el llanto de Ana Dimetria, quien había conocido hace tan poco pero sentía por parte de ella un cariño especial, similar al de una tia o prima cercana. Entré a una confitería cercana al centro, bastante bien iluminada, y atendida (como la vista me permitia ver) por varios jovenes meseros. Aparte de mí, solo noté la presencia de un anciano refinado (al parecer de mucho dinero), leyendo el diario en compañía de un café. Me senté al lado de un ventanal, aunque lo ultimo que me interesase fuera mirar hacia las calles. Pedí un café cortado. El frío comenzó a adherirse a mi cuerpo, eran las nueve y media.

Fueron inolvidables esas horas de desgravio y angustia que padecía luego de semejante tragedia. No había lugar en este mundo para la reflexión, todo constaba del intrínseco acto de determinar, nada servía ya de consuelo ante la gravedad de los hechos, y más costaba poder entender como tales sucesos se convertían, hoy en día, en algo tan cotidiano y aceptable. Mañana tendría que ser otro día, pero no! Para mí no era así, nunca más volvería a despertar con la misma confianza, nada sería igual que antes, no esta vez.

En referencia a Lorena, ella ya se encuentra mejor. Ha optado por comenzar a concurrir a grupos terapéuticos y sociales, que la ayudan constantemente con sus adicciones. Me sigue costando el trato con ella, sin embargo, me tranquiliza mucho más pensar que ella quiera estar mejor, notar su esfuerzo y empeño. Y sus palabras recordándome, tan a menudo, que soy de gran ayuda para enfrentar los miedos me satisface en demasía. Me siento mejor. Creo comenzar a entender de qué se trata la compañía, y que rol juega el amor en nuestras vidas. Siempre recuerdo el mediodía aquel que ocurriera la tragedia (la cual quisiera dejar atrás, pero sin olvidar), y mis inmensas dudas que conspiraban con abandonar todo lo construido de una vez por todas, arrojándolo fuera de mí¿Por qué no lo hice? Supongo que entendí la significación de los acontecimientos, cansado de pertenecer a un sector secundario de los asuntos que me rodeaban, quise tomar el riesgo y afrontar todos mis temores con la valentía oprimida que aún guardaba en mi interior, y con lo que mantiene al ser humano vivo después de la muerte, la dignidad. No sabía, a ciertas, que esperar pero comprendía que con dignidad nada oscuro podría volver a aparecer. Y allí estaba, sentada en un banco, blanco y macizo, con sus piernas estiradas en ambas direcciones paralelas. Al parecer observaba los autos pasar o los pajaros volar, pero yo bien sabía que revisaba su alma. Una clara sinceridad  senti al apoyar mi mano sobre su hombro, y esperando su mirada, parado me quedé. Lo mismo hizo ella, ocultando iguales lagrimas que caían como aquella noche en el colectivo. Pero estas lagrimas no eran de dolor, .eran lagrimas de esperanza, aguas fortalecedoras e infranqueables de benevolencia y bondad; no encontraba manera alguna de expresar palabras que pudiesen alegrarla o aunque sea tranqulizarla. Solo cedí a abrazarla, ya no valía la pena decir palabra alguna, creo que nuestros ojos habían hablado por nosotros.

Marvel Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario