Indireccional
Nostalgias de haber vivido
Marvel aguilera
“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos
para evitarlo”
Jean de la Fontaine
Primera parte
Capítulo primero
Presurosa era la vida llevada por el joven hombre. Y su intelecto contrastaba (si es que
hay una doctrina a seguir) con la forma de atravesar el paso de los años. Rondaba en el invierno
de los años sesenta; y ese clima ampuloso e incierto de prosperidad, por un lado las políticas
antiperonistas se estigmatizaban aun más, mientras, avanzaban en crecimiento los grupos de
política-guerrillera, asomándose más al centro de las ideas. El poderío de las fuerzas armadas
hostigaba a la clase social pensadora poniendo estrictos límites a las ideas. El país intentaba
salir adelante con los Proyectos de desarrollo industrial y petrolero, sin embargo, nada era
seguro en aquellos tiempos. En ese contexto merodeaba Julio Balaguer.
Nacido en La Plata, allá por los años cuarenta, en los cuales, la ciudad crecía
rápidamente, dejando atrás aquel rótulo de ciudad bella y cultural para conformar (sin
desaparecer lo otro) un pueblo más cercano a lo popular, y a ese criollismo latente que tanto
agrada al argentino. Su padre, Emilio Balaguer, supo llegar de hombre maduro a Rosario en
compañía de su familia (Padres y hermano) luego de habitar largos años de vida en Catalunia,
España. La dictadura impuesta por Francisco Franco en Abril de 1939 hubo de generar
desconcierto en los Balaguer, los cuales habitaron desde siempre allí, como lo data su clásico
apellido asignado a una pequeña ciudad, del Noroeste español, situada en Catalunia; y la
inminente necesidad social de levantar las armas para encontrarlas en una nueva guerra
mundial, que pudiera definir los poderíos económicos e ideológicos. Por mas que la nación no
definiera aun su clara tendencia, a pesar de su gobierno militar, las cartas ya habían sido
arrojadas, y los Balaguer, antiguos comerciantes, vieron la oportunidad de girar su rumbo hacia
el pueblo hermano de España, el pueblo argentino.
Es verdad que no eran los mejores tiempos para la republica, además no surgía en la política, la
necesidad de atraer inmigrantes que vinieran a ocupar territorios que, tiempo atrás, hubieron
sacado adelante al país, pero que, en esta ocasión, arrastraría incertidumbre económica y
adaptativa. Los Balaguer juntaron sus ahorros, vendiendo sus vastos comercios que habían
sabido marcar una época en su tierra natal, embarcándose en rumbo sudamericano a finales de
los treinta.
Desembarcaron con sus maletas llenas de ropajes, y con la esperanza neta de vivir el resto de
su existencia en paz y tranquilidad, la cual había caducado en tierras españolas, y aquí, se
renovaba ese sueño de proliferar su apellido y sus costumbres a lo largo del territorio. La fé
estaba intacta.
Buscando lugar en donde desarrollar sus aptitudes comerciales, se movió la llegada familiar con
cierta confusión de no saber: ¿Y ahora por dónde empezar? Recibieron información de
trasladarse hacia las provincias del Sur argentino, de amoldarse en un pequeño conventillo en el
corazón de La Boca, sin embargo, la familia adoptó la proposición de situarse en Rosario, Santa
Fe.
En los primeros años, Emilio, sientiose dificultoso al sobrellevar sus pequeños negocios,
lo realizado no era exactamente lo planeado con anterioridad, y eso se hizo sentir. La familia
tuvo que amoldarse a los límites del presupuesto, y a una moderada casa de familia tipo en las
afueras del centro. Raúl, el hermano de Emilio, luego de un tiempo pasado ya, y con los papeles
en regla de su nacionalidad, emprendió la búsqueda de un trabajo alternativo en las cercanías,
ya que el dinero acumulado con las ganancias de los negocios no permitían vivir a la familia
como querrían, o por lo menos, como supieron hacerlo en Catalunia. Sin embargo, nada parecía
simplificarse, muchas puertas que coincidan con el perfil de Raúl solían cerrarse debido a su
estado de extranjero recién llegado. El tiempo se agotaba y el dinero también. Sin saber que
hacer en la ciudad, Raúl, dejo a un lado la insistencia de inmiscuirse en la gran ciudad y modifico
su visión hacia el sector rural, ¿Qué mas daba? Allí en un campo lejano, enterose de una antigua
estancia llamada “La tranquera”, llegado al lugar en medio de un dia laboral, apreció la pasividad
que emanaba el campo, ese aire puro y apaciguador de benevolencia, el dimanar de la flora y la
libertad de los caballos galopando. Un viejo estanciero lo recibió al momento. Preguntando con
incertidumbre quien era, el viejo parecía creer que se trataba del hijo de una señora que le había
pedido la doma de una yeguas la semana pasada, habiéndole dejado el recado de recibir a su
hijo en los días siguientes para acordar el encuentro con los caballos. Raúl respondió, con su
acento catalán, que era un joven extranjero que necesitaba trabajar, y que hubo de enterarse
que aquí necesitaban mano de obra confiable. El viejo lo miró intrigado desde los pies hasta la
cabeza, y luego con un tono más elevado contestó: “Don Manuel es mi nombre ¿Cómo se llama
usted compadre?”
Capítulo segundo
Se sentaron en la sombra de un viejo ombú, el estanciero se paró nuevamente
disculpando su interrupción. Entró por la puerta trasera de un pequeño galpón, y, al minuto,
apareció con un pequeño termo y un mate de madera, llevados en el mismo brazo izquierdo.
Raúl no sintió nervios ni duda alguna de sus palabras, sintiose relajado, como en
aquellos viejos tiempos en que viajaba a Barcelona con sus fieles compañeros. El viejo le
inspiraba paz, esa misma paz que traslucía su abuelo Antonio, el cual, con un gesto, daba a
entender con claridad todo el cariño que guardaba en su interior, y eso alivió al joven. Le contó
con la mayor dignidad, y el orgullo intacto, todo lo hecho por la familia en el continente Europeo:
sus mañas, sus ideas abstractas y de innovaciones, la relación con los clientes. Y por sobre
todo, el sacrificio llevado a cabo por la familia para ascender y posicionarse, y las aversiones de
la vida que los habían llevado a abandonar todo lo construido hasta el momento para volver a
empezar una vez más; el viejo escuchaba con atención mientras cebaba un nuevo mate amargo.
Y en el renacer de una cotidiana noche quedaronse recordando anécdotas, a lo largo de las
horas se sumaron más hombres a la plática. Un joven muchacho, morocho y petiso, le decían
Cuqui y se fregaba a cada momento la nariz, vestía un pañuelo rojo que le sobrepasaba la
cintura; un grupo de señores de la tercera edad, Marco y Vicente, que se interesaban con
inocencia acerca de la vida en las grandes ciudades de Europa, y por mas que les dijesen que él
habitaba en un humilde barrio, ellos insistían en que les cuente las peripecias de las grandes
vidas que allí se explayaban, Raúl no se impacientaba e intentaba transmitir sus palabras de la
mejor manera posible. Y como no mencionar a Don Edelmiro, viejo gaucho y capataz de La
tranquera, con sus gestos irreparables y una arrogancia latente pero que agradaba al salir de sus
labios, llevaba eternas marcas de fiereza que se manifestaban en sus manos y en los costados
de su rostro, el gaucho tomaba a grandes sorbos un vino tinto que dejaba reposar entre sus
piernas, no parecía alcohólico pero si un gran tomador. Así, Raúl, había elegido seguir sus
rumbos de vida por el campo, al ritmo de las cabalgatas y el mugir del ganado que era socorrido
por los perros, y de ese clima cálido y amigable que siempre se esparce en las mateadas, que
habianle gustado al reciente extranjero; y las noches de historias y asado al costado de la fogata.
Raúl hubo de alejarse un poco del resto de los Balaguer, y su familia no terminaba de adecuarse
a ello.
A los pocos años de instalarse la familia ya definitivamente en La Plata (por reticencias
económicas), aunque atravesando ciertas libertades laborales, Emilio había comenzado a tener
una relación amorosa con una mujer, una cliente para ser mas especifico, la mujer tenia
alrededor de 33 años, y era nativa de Rosario (casualmente donde vivieran los Balaguer tiempo
atrás), sus ojos miel y su pelo colorado habíanle causado una notable impresión a Emilio, quien
supo alimentar la relación con viajes por el país, y regalos inesperados. A los pocos meses de
convivir, Ana (que era el nombre de ella) había quedado embarazada de Julio, y así la familia
comenzaba a modificarse, e inclinar y definir sus horizontes.
Capítulo tercero
Al nacer el pequeño Julio, se vio rodeado de una alboriosa y prospera época laboral,
comenzaban las buenas temporadas, y los clientes aprovechaban esa leve sensación de
serenidad económica que se manifestaba a mediados de los cuarenta. Perón había llegado al
poder luego de su exigua labor en la secretaria de trabajo y previsión, y con el apoyo popular y el
cese de la oposición ante semejante símbolo de Mesías laborioso; los Balaguer ascendían un
poco de esa estancada situación en que estaban inmersos al momento de su llegada. La casa
hubo de ampliarse ante la llegada del niño, aunque hubiera un espacio importante dejado por
Raúl ante su inminente ida al campo (ya definitivamente), Emilio, ora esperando el milagroso
retorno de su hermano ora por demostrar el avance económico, actuó al instante en la
ampliación. El niño había nacido sin complicaciones, asombraba su rubia cabellera y sus
pequeños piecitos, a lo que la gente al verlo ya imaginaba un gran deportista. Los primeros años,
como mencione anteriormente, fueron de parsimonia, y al continuar el tiempo y su crecimiento,
empezaba a denotar cualidades artísticas, en especial en sus pueriles pero definidos dibujos;
Emilio no se interesaba mucho por sus dotes, supongo que pensaba en que siguiera la línea de
la familia, siendo un joven y exitoso comerciante. Tras alcanzar el primer escalón de longevidad,
ingresaría a la Escuela primaria n°32, allí mostraría sus cualidades artísticas, especialmente
transferidas por su abuelo Leopoldo (hijo de Antonio), el cual le acompañaba, como alguno de
sus pasatiempos, contándole historias de la antigua Grecia y sobre los grandes artistas que él
había sabido comprender en sus años juveniles como actor y pintor, el niño escuchaba atenta y
curiosamente, no tanto por lo que decía en sí (por su adulto lenguaje) sino por la forma gestual y
actoral que se manifestaba en su persona.
Al año de comenzar la escuela primaria su madre, Ana, quedaría nuevamente
embarazada; pero las desgracias retornaron en la familia. Ana había encargadose lentamente de
los negocios de la familia, dejando a Emilio la atención del local principal de los Balaguer, y por
esos tiempos surgió la oportunidad de instalar un local en el centro de Santa Fe, y allí fue Ana.
Enterada, desde cerca de un mes, de su futura doble maternidad, emprendió el viaje a Sante Fe,
tomando los recaudos para no complicar su estado de salud, especialmente por la insistencia de
Emilio, el cual, no permitía que ella siguiera en su labor, por lo menos hasta que nazca el niño.
Sin embargo. Ella terca u honorablemente no hubo querido dejar el empleo. Emilio le consiguió
un taxi que la condujera y a su vez trajera de retorno a La Plata, ella aceptó. El taxista, anciano
sesentón de barba blanca, era conocido de la familia y le dio la certeza a Emilio de mantenerla
en su cuidado. El viaje era largo en proporción al acontecimiento (que no era seguro), pero la
ansiedad de Ana se dimanaba en cada paso de los postes de luces que atravesaban la serena
vista de la mujer sobre la ventana trasera, el sol parecía encenderse cada minuto un poco más,
alejado de toda persecución de las nubes habiase escapado en la soledad, brillando en ese
trágico mediodía. El viejo taxista titubeó al entrar, una vez abandonada la ruta, al centro de Santa
Fe; parecía que algo no funcionaba como debía ¿Quizás los frenos? tal vez el motor... en ese
momento sólo el anciano lo sabía pero no quería hablarlo ante la embestida de palabras de la
mujer, no se porque no frenó, no se cual fuera la causa por la que el viejo quiso seguir adelante
ante el nerviosismo, y el miedo inminente, que explayaba Ana; el auto sólo reaccionó a esquivar
a una motocicleta negra, transeúnte motorizado en su mundo de divagación, y el vehículo estalló
ante la parte lateral de una blanca y rustica camioneta o “vagoneta” conducida por un grupo de
hombres maduros. El viejo taxista salió despedido fuera del coche, ensangrentado su rostro
vacilaba entre la conciencia y el tartamudeo, y sus piernas, al parecer completamente
quebradas, se mantenían inertes y sin las fuerzas de pisar el llano de la humanidad; Ana
sucumbió en gravedad, el cinturón de seguridad le había dado la oportunidad de una segunda
vida, pero la fatalidad de la muerte le había arrebatado la oportunidad de dar vida a otra, ella
desmayada no lo sabía; mientras la gente se reunía alrededor para observar el acontecimiento,
Julio, en la escuela había obtenido la mayor de las calificaciones en matemática, y sonreía ante
el saludo de felicitaciones de sus colegas. El viejo luego de agonizar, silenció su balbuceo en
señal de fallecimiento.
Capítulo cuarto
En las afueras de la ciudad de Rosario, Raúl, había sabido adaptarse con ágil y veloz
paso al ambiente campestre. Allí, ganó la amistad de Don Edelmiro, gaucho gruñón e idealista,
que le relataba diariamente sus andanzas juveniles en los rodeos y las fiestas patronales a las
que solía concurrir. Y en esos días había surgido la necesidad de llevarle unas yeguas a un viejo
estanciero santafesino, quien hace tiempo las solicitaba como resarcimiento de una ayuda
económica realizada a favor de la Tranquera, en especial de Don Manuel. El mismo encargado,
en dialogo establecido con Edelmiro, convenio en que fuera dicho gaucho y el joven catalán
Raúl, surgiendo la sorpresa en la expresión del español; pero a su vez alegría de compartir
kilómetros de camino al lado de su fiel compañero, era una aventura que el presentía inolvidable,
mientras los cielos se pintaban del celeste azulado y los árboles respiraban la preponderancia
definida de los viajeros, el aire se jactaba del maligno ardor que disentía en la tragedia de Ana.
Emilio llamó, con las pocas fuerzas que se contuvieron en él, a la Tranquera, por el mediodía,
para comunicar la situación de la familia, con el resultado de no encontrar mas que al carismático
hablar de Don Manuel, que se lamentó de lo sucedido poniéndose al servicio del damnificado, -
En cuanto noma’ llegue el muchacho le comunicare con ligereza mi don-. El comerciante colgó
entre lagrimas caídas y suspiros renacientes, depositando su seca presencia en el diván de la
vieja Clínica central, del otro lado, el viejo estanciero salió de la pequeña casa, situada al
costado del galpón, respiró un poco de aire puro, y retomó al labrado del campo, que realizase
desde antes del llamado. El gaucho y el catalán ya marchaban en camino. Julio seguía
creciendo, tanto física como mentalmente, sus notas en clase eran de las más altas pero habían
decaído últimamente debido a la afección que le causase la desgracia de su madre; parecía ser
un chico muy sensible y preocupado por la causa familiar, eran pocas las veces que había tenido
contacto con su tío Raúl (sólo en festividades), y eso lo inquietaba en su interior. A pesar de ello,
Emilio, no solía captar la atención que el joven niño necesitaba, siempre preocupado por el cierre
de números o el pago de sus clientes, mas aun cuando Ana debido a su malestar se alejo por
importante tiempo del trabajo, tan sólo le mostraba atención para hacerle saber del crecimiento
económico de los Balaguer, mostrándole que aquello que habían sabido construir, algún día
podría pertenecerle a él, mas directamente, que él en un futuro debía ocuparse de la familia así
como ella hoy le estaba dando lo necesario para que progrese. El niño solía apartarse en su
jovial habitación, no queriendo oír más de acuerdos y negocios, él era solo un infante ¿Por qué
me dirán todas estas cosas? ¡Jamás seguiré ese camino! Soliendo echarse en el rincón húmedo
de la habitación, y con un cojín cuadrille y una tenue lámpara, quedabase leyendo por las
noches, algunas veces breves cuentos de Poe y de Chejov, otras veces simplemente historietas
cómicas, y en la silencialidad sonora del viento, ante las sombras alegóricas e inertes que
expresaban los muebles del derredor; solía quedar dormido profundamente, como soñando ser
ese niño que acompañaba a los piratas en sus andanzas delictivas y estrepitosas, limpiando los
pisos y la proa; vestido de corsario negro, como el cuento de Salgari, o viviendo en el campo con
su tío, y huyendo del enemigo en búsqueda de la paz infinita. Hasta que su madre lo levantaba
quedadamente, y apoyando su cuerpecito sobre el descansar humano, lo cubría tiernamente. El
fingía por momentos el inflexible sueño, por la pura necesidad de sentir la amabilidad y el cariño
de su madre. Necesitaba esa señal de humanidad.
En la llegada a la radiante morada del prestamista, es decir, el viejo estanciero que
solicitaba las yeguas para sí. Ahí andaban al galope el catalán, con expresión de adrenalina y
vigor; y el experimentado gaucho, con su serena pero severa mirada fijada hacia delante, no
observaba nada en particular sólo introducía en sus ojos, el clima ampuloso y rebelde del campo
por el morir de la tarde. Ambos llevaban un animal a su lado, eso les supo quitar tiempo y
velocidad, sin embargo, la alegría de llegar al sitio establecido era neta. Conocieron al peculiar
hombre, quien les agradeció el haber traído a los animales, y apreció el buen estado en que se
encontraban. Luego los invitó a su cabaña a pasar el rato, comunicoles que era un día de festejo
ya que su hermano Pedro cumplía 46 años, y la familia se reuniría allí para la celebración. Al
costado del hogar, se preparaba la carne, al parecer cerdo y cordero, además de otras entradas
de res. La gente llegaba con el pasar de las horas, Raúl, sentado en cercanía del fuego, para
contrarrestar el seco frío, disfrutaba en armonía de cada minuto de su nueva vida y eso
permitiale dialogar con algunos parientes del estanciero. Una joven muchacha, morocha y con
cristalinos ojos verdes, llegó en un auto compacto, acompañada de una señora bastante
elegante y refinada, el viejo salio a recibirles con dicha y gracia, les presentó a los visitantes, las
mujeres saludaron con un ademán de manos e ingresaron a la cabaña, adentro rumoreaban las
gentes de mayor posición y con ansias de enterarse nuevas noticias, mientras, a mi lado,
Edelmiro, fraguaba en una laguna de pensamientos, quizás demasiado internos, y temerosos de
salir a la luz en busca de un lugar en donde transitar y exponerse, lleno una copa más de vino y
bebió un nuevo sorbo de piedad.
Capítulo quinto
Jueves era el día en que Julio terminaría sus estudios, joven aplicado y ascendente
intelectual, había graduadose en bachiller de manera amena y brillante, sus padres estaban allí,
en aquel importante momento; el joven sonreía seca e indiferentemente. En su tiempo en la
secundaria de la Escuela n°32, Julio hizose de varios amigos, algunos confiables, otros meras
personas en busca de algo digno entre tanta mediocridad. Uno de ellos era André Tournai,
delgado muchacho, rubio e introvertido, y con ademanes de enseñanza o ese tipo de
gesticulaciones que suenan entre aparentosas y súper expresivas, sus coincidencias literarias y
culturales se identificarían bastante con las de Julio, eso los había acercado. Oriundo de Benelux
y de orígenes Belgas era el muchacho, y su padre, ya afianzado con su labor en el diario “El
aviso”, hubieron seducido al joven Balaguer para que una vez terminados sus estudios, pudiera
ingresar como ayudante en una de las columnas de noticias; la oportunidad era tentadora y a su
vez enigmática, teniendo en cuenta que aún no sabía a ciertas que carrera iba a afrontar por
delante, y el ir por la corriente de la gráfica lo seduciría y, tal vez, apresaría a una vida ya
establecida, aunque nada pudiese establecerse sin antes realizarse.
Emilio comenzaba a apesadumbrarse por el paso indefinido de los años, y su madurez
alcanzaba ya cierto sentido de pesadez física y mental, varias de sus actividades encontrabanse
fuera de su alcance humano, y por ende, debían ser derivadas a allegados empleados juveniles
que satisficiesen las necesidades del negocio familiar. Ana, parecía haberse quedado aislada,
olvidada en el reposar de sus recuerdos pasados y trágicos, que acarreaba desde aquel fatídico
mediodía, y que la falta de solvencia espiritual, conmocionaba en lo mas profundo de su
existencia, socavando sus apreciados sueños de alboría, ese deseo interno de llegar a un nivel
mas allá de la felicidad y la paciencia, un estado somnoliente y soñador que solo transluciría
apacigüedad y benevolencia, ese mismo estado ya no existía, y nunca lo había sido.
¿Como poder obviar la necesidad, o mejor dicho, la gracia de realizar algo tan cercano a sus
ideales?, el poder brindar noticias y “la verdad”, en su estado puro y cuasi tangible, para el
alcance humano y social. Al afianzarse la relación con Gerónimo (padre de André Toumai), todo
comenzaba a llegar a un punto de inflexión en el sentido moral y profesional del muchacho
Balaguer, era ese espacio de tiempo en que cada minuto impacienta y amedrenta al espíritu,
tanto como la llegada al limite del susto o de un profundo agite de los sentidos internos del alma.
Julio así comenzaba su pueril pero lúcida trayectoria en el campo del saber (o dar a saber). El
apacible y tranquilizador despliegue del radical Illia no era lo suficiente para mediar la furia
interna que se ensanchaba y apoderaba del aparato social y político a mediados de los 60’, esa
misma inestabilidad que generaba su presencia se transmitía inevitablemente a su toma de
decisiones, y al representar el mando nacional, defendiendo con holgura el sillón de Rivadavia, y
protegiendo al “verdadero” pueblo victima de las injusticias y barbaries que se contrastaban dia y
noche. El golpe del general Ongania el 28 de junio del 66 era algo esperado, aunque no bien
recibido como con anteriores sucesos. La cancelación de las autonomías en las Universidades
había estallado en malestar y violencia irreparable, Julio viose abrumado y temeroso de ver
interrumpida su reciente carrera en Sociología (también reciente teniendo en cuenta su
establecimiento), y aunque no fuese victima del atroz escándalo de “los bastones largos”, vivía
con preocupación lo sucedido, tanto que lo atormentaba diariamente en su labor en la redacción;
y al observar la restringencia que traslucía en la información desde su nacimiento, generaba
impotencia en su ser pero también ganas, ganas de comprender que en algún punto exacto del
plano social, el podía dar a saber un poco mas, tal vez ese algo mas necesario para replantear,
aunque fuera un instante, las ideas acerca de nuestro destino, o por lo menos, del camino para
llegar al mismo.
¿Cómo podría imponer algo así? El ser auxiliar en una de las columnas era lo bastante
cercano para dejar el resto a la creatividad e idoneidad de sus dichos. De esta manera se puso
en trabajo de escribir un texto breve pero con exactas ideas perfiladas que pudiesen dar a
entender al núcleo social, las trabas educacionales que provocaban la dirigencia militar y la falta
de una autoridad hecha con el puro y vasto pensamiento institucional y de carácter educativo, en
simples palabras, el desequilibrio que causase la falta de autonomía en las principales
universidades, y la implosión que aquello provocase en la estructura educativa, dejando a
cientos de profesores o educadores a la merced de la enseñanza restringida, generando que
éstos no tengan otra salida que buscar nuevas fuentes de transmisión, allá, en los países del
exterior, algunos optaban por la cercanía de los países limítrofes, que además poseían la
aliciente de compartir idioma mismo (con excepción de Brasil); y otros apostaban por introducir
sus conceptos a regiones o estados de mena y amplia diferencia cultural y de idiosincrasia (EE.
UU, Europa Central).
En las afueras de Santa Fe vacilaba un ambiente sereno, aunque los vientos ocultos
comenzaban sigilosamente a intentar asomarse al océano de aire, los árboles, ya secos,
brindaban esa tenue y mísera melodía en compás con sus ramas, y las poquísimas hojas que
aun sobrevivían del avance otoñal. Raúl sentado en la entrada del viejo galpón, esperaba;
ansiaba descubrir esa mutación espiritual y cósmica que transluce el paso del anaranjado y
rojizo crepúsculo, hacia el manantial y onírico azul nochero, que abre el paso de aquellas vidas
ocultas que aguardan despertar por las altas horas para desarrollar todo ese misterio, toda esa
capa de ocio y de aires dionisiacos que se explayan por el morir de dia, o mejor dicho, por el
nacer de la noche.
Capítulo sexto
Cándido era el tiempo tomado por Julio, una exigua labor de sus pensamientos quería
verse plasmada en aquellas breves palabras, así comenzó algo incierto que no prometía futuros
pero si, marcaba la razón de un presente real y no idealista. Al presentarlo a la vista y análisis de
Gerónimo, este se perturbó pero también conmocionó de aquellas palabras inmortalizadas por el
joven ¿Cómo alguien que ha vivido tan poco puede comprender tanto las necesidades?- decía el
maduro hombre- sin embargo, lo relatado era un puñal, un ataque punzante de socialdemocracia
que contrastaba y chocaba en gran medida con el estado de gobierno impuesto por esos
tiempos. Se trataba de una situación que podría causar un impacto positivo en el público; pero su
efecto negativo era demasiado solvente y arriesgado, incluso para su existencia, o la de su
propia familia. Julio parecía no querer saber posibles consecuencias de sus dichos, él ansiaba
poder dar a entender, aunque sólo sea, parte de la verdad, esa misma verdad que cada día nos
es ocultada, ya sea por los medios, los gobiernos e incluso por la sociedad con la que convivía y
de la que formaba parte. Penó el experimentado hombre el no poder colaborar con el muchacho,
no se trataba de códigos, no tenia que ver con su persona ni con una cuestión ética, era poner
en riesgo el futuro de muchas personas directa o indirectamente involucradas con ello, ¿Era
necesario poner en juego algunas vidas para la claridad de muchísimas otras? ¿Qué pesaría
mas en el circulo social? No había manera alguna de que sus ideales, un tanto socialista y otro
poco de la reciente izquierda peronista, pudieran dar a la luz. Nadie lo había dejado solo ni
aconsejado de una posible salida del ambiente, únicamente la recomendación de ocultar sus
palabras, de no dejar que sus impulsos y pasiones triunfaran en él, y socavaran un agujero del
que ya no había vuelta atrás. El joven marchó afuera, salió al corazón de la ciudad, no sabía bien
donde ir, donde volver, donde estar, solo sabía que no iba a dejar manipular sus creencias,
debía haber una forma de imponerse, aunque fuera sólo una vez.
En las soledades impregnables que soslayan los campos se desarrollaba la audaz vida
del ya experimentado catalán, no obstante, situaciones hubieron ocurrido, cambios habianse
generalizado y nuevos criterios parecían querer incurrir, ante la necesidad, en aquella vieja
estancia de Santa Fe. El anciano estanciero, aquel que hubo de recibir y posteriormente
contratar a Raúl, había enfermado, al parecer crecientes problemas cardíacos ante la falta de
una necesaria atención al asunto; y aunque el maduro hombre se pasara de vez en cuando por
el lugar, un poco para controlar y otro para no alejarse de su vida y sus afectos (con pocos
contaba); la estancia ya contaba con un hombre que realizaba las mismas actividades, seria
injusto el describir si mejor o peor teniendo en cuenta toda la experiencia adquirida por el viejo,
sólo digamos que hacía lo necesario, aunque luego se sumaría otro empleado que acompañaría
o complementaria las labores. Y en cuanto al eterno o simbólico gaucho de La tranquera, el
sagaz Edelmiro, por su elevada edad había dejado a un lado, delegando mayormente a Raúl,
varias actividades típicas y clásicas de su persona. Y cierta tarde de primavera del 64’, recibió
una oferta por parte de un antiguo cliente y ricachon, que al ampliar sus dominios territoriales y
pastorales, necesitaba de un gaucho maduro (aunque la mayoría de ellos lo son) para cuidar de
la residencia y de los animales que se propagaban temporalmente; al gaucho le causaba tristeza
y cierta resistencia el abandonar aquello en lo cual había “cosechado” por tanto tiempo, eran
muchos años frente a La Tranquera, y mucha vida conocida y dirimida. Supongo que el
cansancio y el imán que nos acerca lentamente a la muerte peso más que las pasiones
generadas e incorporadas en su ser. El catalán sentía su ausencia o mejor dicho no sentía su
presencia. Otra etapa comenzaba, quizás era el momento de tomar la iniciativa y emprender
vuelo hacia ese universo individualista o egoísta que pretendemos buscar, de manera exigua, y
esos ideales personales y profundos, cuasi oníricos. Así atravesaba sus tiempos Raúl o tal vez
así amedrentaba el tiempo al joven catalán.
Capítulo séptimo
Al volver en sí, temía encontrar la verdadera realidad que se plasmaba en su cabeza,
temía ser todo eso que en cierto momento tanto buscaba combatir, y ese antagonismo parecía
disolverse en un conjunto de innobleza y degradación. El chico no veía aun la luz en su caverna,
pero daba cuenta de que debía insistir en la pelea, debía difundir sus palabras por donde quiera
que fuese y así llegar al corazón del pueblo oprimido, buscar la verdad no es simple pero más
difícil aun es darla a conocer. Y en ese transcurso de sus pasos, apesadumbrado pero a su vez
esperanzado, volvía al hogar que lo vio nacer, aquel que sirviera de castillo ante sus sueños
feudales, y de refugio ante sus juegos de espionaje; ese mismo sitio alegórico y ficticio para su
imaginación no era el mismo, o por lo menos nunca lo había observado de esa manera. Un
aparente enigma se concentraba en cada rincón externo de la casa, y el aire ya viciado se
encerraba en los vestigios del hogar, sus pasos se inmortalizaban en el llano y delataban el
camino hacia las sombras. Entró a su casa tímidamente, no queriendo denotar su fracaso
laboral, la gente reunida lo lleno con sus miradas acusantes, y su padre alicaído en los brazos de
Leopoldo parecía hacer doler más la capa que cubría los supuestos y especulaciones. Raúl se
acerco, ¿No se para qué? Su cuerpo atestiguó la tragedia que tan hondo iba a cavar en sus
sentimientos; pero su corazón ya había palpitado suficiente, en ese lenguaje del alma que
translucimos cuando las emociones nos llegan tan lejos, para avisarle que su madre había
fallecido después de agonizar. Esta vez él querría que ella fingiera estar dormida para recibir su
cariño, pero lamentablemente de ese sueño no iba a despertar.
Desde la ida de su madre todo se había volcado en miserias y angustias, por lo menos
en el ser interno de Julio; no había manera alguna de poder explicar o dar a entender la herida
causada e inmortalizada en cada andar del muchacho, nada era como antes y lo que
anteriormente era movido por las ansias y la ambición sana de querer llegar a dar la vida por la
sociedad y el bien colectivo, ahora se translucía en furia y agresividad contra la opresión, en ese
orgullo mas cercano al odio que a lo racional (sin establecer que el odio no pueda ser racional),
refiriéndome al pasional cortocircuito generado en sus sentimientos, y que, irremediablemente,
superaba o se excedía de sus limites. Aquello se plasmaba en cada situación de su persona, ya
no frecuentaba la redacción “del Aviso” por el contrario, ocupaba esos tiempos de creatividad y
esfuerzo llenando vacíos con vasos, matando cada recuerdo construido con el martirio neuronal
que le causasen los excesos de alcohol y drogas; sus ideas en bien de “algo” habían tomado la
pauta de ir en “contra de lo otro” primordialmente, y los antros de perdición que frecuentaba no
abastecían sus miedos y el verdadero malestar oculto y reprimido; así se uniría a un pequeño
grupo político-combativo con ideas de revolución pero con netos actos de irreverencia, que
tomaban de guía al ERP (Ejercito Revolucionario del Pueblo) como su musa idealista, como
timonel. En Emilio no había manera de retener o proteger la integridad de su hijo, él ya se había
alejado de su círculo familiar, y el intento de acercarse no era más que una imposibilidad
demarcada y ya establecida. Emilio lo sabia y temía ante el destino de su hijo, y en términos
generales, ante el de su familia.
Sus escritos seguían como guía de instrucción para los colegas, inspirando fuerzas de
combatir por un cambio estructural y social, alimentando la realidad de sus pares con las
necesidades absolutas del pueblo, y con el escupitajo literal hacia las formas de gobierno
existentes y su falta de capacidad para guiar a la nación. Era confuso el explicar por qué un
joven cuya vida estuvo, aun teniendo en cuenta su caídas, en la línea de la estabilidad, y cuyas
tragedias estuvieron más cercanas a lo accidental y natural, haya tenido ese efecto cambiante en
los pensamientos del muchacho, ¿Sería ésto lo que pretendía conseguir aunque no con el
camino preestablecido?¿Acaso era un efecto cognoscible en sus sentidos, que de niño se
asemejaban a la rebeldía (ante sus padres, ante su entorno) y a partir de su madurez se
concentraba en pasividad?
En la pesadumbre que acorralaba al país, y mayormente a la clase social; merodeaba el
Octubre del 71, y los grupos combativos se armaban de sus artimañas para enfrentar el
establishment impuesto, y a un gobierno dictatorial queriendo dar muestras de democracia
inexistente.
Cebados por la impía acción contra la comisaría de Rosario en septiembre del año anterior, el
ERP, guiado por su líder, neurótico y fiel admirador del “Che”, Mario Roberto Santucho junto a su
calida y guerrillera esposa Ana María Villarreal, aprontaban sus armas y su confuso ideal
revolucionario para impactarlas contra el colegio académico de oficiales situado en las afueras
de San Martín. Allí estaba el joven Balaguer, por primera vez acompañaba a quienes admiraba
por su labor combativa, quizás era impensado o inentendible el accionar del muchacho teniendo
en cuenta su educación y sus orígenes, ¿Por qué buscar implantar una revolución con las armas
y no con las ideas? ¿Acaso ignoraba el joven que no era la forma de alcanzar la democracia
pura? No, él no lo ignoraba pero su accionar era movido por el impulso vengativo de su vida, por
las emociones imperfectas de felicidad que se trastornaban en actos crueles de sufrimiento y
melancolía, que se jactaban en el alcohol que perturbaba sus venas expandiéndose a su
cerebro, para atormentarlo por la vida que debía llevar, para exprimir sus huecos de
benevolencia y translucirlos en palabras elocuentes de prosperidad colectiva y útil para una
sociedad, sociedad que el desconocía en demasía, pero cuyas necesidades eran evidentes y se
explayaban en cada niño secuestrado, en cada anciano torturado, en cada mujer violada y
mutilada, no había ojos que traspasaran la niebla violenta y bélica, para poder llenarse de esa
lucidez nítida que otorgara un poco de paz a nuestro sustrato social, a nuestro acervo
corrompido, desintegrado y aislado utópicamente. Julio no había hablado con Santucho, ni
siquiera una mísera palabra, sólo se contentó de una frágil e incierta cruzada de miradas, que él
captó como una señal, una señal para avanzar e ir por un poco más; un gris hombre de barba
mal afeitada le acerco una pistola calibre 32, - ¿Vos sos el pibe que escribe los folletines? Tomá,
acá hay que estar resguardado, sino te pasan por arriba estos fachos, ¿Sabes usarla? La mente
de julio se blanqueó en una nebulosa de miedo e incertidumbre, lo único que había usado como
arma fue una resortera que había armado cuando tenia 12 años e iba al descampado con los
hijos de Doña Irma para tirarle a los perros callejeros, ¿Arma? “Mi objetivo era transformar el
pensamiento de la gente no matarla” pensaba, ¿Era la única forma de tomar el Estado? Y se
acordó de cuando su abuelo Leopoldo le contaba como habían preferido dejar su ciudad natal en
Catalunia, debido a que el resultado de la guerra civil había dejado, como producto, la imposición
de un gobierno dictatorial y autoritario como el de Franco, en el 39’. Ahora estaba en una
situación similar, ¿Debía rechazar ese ofrecimiento del gris hombre y volver a intentar encaminar
su vida intelectual o tomar ese objeto oscuro y determinante para afrontar al mundo de forma
salvaje y arrebatada?; “Claro que se, mi viejo tenía una de estas” eso dijo Julio, y eso bastó para
que la tomara, y con el asentimiento del gris hombre, esa serpiente que me tentaba a la pura y
brillante manzana, la guardé en mi cintura. Minutos después cruzamos con la policía.
Capítulo Octavo
Memorias de Julio Balaguer
Clima hostil nos esperaba sin duda alguna, allí no había momentos para pláticas de
entendimiento, ni mucho menos treguar los aires con brechas de paciencia, allí había lugar,
únicamente, para palazos y tiroteos repetidos. Pronto, ese escenario, se convertiría en telón de
una nueva herida social, a mí alrededor caían colegas manchados de impotencia, de esa
impotencia brusca y cargada de tanta angustia por el dolor de ser pisados, una vez más, por los
monstruos dictatoriales que osaban imponerse al pueblo, esa sensación se plasmaba en cada
disparo impactado en la sien, en las pantorrillas y en el abdomen de cada militante combativo.
Yo estaba inerte, y mi mano sudaba eternamente, a su vez dudando en aquietarse y desenvainar
el arma como lo hiciera Wayne en las impresionantes películas de Western, pero nada de esto
me daba la gracia de ser ficticio, eso me lo decían los ojos claros y fijados de aquel gris hombre
fusilado de dos tiros en el pecho. En una ancha esquina habíame quedado, tersa, sonora y
embadurnada de cascotes de ladrillos que chocaban contra el llano, de disparos que quitaban
presencia al silencio, de pasos agigantados que se disolvían por lo lejos; huyendo despavoridos
y lagrimeantes después de pensar anteriormente en llevar a cabo una tragedia contra seres
iguales a ellos, manipulados por el sistema como números dentro de ecuaciones, en las cuales
su rol elegido había sido el estar del lado de los malos, mi duda era si nosotros representábamos
a los buenos...
Solo pensaba en escapar, en irme lejos de esa magra situación y no volver jamás, ¿Dónde
estaban Santucho, Villarreal, Merlo? No existían, eran signos no lideres, ellos eran los rebeldes
al secuestrar a funcionarios políticos, para achacar las decisiones de las masas; pero la
verdadera lucha era nuestra, nosotros poníamos nuestros cuerpos e ideales, luego sudados y
ensangrentados no sólo de heridas sino de malevolencia. Nos transformábamos en unos
asesinos de mierda para salvar las aguas de un pensamiento, que no era apoyado como
supuestamente uno pretendía ¿Y por qué? Supongo que ya no había gana alguna de luchas
políticas, el argentino necesitaba paz pero no a fuerza de poseer un arsenal para defenderse,
por contrario, la paz que le diese el que no halla enemigo por el cual defenderse. Creíamos
poder cambiar el país y estábamos ayudando a destruirlo, a malvivirlo, a consumirlo,
corromperlo, nuestro deseo ya se había ido en cada nueva ascensión militar en el gobierno,
supongo que nos apoyábamos en la estructura que se había construido, ellos nos destruían
socialmente y nosotros lo devolvíamos en forma de cadáveres y asaltos, y no sé si tal
reciprocidad era justa o moralmente correcta, lo que si se es que nos mantenía vivos.
Ya estaba decidido a partir, mientras asomandos por la esquina en diagonal a mí, creo que la
calle se llamaba Roundeau, un gendarme traía consigo un muchacho malherido pero ya en cese,
calculo que no supo percibirme, ¿Sabes usarla? Eso era lo que me había preguntado el gris
hombre aquel, luego ya maltrecho por el plomo incrustado en su ser; y yo le había contestado:
“claro que sé, mi viejo tenia una de estas”, mi viejo tenia licores, tenia una colección de caracoles
y moluscos, tenia un antiguo reloj de agujas que había heredado de su bisabuelo, pero jamás
había podido tener un arma, ni mucho menos usarla. Supongo era mi destino el estar ahí, ¿Pero
para observar esa situación ingrata? Ahí me escurrí por atrás de unos gruesos árboles, no
recuerdo cuales, y tomando el negro ejecutor esperé que ambas partes pasaran por mi reciente
esquina, me arrimé a la espalda de ellos y vislumbre la 32, al jalar el gatillo activé la alarma
sonora de aquel implantor de la ley, “hey!” me gritó con bronca y temeridad, yo no dije nada, mí
arma sí. Al quemar la superficie de su tórax, el hombre cayó pesadamente como un limón
pasado de maduro, y mi vida también. Ante el impacto del joven que había quedado plasmado
ante semejante hecho, tal vez pensase que lo iba a matar también a él o que tenía una venganza
personal contra el gendarme; y aunque no estaba seguro si lo había hecho por él, me sentí
complacido de que hubiera una justificación para la locura que había cometido, “¿Qué esperas
pibe? Raja de acá” eso fue lo único que acote antes correr hacia la libertad, libertad inmerecida
pero imposible no anhelar.
Era mi turno de escapar, pero no tratabase de volver a lo mismo, lo necesario corría por
quitarme ese peso incalculable de mi espalda, necesitaba alejarme, olvidarme, no existir. En mis
pasos inagotables por las veredas desoladas, entre aquellos ruidos de fusiles que me hacían
imaginar a las carabinas que usara Hernán Cortes para acabar derramando la sangre de los
nativos y propietarios de esa tierra rica y ritual que hoy es objeto de estudio de manuales; sin
embargo otro ruido me impactó, un Renault 12 blanco y maltrecho me hacia frente, y desde su
interior tres sujetos me invitaban a acompañarlos en su viaje, ¿Hacia adonde? Mi suerte ya
estaba echada, que más daba conocer si eran mis Mesías o siniestros pero justos jueces que
venían a juzgar mi terrible acto, no sólo por disparar al policía, venían a juzgar mi vida, mis idas y
vueltas, mi nobleza pervertida, mi pureza salpicada, mi valentía limitada, mi honorabilidad
irretomable. Subí con desden a la puerta trasera, el auto arranco intempestivamente con un ruido
grueso y extraño, parecía dañado el caño de escape. Me encontraba alrededor de colegas
combativos, uno de ellos, dientón morrudo que oscilaba los treinta y pico de años, con anteojos
oscuros y ancha frente, me tranquilizaba con repetidas palmadas en la espalda; atravesábamos
calles que parecianme irreconocibles, se acercaba la tarde y las nubes arremetían contra mi
paciencia, bloqueando mis pensamientos en consonancia con el devenir de mis sentidos, volví a
observar tímidamente al hombre pero al no encontrar su mirada me limité a callar, y no en
referencia al hablar sino sobre mis pensamientos.
En los asientos de adelante había dos sujetos similares, morochos y angustiados, parecían
inciertos o en expectativa de algún tipo de novedad, el treintón de al lado preguntó mi nombre,
“Julio” le contesté, el morocho que conducía acoto: “¿Ah vos sos alguno de los que escriben los
folletos, no?”, “Sí” le respondí (mi miedo me transformaba en un robot monosilabesco); no podía
alejar de mis pensamientos el hecho de no saber si era un asesino o no, si aquel oficial había
derramado mas sangre de la que debía, si sus ojos aun mantenianse fijos, si su aliento emanaba
calidez y no frialdad.”Necesito ocultar un arma” dije dirigiéndome a nadie en particular,
aguardando una respuesta satisfactoria, ya que en mis adentros imaginaba que ellos eran unos
malandrines de mala muerte y que seguramente hayan sepultado mas revólveres fatalistas que
semillas de orquídeas. Los dos de adelante no se inmutaron en responderme siquiera una
palabra, el treintón de al lado, cuyo nombre después supe enterarme que era Ernesto, me decía:
“ja, vos no tenías pinta de andar con ese tipo de juguetes”, siempre con ese tono entre socarrón
y exasperante, “en realidad no es mía me la pasó un colega antes de que encontráramos a la
cana, ¿O ellos nos encontraran no?”, “¿Y que colega le pasa un arma así nomás a un pibe?” me
volvía a interrogar; “No sé nunca lo había visto, es la primera vez que participo en “éstas”, sólo
recuerdo que era petiso y de pelo gris, después lo hirieron creo...” (Aunque yo suponía que lo
habían matado, o eso entendí observar), “¿Será el gordo Mario?” Les preguntó Ernesto con
incertidumbre a los de adelante, que siguiendo su flanco desinteresado le respondieron: “no”, “no
creo”, “lo hubiéramos visto”. “Dame pibe” eso me dijo el hombre pidiéndome la 32, y sacando el
arma de mi cintura sudada, se la entregue, le entregue aquel objeto bélico que había sido
participe de una posible muerte, aquel artefacto podía haberle quitado la vida a un ser, podía
haber destruido una familia, podía haber desecho miles de sueños, podía haberse llevado mi
último trozo de dignidad, de la aparente honorabilidad de mis actos e ideales, y toda esa
concepción de bajeza y desagrado había sido desatada por mí, y no creo aun que su causa se
haya desatado por tirar de un gatillo, sino que había comenzado el dia que elegí ir a beber y
fumar al costado de una barra en aquel bar del centro, en vez de quedarme con los míos, con mi
sangre, mis raíces, mi esencia, mi destino, y la tierna y fría humanidad de mi madre en el féretro.
Mientras el curioso hombre parecía observarla como si irónicamente nunca hubiera usado
alguna, mi cuerpo no osaba aquietarse, se amedrentaba de suponer que ya no era aquel joven
muchacho con sueños socialistas sino un asesino, un pobre y desagradable asesino, que ni
siquiera sabía matar, que no lo había hecho por convicción, mucho menos por valentía, todo
había sucedido por miedo, por ese miedo que causaba el estar al margen de esa circularidad a
la que tanto imaginaba y explayaba con palabras pero en mi interior, bien sabia que poco había
sacrificado en una causa justificada por la mera acción altruista, guerrillera, revolucionaria. No
podía soportar mas el estar en ese estado de virulencia mental, de constante especulación,
había un terror enorme en mis sentidos, un terror degradante pero no como aquellas películas de
Hitchcock que tanto disfrutaba, era el terror a la vergüenza, al fracaso, al no “ser”, me convertiría
en un vago mas, hundiéndome en el pozo de la incredulidad por siempre, sin tener ángel ni
demonio alguno que permitiera salvar mi alma, sin retrospectivas, mientras ofuscadas las
veredas me translucían en cada perro callejero luchando por un pedazo de pan duro caído de
algún comestible barato, mi existencialismo frágil y perecedero no soportó mas de ese ahogo,”
mira que no la use” le escupí de mi boca; “esta bien pibe, yo me hago cargo” me contestaba
Ernesto apagando un poco del fuego que ardía en mi, “¿En donde te dejamos?” Me preguntó
sorpresivamente el morocho que manejaba atentamente, mientras el caño de escape parecía
hostigarse mas aun, era como un bebé cuando lo inunda la fiebre y ya no basta descargarse con
el llanto; no podía volver a casa, no todavía, ver a mi padre seria lo último que pudiera hacer en
la vida, terminaría de matar a mi ser, destrozando el honor de mi familia, de mi madre, de la
querida Ana. Nunca había imaginado que aquel juego de soldaditos que tanto disfrutaba en mis
años de infante, se convirtiera en la fase más fatídica de mi historia. Le di la dirección de André
Toumai con la familiaridad jamás pensada y busqué relajarme un poco, un instante, es decir, una
enormidad; “si fue el gordo Mario les dio duro, queda una bala nomás”, “gordo forro ojala este
bien” decía Ernesto con serenidad, “siempre zafa” dijo el que conducía mientras pasaba un
cambio, ya no me importaba el arma, todo había terminado, mi miedo era sobre lo que había
empezado.
Capítulo noveno
Supuse en un primer momento que André no podría entender mi accionar, que sus
valores eran rígidos y que si había alguna cuota de flexibilidad en ellos no llegaba al punto por el
cual permitierase comprenderme, sin embargo no fue así. Parecía como adivinar lo que estaba
pasando en mi luego de que le contara lo sucedido (la noticia del hecho no se había difundido
como otras tantas que quedaron a la sombra pese a las ofuscadas vidas que allí perecieron)
¿Cómo no había sabido entender que esto era netamente la solidaridad y la bondad, y no
contribuir a disparos por una causa justa pero a su vez disparatada? André se notaba,
especialmente en sus gestos, mucho más preocupado que yo, tal vez la ayuda de aquel hombre
llamado Ernesto habíame tranquilizado mas de lo que verdaderamente era necesario estar, ese
¡Ay! De peligro aun no lograba acentuarse dentro de mis sentidos, era como si mis estímulos
fueran digeribles y sanos, y aquello a lo cual debía temer aun no quería reconocer, aun no era,
pero si era porque de otro modo no pensaría en ello; sin embargo mi inquietud me había
consumido y yo era una parte mas de la gris atmósfera que nos encierra en esta cruel esfera, en
esta pelota pinchada, en este globo sin vuelo. Mientras André preparaba café (otra de las
grandes sorpresas que me dio el dia), su padre Gerónimo hacía su aparición, lo saludé con cierta
cautela y con cierto sentimiento de sin sabor
La tarde se hacía cada vez más vieja, mientras las palabras de los delgados labios de
Gerónimo se compartían en la conversación, intentando poner un manto de madurez al asunto,
de real experiencia, de comprensión. A pesar de los roces que supimos encontrar tiempo atrás
debido a que mis escritos contrastaban con la política del diario, de la clásica redacción del
Aviso; nada de eso influyó en la comunicación, nunca había ocurrido o quizás ocurriese en una
forma inconciente de nuestros seres, estaba pero no queríamos encontrarla. Eso nos aliviaba en
demasía. “Puede que sea necesario que salgas del país” eso había salido de los delgados labios
de Gerónimo Toumai, si el mismo padre de André, sí, aquel que fuera mi jefe en el diario El
Aviso, sí, aquel que tomaba un cortado con las piernas semicruzadas ¿Yo salir del país? Pero si
ni siquiera había ido más allá del Gran Buenos Aires, era una roca pigmea incrustada a la orilla
de la ribera del ocio, era el monte más lejano del sistema rocoso de la ineptitud, ¿Cómo
sobrevivir en un mundo exterior? Sí, un mundo exterior, porque para mí la Argentina era más que
mi país, más que una nación y no por un sentimiento nacionalista; sino por el sentimiento de
pertenencia que se había impregnado en mí, ¿De qué servía un Argentino sino era en la lucha
por una Argentina mejor? Pero para eso debía vivir aquí, debía sentir ese fulgor que emana cada
mañana en Cabildo y Florida, la firmeza de cada mediodía en el café Los Pinos, La casa de mi
viejo en la Plata, aquella que me vio nacer, me vio gatear entre las piernas de mi madre mientras
cocinaba fideos rellenos, la misma en donde me sentaba y disfrutaba en la televisión cada
gambeta de Aréan, Casa, Doval y Veira; en ese país en donde no se podía nombrar a Perón,
pero en el mismo en el que no querían reconocer que no se podía gobernar sin el peronismo, no
había gobierno militar que pudiera entender esto hasta que Lanusse, aquel que había participado
del alzamiento de Menéndez en el 52’, intentaba poner paños fríos a la tensa situación que se
iba tornando cada día más diáfana e inestable, el Gran Acuerdo Nacional (GAN) tenía como
condición la no-participación de Perón en las elecciones, sino que en su lugar iría... ¿Lanusse?
Todos intuían que era una ingenuidad pensar que semejante acuerdo se pusiera en marcha,
mientras saludaba a mi padre por teléfono, sólo mi cabeza se limitó a retener una frase: “estaba
preocupado por vos”.
Quizás eso había sido lo más importante que me pasara en el día, aunque sonara sólo
una tonta frase paterna más, y aún teniendo en cuenta todo lo que me había ocurrido antes,
durante y después del combate, aunque no fuera un real combate sino una triste y efímera
rebeldía, que terminase en todo lo contrario a lo que aspirábamos a priori; tomar el colegio por
las armas, imponer nuestra autonomía político-ideológica, depositar nuestra humanidad a favor
de un objetivo ideal pero a su misma vez utópico, teniendo en cuenta la evolución que se
sucedía en cada gobierno nacional; una evolución, existencial, que no era más que una sucesión
de los mismo pero dentro de otras estructuras, ¿Y cómo pensar que algo encerrado dentro de
un todo al pasar a otro debe cambiar?¿Pero entonces no es un todo real? Pero tampoco irreal,
porque nosotros lo sufríamos cada día de nuestras vidas, en cada secuestro, detención, tortura y
martirio, si es que esa proyección no se tornaba lo suficientemente obscura como para no haber
una salida; en donde la muerte ya no era lo peor sino la mas sana solución, finalidad, o cura de
esa terrible procesión. Se olía aquello que tiempo después fuera imposible no respirar, no
asimilar. Y esas palabras lanzadas al tubo del teléfono, por la gruesa voz de mi padre, el mismo
que pretendía hacer de mí el mejor de los tenderos, aquel que no entendía mis inclinaciones
culturales, el mismo que se abrazaba a su padre en el momento del fallecimiento de su esposa
Ana, “estaba preocupado por vos” no significaba sólo aquello a lo que atribuimos la
preocupación, además de la cortesía y el movimiento casi automático de pensar en algún
familiar, era no sólo el conocimiento de mis actos que rondaban el vandalismo y lo incorrecto,
además tratabase de la idea de reconocimiento que surgía, si es que antes no lo notara, por
primera vez del acervo sentimental de mi padre, de mi viejo, del joven y exitoso comerciante de
Catalunia hace algunas décadas atrás. Le comenté, sin querer entrar en demasiados detalles, el
problema social al que había incurrido, y todos sabíamos que al incurrir, por más frágil y
extinguible que fuese el acto, no permitía el perdón político. Y así le comuniqué lo que Gerónimo
me había planteado, o más bien aconsejado seguir, el irme del país, y ante la duda del
¿Adónde? Mi viejo, clásico animal de familia, osó recordarme de mis primos aquellos que vivían
desde hace tiempo en Sevilla, y que si bien yo no había tenido la oportunidad de conocer, él
podría intervenir para que yo pudiera instalarme por lo menos provisoriamente en el país, hasta
que pudiera afianzar no sólo la identidad de “Balaguer”; sino también mi destino de vida, el
camino que desde allí iba a emprender dentro de una nueva sociedad, nueva cultura, nueva
política y, en sí, un nuevo Julio sin negar al anterior, sino que por el contrario aprendiendo
ampliamente del mismo. En esos tiempos salía con una joven que vivía, en ese entonces, digo
en ese entonces porque tiempo después se mudaría, en un cómodo barrio de Caballito, que la
conociese en el tiempo en el cual concurría a la redacción del "Aviso", y ella era mesera en un
bar adyacente al mismo, tal vez yo le dijese bar por que mi fin era generalmente en referencia al
alcohol, pero de un muy buen lugar de comidas tratabase, recuerdo aquella vez que pedí un
pollo a la provenzal, creo que nunca había disfrutado tanto de un plato, que por ahí apenas
pasara de lo simple, pero en mis tiempos entrecortados y de mal comer, resultara un manjar; sin
embargo, nada me apetecía mas que esa muchacha que me atendía, su nombre era Milena
Cracovia, resultándome con cierto sonar a los típicos personajes que usara Gógol en sus
novelas, cosa que ella me negaría después; hace algunos meses que estábamos juntos, y si
bien no éramos la pareja ideal e inseparable, aquellas almas gemelas encontradas después de
tanto devenir, sí sabia que esa bifurcación sería dura, afligiría aún más mi noble pero acaecido
corazón, y destrozaría la pureza de Milena, que era pura no sólo por su evidente belleza y sus
tristes ojos verde agua, sino por su tímido andar, por su celestial oratoria, su manantial cándido y
vivaz de abnegación y preocupación por el prójimo, que tan bien solía hacerme y tanto
necesitaba con más frecuencia, en tanto que se nublaban mis palpitaciones y mi espíritu de
lucha, siempre se translucía más esa diáfana puerta que se abría en mi ser, esa mujer era
visiblemente, y no, la llave hacia mi felicidad, tal vez no la de todos, quizás de algunos pocos, e
incluso de nadie mas que yo, pero a mí no me importaba mas que disfrutar de eso, de lo único
que me permitía y entregaba las ganas y las maneras para poder disfrutar sin encontrar
coyunturas, baches ni piedras innatas de la única pesimista finalidad, de no hacer caer al ser,
sino hacer que se lastime al hacerlo. Milena no debía permitirse entrar a mi gris universo de
complejidad, del cual mínima luz tenia de cómo resolverlo, cosa cual que me había llevado a la
idea de partir al exterior, cambiando de continente, de aires, de tiempos, pero con el mismo
miedo de volver a cometer las mismas equivocaciones que me llevaron a partir, que me llevaron
a sufrir, a perder y olvidar. André se acercó luego de unos minutos sin verlo, y mientras
conversaba con su padre, nos interrumpía con la noticia de que según una radio local que pudo
sintonizar, había escuchado que el saldo de la contienda en San Martín, había dejado como
cuota, la caída de dos oficiales de policía heridos de bala, el fallecimiento de un tercero, y cuatro
combatientes muertos en la contienda, fusilados por el brazo represivo de la ley, de esa fuerza
que se hacia llamar con o sobre el nombre de la ley. Ahora era definitiva mi salida, no había
vuelta mas de pensamiento o reflexión, era necesario salir de esa tierra maldita que no permite
limpiar a los manchados por la vileza, que la misma tierra emana cada día; y Milena no debía
saberlo, porque ella sí valía la pena; yo sólo valía como carnada de un aparato autoritario que
se deleitaba, con ansias de masticar un poco de libertad y espíritu social. España me esperaba,
Sevilla me encontraba, mis primos me recibían, y mi sangre volvía a recuperar su temperatura y
circulaba eficientemente, como cuando me echaba sobre la terraza de casa a ver las estrellas, y
por mas que no conociese ni el nombre de por lo menos una, las reconocía a cada una de ellas,
las deseaba, las anhelaba, las sentía y las moría en cada ataque crepuscular.
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